La nueva misión de la mamá de Daniel Zamudio

Autor: Tamy Palma

Jacqueline Vera y Amber González. Foto: Roberto Candia

Jacqueline Vera se ha mantenido estos años alejada de todo. Luchando contra su ánimo bajo, su falta de energías y los recuerdos del asesinato de su hijo en 2012. Pero dice que recuperó las fuerzas haciéndose cargo de Amber, una chica transgénero de 21 años, a quien acogió en su casa y cuida con dedicación. "Veo su cara y me recuerda a mi hijo. Amber es mi hija, la adopté como mi hija", dice.


-Daniel, ¿tienes miedo?
Un pestañeo.

-Daniel, estás diciendo que tienes miedo, ¿cierto?
Un pestañeo.

Un pestañeo era un “sí”; dos pestañeos era un “no”. Las preguntas las hizo Jacqueline Vera; las respuestas -con un abrir y cerrar de ojos- las dio Daniel Zamudio, su hijo, quien entonces agonizaba en la Posta Central. De esa escena han pasado siete años y este recuerdo es uno de los flashback que tiene esta madre cada vez que se acerca la fecha en que con golpes, camotes, botellas y cigarros torturaron a su hijo, quien murió 25 días después. El 27 de marzo de 2012.

Daniel tenía miedo. Uno de los doctores le dijo a Jacqueline que la mirada del chico de 24 años estaba perdida; que su cuerpo, debido a las lesiones, estaba dormido; que la única certeza que tenía es que él la escuchaba. Su madre le hablaba y Daniel, el segundo de sus cuatro hijos, contestaba cuando podía. Esa comunicación fue la última que tuvieron, y le sirvió a Jacqueline para pedir resguardo policial afuera de su habitación del hospital por si los agresores, que aún no estaban identificados, intentaban rematarlo.

Los recuerdos se le cruzan intempestivamente a Jacqueline en la cabeza. Son como la invasión de un ejército. Son muchos. Están acompañados de angustia, de rabia, de una pena, de ganas de hablar con los asesinos de su hijo y de decirles -dice ella- todo lo que no se atrevió antes. “No he olvidado nada, y cuando se acerca el 27 de marzo es todo peor. No puedo hacer nada, no me concentro en nada”, dice ella.

Cinco meses después del crimen, Jacqueline y su exmarido, Iván, crearon la Fundación Zamudio. El padre se mantiene como presidente. La madre prefirió alejarse. Del voluntariado, de las charlas como mártir de la homofobia, de la vida social, de las redes sociales, de la exposición mediática. Jacqueline desapareció del mapa y se zambulló en terapias y en la búsqueda de una instrucción certera que la ayudara a vivir con la pena que, como una termita, carcomió toda su vida.

-Me salí del circuito. No podía más. No tengo ni estabilidad laboral, no he podido lograr nada. En estos años, hasta ahora, he tratado de conectarme más con Daniel y de disfrutar más a mis cinco nietos. El mayor tiene 12 años y el menor tiene cinco meses. También trato de estar bien con mis tres hijos. A dos de ellos les ha costado mucho superar la muerte de Daniel. Son buenos y tratan de apoyarme también, pero solo yo sé la pena que tengo… nadie puede sacármela.

-¿De qué has vivido en este tiempo?
-De ayudas, de vender ropa en la feria. Me ha costado, porque no he vuelto a tener un trabajo estable. Pero hoy me siento mejor.

-¿En qué se traduce ese “sentirse mejor”?
-Antes no podía ir al cementerio sola, porque me daban crisis de pánico. Lo logré hace un año exactamente, pidiéndole a Daniel que me ayudara y me acompañara. Resultó, porque lo sentí cerca, hasta sentí su olor. Nunca pensé que iba a llegar ese día. Estuve seis horas en el Cementerio General. Le cambié flores, limpié su placa, barrí. Le hablé de todo. Cuando me fui, le dije que me acompañara a la micro. Sentí que me dejó en el paradero, y que el resto del camino me cuidó su energía. Este miércoles pretendo hacer lo mismo, ya sin el miedo a las crisis.

