El aislamiento en carne propia

Helen Sharman a su regreso desde la estación MIR. Crédito: Helen Sharman.

Una astronauta que estuvo en la estación MIR, un tripulante de un submarino nuclear norteamericano, un suboficial chileno a cargo de un faro austral, una guardaparques de Cabo de Hornos y una científica que trabaja en la Antártica parecieran no tener nada en común. Sin embargo, hay algo que los une: lo que aprendieron de las dinámicas del confinamiento. Aquí relatan las lecciones que les dejó esa experiencia.




Helen Sharman tenía 26 años cuando escuchó un aviso radial que cautivó su atención. La publicidad, emitida a comienzos de 1989, invitaba a postular a una misión británica-soviética que se dirigiría a la estación espacial MIR. “Se necesita astronauta. No se requiere experiencia”, decía el comercial. Sharman se presentó y fue seleccionada entre 13.000 postulantes: en esa época, ella trabajaba como química en el gigante alimenticio Mars y la prensa no tardó en hacer un juego de palabras con esa marca. Su nuevo sobrenombre mediático fue “La chica de Marte”.

La joven fue enviada al centro de entrenamiento ruso Star City, donde pasó 18 meses alejada de su familia. Finalmente, en mayo de 1991 se convirtió en la primera ciudadana de su país en ir al espacio y en la primera mujer que visitaba la instalación orbital soviética. Junto a Anatoly Artsebarsky y Sergei Krikalev, pasó ocho días a bordo de la MIR, donde tomó fotos de las islas británicas y realizó varios experimentos. Aunque la tripulación fue preparada para lidiar con situaciones que hoy se han vuelto tan comunes, como el aislamiento y la vida en lugares reducidos, Sharman cuenta que la experiencia no fue fácil y que la vida en órbita tiene varias semejanzas con la cuarentena que hoy enfrentan millones de personas debido al coronavirus.

“En el espacio tenemos los recursos básicos para la vida en cuanto a comida y refugio, además de la compañía del resto de la tripulación. Sin embargo, lo que más extrañan los astronautas son sus amigos y familias, aquellas relaciones personales que en la Tierra damos por sentadas. En las misiones de largo aliento, los astronautas también echan de menos la enorme variedad de gente con quienes nos topamos en nuestras vidas diarias, personas con las cuales interactuamos aun cuando no hablemos con ellas”, dice Sharman a Tendencias. Una gran diferencia a favor de la época actual en comparación con los inicios de los 90 está dada por un factor clave: la tecnología.

“Yo fui al espacio antes de que los teléfonos satelitales estuvieran disponibles para los astronautas, así que tenía que usar la radio para contactarme con la Tierra y era realmente bueno poder conversar, aunque fuera sólo por algunos minutos. Viajábamos por sobre la superficie de la Tierra a 28 mil kilómetros por hora, así que el enlace se interrumpía rápidamente. Hoy existen muchas maneras en que podemos mantener contacto con la gente, desde el tradicional teléfono, el chat por video, Skype, email y muchas más”, afirma Sharman, quien hoy trabaja en el Imperial College de Londres.

Crédito: Helen Sharman

La ex astronauta recuerda que mientras estuvo en órbita pudo reflexionar sobre tópicos que habitualmente no se le venían a la cabeza. Una de esas ideas, dice, quizás podría ser recogida por quienes hoy están sometidos al aislamiento de la pandemia: “Nunca pensé en mis posesiones, en aquellas cosas que a menudo ansiamos, quizás para vanagloriarnos de nuestros recursos o personalidad. De regreso en la Tierra y al enfrentarme al materialismo, disminuí el valor relativo que le asignaba a las cosas en mi vida, y pienso que el Covid-19 tendrá un efecto similar en muchos de nosotros. Ser una sociedad menos consumista beneficiará al medioambiente y permitirá conservar recursos para lo que realmente necesitamos. También pienso que habrá un cambio en la sociedad que la volverá más comunitaria, más cohesiva. Cuando la pandemia acabe, el mundo será un mejor lugar para vivir”.