La crisis de la que habla Jacqueline atraviesa su vida completa. En ese tiempo, los lugares que habitó se multiplicaron. Vivió con Iván Zamudio, su ex marido y a quien años antes había acusado de alcohólico, de no haber apoyado a Daniel y de maltrato intrafamiliar. Luego vivió con su hija, también con su madre, también con una expareja con la que terminó hace tres meses y con quien duró cuatro años. Actualmente volvió a la casa que comparte con Iván, pese a que están separados. “Tenemos una relación buena; me alegro por todo lo que ha logrado con la fundación”, dice.

-¿Conversan seguido sobre Daniel?
-Es inevitable, pero a mí recordar me hace mal. Ahora estoy tratando de ponerme las pilas, de volver a meterme en la fundación que dejé hace tres años y me he dispuesto a ayudar a niños golpeados, pero también dando mi relato, mi testimonio, y no sólo contando lo que es perder a un hijo en un ataque homofóbico. Quiero también ayudar a madres que no saben abordar que sus hijos pueden ser homosexuales o transgénero. Me interesa sobre todo la población trans; de ellos hoy quiero ser un ejemplo y un soporte.

Volver a vivir

Jacqueline Vera / Foto: Roberto Candia

Hace dos semanas, Eric Salinas, vocero de la Fundación Zamudio y encargado de la división de diversidad de la Municipalidad de La Florida, abordó a Jacqueline. Se encontraron en el bingo a beneficio de Carolina Torres, víctima de un ataque lesbofóbico en Pudahuel. “Tía, usted tiene que estar aquí porque esto es importante, es algo que le va a servir a usted y a otras madres. Usted tiene que volver a la fundación”, le dijo Salinas. Jacqueline lo pensó. Y recordó cuando hace dos años, en una charla que dio en regiones, se sintió mal, le dio una crisis de pánico y se desmayó. “Me llené de ronchas”, recuerda hoy, mientras muestra en su brazo derecho con cicatrices que, dice, le quedaron en varias partes del cuerpo. Se hizo exámenes que no arrojaron anomalías. “Era todo emocional”, dice ella.

-¿Y ahora te sientes preparada?
-Totalmente preparada. Que sigan matando y golpeando a personas ya no me hunde: me da el impulso, que perdí por años, de seguir haciendo cosas. Me reincorporé cuando fui al bingo para ayudar a Carolina. Esa noche, al hablar con Eric, y lo que vino después me cambió la vida.

En ese cambio de vida, en esa concreción de una fuerza renacida, la ayudaría una chica que también venía huyendo del infierno.

A fines de 2018, a la Fundación Zamudio llegó Amber González, una mujer transgénero de 21 años, proveniente de La Ligua. Sus padres se habían separado cuando supieron que ella estaba iniciando su transición de género. Su padre, quien la apoyó, fue rápidamente expulsado de la casa. Luego, la madre la echó a ella. La chica -en cuya cédula aún aparece como Simón- se fue a vivir de allegada donde una tía. La situación se había hecho pública en octubre pasado, cuando fue al programa Carmen Gloria a tu Servicio, de TVN, para pedir mediación y ayuda. Pero su madre no llegó. “El Movilh se comprometió a ayudarla, pero no lo hizo”, agrega Salinas.

Amber González / Foto: Roberto Candia

La fundación tomó definitivamente su caso cinco meses después, cuando Amber pidió ayuda y anunció su llegada el 8 de marzo pasado a Santiago para integrarse a estudiar Técnico Enfermería en la Universidad Andrés Bello. La situación era crítica: no tenía útiles requeridos por la carrera, ni dinero para comer, ni una casa donde vivir. Desde la división de diversidad de la Municipalidad de La Florida iniciaron una campaña para conseguirle un refugio a Amber. Partieron por hogares, donde la aceptaban con la condición de que se vistiera como hombre y fuera llamado por su nombre legal. Luego estuvo en una casa con personas en rehabilitación de alcohol y drogas. Fue entonces que Iván Zamudio le dijo al vocero de la fundación que, si Jacqueline aceptaba, Amber podía irse a vivir con ellos y con Rodrigo, el menor de los hermanos Zamudio.