Al igual que Sharman, varios astronautas han compartido lo que aprendieron en el espacio sobre la experiencia de sobrevivir a una rutina que se repite una y otra vez. Después de todo, las tripulaciones que hoy van a la Estación Espacial Internacional deben estar en cuarentena dos semanas antes de partir para asegurarse que no portan alguna enfermedad, como el resfrío que aquejó severamente a Walter Schirra durante la misión Apolo 7. Luego pasan seis meses alejados de sus seres queridos, trabajando en una instalación del tamaño de una casa de seis piezas, donde las habitaciones individuales no son más grandes que una cabina telefónica y en la que los rostros con los que se cruzan los astronautas nunca varían.

Una de las tripulantes que ha traspasado su aprendizaje es la estadounidense Anne McClain. Ella tiene una carrera con más de 200 días en el espacio, y a fines de marzo publicó un hilo en Twitter que recibió más de 20 mil “me gusta” e, incluso, fue publicado en el sitio web de la NASA como una guía para sobrevivir en espacios limitados. En el texto, la astronauta explica cómo las cinco “conductas expedicionarias” identificadas por la agencia espacial –aquellos talentos claves para permanecer sicológicamente saludables en órbita–  pueden ser aprovechadas a la vida diaria. Esas habilidades incluyen una buena comunicación, saber cuándo ser un líder o un seguidor, el buen cuidado personal y del resto del equipo y la cooperación.

Por ejemplo, cuando se trata de convivir en aislamiento con otras personas, McClain asegura que el bienestar de todos puede verse alterado por factores tan distintos como el estrés y los recursos disponibles. Para resguardar el balance, la astronauta plantea que hay que “demostrar paciencia y respeto. Alentar a los otros. Monitorearlos en busca de señales de estrés o fatiga. Incentivar la participación en actividades grupales. Ofrecerse de voluntario para tareas poco placenteras. Ofrecer y aceptar ayuda. Compartir el crédito y aceptar la culpa”.

"Ayuda bastante si el trabajo sucio es compartido; en el espacio tareas como compactar los desechos sólidos del baño y cambiar los filtros de aire se hace por turnos rotativos”.

Helen Sharman

Sharman, quien hoy maneja su confinamiento hogareño alternando el teletrabajo con actividades como yoga, concuerda con su colega y asegura que vivir en un espacio pequeño con otras personas requiere un nivel alto de tolerancia. “Los astronautas no eligen a su propia tripulación, pero la habilidad de cooperar y colaborar es una parte significativa del proceso de selección. Dado que usualmente no ocupamos estos parámetros para elegir con quien compartimos nuestras casas, tenemos que esforzarnos mucho para abrir la comunicación y generar interacciones activas. Necesitamos entender las frustraciones de los demás, lo que nos molesta y lo que ayuda a relajarnos. Ayuda bastante si el trabajo sucio es compartido; en el espacio tareas como compactar los desechos sólidos del baño y cambiar los filtros de aire se hace por turnos rotativos”, señala la ex astronauta.

Scott Kelly es el tripulante estadounidense que ostenta la permanencia más extensa en el espacio durante una única misión: 340 días. En una columna publicada en The New York Times, el astronauta compartió algunos consejos sobre el confinamiento. Uno de ellos es seguir un plan constante: “En la estación espacial, mi tiempo estaba programado minuciosamente, desde el momento en que despertaba hasta que me iba a dormir. Algunas veces eso involucraba una caminata espacial de ocho horas, y en otras, una tarea de cinco minutos, como revisar las flores que cultivaba. Se van a dar cuenta que seguir un plan los ayudará a ustedes y sus familias a ajustarse a un ambiente distinto de trabajo y vida hogareña. Al volver a la Tierra, extrañé esa estructura y me costó vivir sin ella”.

La rutina de Helen Sharman también estaba programada minuto a minuto, pero ella asegura que no le importaba porque sabía que era el uso más eficiente de su tiempo. “Sin embargo, sí me daba ciertos placeres sobre los cuales podía ejercer cierto control, como elegir qué tipo de jugo de fruta bebía”, recuerda. Para Kelly, darse pequeñas pausas personales fue esencial para mantener su cordura: “Cuando vives y trabajas en el mismo sitio día tras día, el trabajo parece apoderarse de todo. Al vivir en el espacio, me puse algunos límites porque sabía que estaba ahí por un largo tiempo, al igual que ocurre ahora. Tómense tiempo para hacer cosas divertidas: yo me reunía con mis camaradas para disfrutar de noches de películas con snacks. También vi la serie Game of Thrones… dos veces”.

Desde su casa en Inglaterra, Sharman afirma que el confinamiento hogareño es un escenario propicio para prestarles atención a detalles finos que suelen perderse durante la rutina normal: “Una de las cosas que mi tripulación amaba hacer al final del día laboral era mirar por la ventana. Mientras orbitábamos la Tierra, el planeta rotaba y nos daba una vista que cambiaba constantemente. Estaba fascinada con la forma en que el Sol se reflejaba en los lagos; ver las luces que aparecían en las ciudades mientras se oscurecía era mágico”, señala. Ahora, agrega, “tenemos tiempo para detenernos y disfrutar cosas como escuchar el canto de los pájaros, ver como el Sol se mueve a lo largo del día, apreciar las nubes y oler la brisa cuando abrimos la ventana. ¡Eso no lo podía hacer en el espacio!”.

Veinte mil leguas

Mientras Sharman y sus colegas vivieron su confinamiento en el espacio, Lawrence Langdale lo experimentó en otro lugar muy distinto: la profundidad del océano. Entre 2005 y 2009, este estadounidense de 34 años fue uno de los maquinistas del submarino nuclear USS Charlotte, el cual participó en la campaña del Golfo e incluso aparece en una novela de Dan Brown, autor de El código Da Vinci.  

Lawrence Langdale fue maquinista del submarino nuclear USS Charlotte. Crédito: Lawrence Langdale

La nave albergaba a 110 tripulantes. Ni siquiera los oficiales tenían privacidad y, según cuenta Langdale, permanecían prácticamente aislados del mundo durante meses, aunque a veces recibían emails. El veterano cree que el aislamiento que él experimentó y el que se vive hoy debido a la pandemia puede ser muy agobiante para un joven: “En ambas situaciones, existe una sensación de que la vida te pasa por el lado. Te sientes atrapado y ansioso por las limitaciones que te rodean, sin importar cuán productivo sea tu día”, cuenta a Tendencias. Langdale precisa que, a diferencia de lo que hoy ocurre en muchas casas, en un submarino la soledad es un lujo y  las comunicaciones son muy limitadas.

“Los tripulantes intentan crear la ilusión de privacidad escondiéndose en los recovecos de la sala de máquinas, pero no es real. Pueden recibir y enviar unos cuantos emails de vez en cuando y están agradecidos por eso. En estos días de cuarentena puedes elegir estar totalmente solo si lo deseas o puedes contactar a alguien. Yo tuve un gran domingo de Pascua hace poco; me contacté por videollamada con más de 20 familiares. Llamo a mis amigos cuando me da la gana”, señala.

“Tenía 21 años cuando llegué a mi submarino y estar encerrado cuatro años en esa tumba gris se sintió como una sentencia carcelaria. Me deprimí mucho".

Lawrence Langdale

Langdale recuerda que uno de los grandes desafíos de su aislamiento fue aprender a hacer ejercicio en un espacio confinado. “No te puedes rendir simplemente porque estás atrapado en casa. Mi consejo es hallar una rutina, hacer algunas sentadillas o flexiones a intervalos regulares, como cada vez que haces pausa en un videojuego, cuando usas el baño o terminas el episodio de una serie. ¡Y encuentren la manera de tomar algo de sol! Nada mejora más tu ánimo que el ejercicio y la luz”. En cuanto a las lecciones personales que le dejó la experiencia, el veterano resalta una arista más oscura que debería ser tomada en cuenta en los tiempos que corren: “Tenía 21 años cuando llegué a mi submarino y estar encerrado cuatro años en esa tumba gris se sintió como una sentencia carcelaria. Me deprimí mucho. Así que preocúpense de los jóvenes que los rodean, porque algunos de ellos pueden estar viviendo este confinamiento de muy mala forma”.

En la revista The Atlantic, la astronauta Christina Koch –que acumula 328 días en la Estación Espacial Internacional– describe su particular proceso de readaptación a la vida en la Tierra. “La primera vez que fui a un restaurante, simplemente al escuchar mi voz mientras intentaba ordenar me sentí muy consciente de las palabras que usaba y de la manera en que interactuaba con el camarero, porque me había acostumbrado a la  jerga de la NASA y a relacionarme con un equipo de gente por radio”, cuenta la tripulante. Si bien la reintegración presencial tras meses de reuniones vía Zoom quizás descoloque a más de alguien, Langdale no cree que sea tan difícil como en el caso de Koch.

“A menos que la gente ni siquiera haya podido ir al almacén, no puedo imaginar que la transición a lo que sea que se convierta en la nueva normalidad sea algo muy complejo. Si alguien ha estado viviendo en un departamento oscuro por meses y luego va a un colorido festival repleto de gente, tal vez se sienta abrumado... pero vamos. Denle una mirada a su perro, así se ven las cosas en tres dimensiones. Saquen la cabeza por la ventana. Esa es la luz del sol. Todo va a estar bien”, asegura.

Una luz en los confines del mundo

En el sector de Punta Espolón, en Isla Hornos, se ubica el Faro Cabo de Hornos, el más austral de Chile. La estructura inaugurada en 1991 es vital para guiar la navegación de los buques que desafían las aguas de la zona y hasta fines de este año también es el hogar de Ariel Barrientos, suboficial infante de Marina que está a cargo de la alcaldía de mar de Cabo de Hornos. Él vive en ese lugar desde el 11 de diciembre junto a su esposa, Nataly Lagos, sus tres hijos, de seis, cuatro y dos años, y su perra Paquita.

Ariel Barrientos y su esposa Nataly.

Barrientos relata que su familia, que se ofreció de voluntaria para hacerse cargo del faro, pasa gran parte del día encerrada: “No podemos salir por el mal tiempo. A veces el viento sobrepasa los 122 nudos y por ello permanecemos en casa la mayoría del tiempo”. Él trabaja enviando reportes meteorológicos y de tráfico marítimo, por lo que comenta que lo más difícil de “estar todo el día juntos es evitar roces y hacer que los que aparezcan se olviden rápido, porque no podemos escapar de los problemas. Aquí verdaderamente hay que afrontarlos. Lo segundo más difícil es tratar de enseñar a mis hijos. Hacerles clases y esperar que avancen como los otros niños de su edad”.

Su esposa, quien es profesora de lenguaje y que por un período de cinco meses también cumple el rol de guardaparques de Conaf en el Parque Cabo de Hornos, enseña a sus hijos todas las mañanas. Los grandes aliados de Nataly y los niños han sido los libros: “No podemos tomar clases en línea, buscar videos en internet, ver redes sociales, ya que el internet es limitado y está orientado al trabajo de mi esposo”. Hoy la familia sólo recibe la visita cada dos meses de buques de la Armada que llevan provisiones, y en varias ocasiones la isla ha perdido todo enlace de comunicación con el resto del mundo: “Es en esos momentos donde nos damos cuenta que estamos realmente solos y que, si nos pasa algo, nadie lo sabrá”, indica Barrientos.

“A mis niños les encanta bailar, cantar, correr y lo hacemos; pero dentro de la casa”.

Ariel Barrientos

Al igual que ocurre con los astronautas en el espacio, la labor de esta familia está totalmente programada, lo que ayuda a sobrellevar la rutina. Desde levantarse por la mañana a encender los generadores del faro, enseñarles a los hijos y realizar las tareas del hogar. Barrientos explica que incluso llevan una planificación diaria de lo que comen: “Hay que ser ordenados con los víveres”. A su vez, Nataly comenta: “Todos los días nos turnamos con mi esposo para ir realizando las actividades y cumplir con el trabajo que es permanente 24/7.  Somos verdaderamente un equipo que debe funcionar para mantener el trabajo, la casa y la vida familiar”.

Muchas veces no logran hacer algo distinto de lo programado, pero cuando lo logran aprovechan esos momentos a fondo: “A mis niños les encanta bailar, cantar, correr y lo hacemos; pero dentro de la casa”, explica Barrientos. Su esposa agrega que un par de amigas que han vivido su misma experiencia le comentaron que lo más complejo de la reinserción a la normalidad es reinsertar a los hijos en el colegio: “Al no ver gente durante un año, le temían a las personas diferentes. En mi caso, no creo que eso suceda porque somos una familia numerosa, muy comunicativa, por lo tanto sé que gozarán esa instancia de volver a la vida real”.

El aislamiento blanco

Cristine Trevisan es paleobotánica brasileña del Instituto Antártico Chileno (INACH) y conoce las rigurosas condiciones de trabajo que impone el continente helado. “Las expediciones científicas en las que he participado duran cerca de un mes. Nos quedamos junto a otros investigadores en un campamento durante 15 días aproximadamente, y solo pasamos algunas noches en la base”, comenta.

Cristine Trevisan. Crédito: Felipe Trueba

En terreno, los investigadores quedan totalmente aislados, ya que hay un barco que sólo realiza la logística de llevarlos e irlos a buscar: “Las provisiones son calculadas antes y la comunicación es hecha solo en caso de emergencia o para coordinar la salida del campamento a través de teléfono satelital”. Trevisan y sus colegas –que no suelen superar las cuatro personas por campamento– duermen en carpas individuales, aunque siempre hay una destinada a cocinar y compartir con el grupo. No obstante, a veces el clima no los acompaña y tienen que quedarse encerrados en sus carpas. En esas ocasiones, hay dos factores que resultan esenciales: “El buen humor y el respeto son piezas claves para la sobrevivencia y convivencia antártica”.

La investigadora recuerda la manera en que el silencio y la soledad la hacían reflexionar: “Muchas veces iba a dormir y pensaba ¿qué estoy haciendo aquí pasando todo este frío? ¿Por qué no estoy en mi casa mirando Netflix? Pero en el momento que sales del saco de dormir y miras el paisaje de la Antártica, piensas cuán privilegiado eres de estar en ese lugar y rápidamente se te olvida que querías estar en tu casa”. Su experiencia la ha ayudado a ser más tolerante: “Hay situaciones en las que uno piensa, jamás voy a comer tal comida o jamás voy aceptar compartir camarote con alguien que no conozco. Pero en el momento que ya estás aislado, todo eso ya no tiene sentido, y para mantener la  buena convivencia aprendes de la diversidad, de las diferencias, y se agradece. Es muy importante en el aislamiento en la Antártica practicar la paciencia”.

Para ella, regresar a la civilización es siempre un choque: “Volver a usar ropa normal, dormir en una cama confortable, ducharse en un baño de verdad, ir a restaurantes, andar por la calle con muchas personas, prender el celular y ver los mensajes es siempre entretenido. Acabas dando valor a las pequeñas cosas, a lo simple de la vida”. 

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