Cuando Iván se lo planteó a Jacqueline, su respuesta fue automática y sin dudar: “¿A qué hora llega Amber?”, preguntó. Hoy se cumplen dos semanas viviendo juntos en la casa ubicada en un pasaje cerrado en San Bernardo, con un living-comedor con paredes con rayados estilo grafiti en un costado y decenas de fotografías colgadas. De ellas, la más grande es una de Daniel Zamudio. En esa misma casa él vivió durante 18 años.

“Los Zamudio Vera son mi nueva Familia. Jacqueline es como una madre que nunca tuve. Se preocupa mucho por mí, me siento querida. Hay una historia muy linda que nos conecta: cuando llegué a Santiago, hace unas semanas, yo iba a ir a la velatón de Daniel, pero llegué cuando no había nadie. Me acerqué sola a su monumento en el parque donde lo atacaron, y le hablé, le conté mi vida, le pedí ayuda. Esto sin imaginar que terminaría viviendo en su casa y que su madre terminaría siendo como la mía. Hoy siento que él me guía, que no estoy sola”, cuenta Amber.

Todo de nuevo

Jacqueline Vera y Amber González / Foto: Roberto Candia

-Jacqueline, te tocó ver la discriminación con Daniel. ¿Te ha tocado con Amber?
-Sí, y me da pena. Con ella tengo tan buena relación, pero estoy viviendo un proceso bien fuerte donde veo la discriminación nuevamente de cerca. El otro día la acompañé al consultorio de San Bernardo y la llamaban por el nombre de su carné y no por “Amber”, como les pedimos que la llamaran. Me enfrasqué en una pelea que fue inútil, porque no quisieron entender que ella es transgénero y es mujer. Ella no tiene ropa; yo le presto la mía o me consigo para pasarle. Trato de regalonearla, de abrazarla si tiene pena, le pregunto qué quiere almorzar, con qué quiere que la espere cuando llegue en las noches de la universidad.

-Eres una madre, básicamente.
-Cuando ella sufre porque su madre la echó, porque no la ayuda, cuando ella se pregunta por qué su mamá la abandonó, yo le digo: “Conmigo no te va a faltar nada, porque yo soy tu madre ahora. Desde ahora somos familia”.

-Más allá de la generosidad de aceptar en tu casa a alguien que no conocías y ofrecerle apoyo incondicional, ¿hiciste un tránsito propio para entender que lo transgénero se instalara como una realidad en Chile?
-Por mi propia experiencia de madre con Daniel, nunca encontré que estas cosas fueran raras. Sí es distinto entender que hoy todo tiene un significado y un nombre, pero “raro” no es para mí.
Jacqueline se queda pensando. Mira por la ventana del auto que la lleva a una reunión para conversar la situación precaria que vive Amber en Santiago. Entonces vuelve a su cabeza el ejército de los recuerdos. Cuenta que cuando Daniel era pequeño le gustaba vestirse con sus vestidos y zapatos. “Le gustaban los tacos, las tenidas de noche”, dice. También que le sacaba el maquillaje. Eso lo hizo a escondidas hasta que un día, en la casa de la mamá de Jacqueline, donde vivieron cuando ella se separó de Iván, su madre lo pilló. Y en vez de esconderse, Daniel le dijo: “Mamita, ¿cómo me veo?”.

-¿Hablaron sobre eso?
-Lo hablamos. Cuando fue creciendo le pregunté a Daniel si es que quería vestirse como mujer.

-¿Y Daniel qué le respondía?
– Me decía “sí, mami, pero no se puede”.

-¿Está diciendo que Daniel pudo haber sido un niño que se identificaba con características asociadas a las mujeres?
-Es lo que yo vi de él. Él siempre tuvo miedo de que supieran su orientación, se daba cuenta de que era discriminado dentro y fuera de la casa, entonces no podía hacer todo lo que le habría gustado hacer respecto de eso. Yo lo acompañé todo lo que pude, pero eran otros tiempos. Lo pasamos mal él y yo. Yo sé que a él le daba miedo que lo discriminaran. Hoy estoy viviendo de nuevo lo mismo y no me gusta acordarme de esa etapa, porque es dolorosa.

El último flashback

La última entrevista que dio Jacqueline fue hace tres años, para un aniversario de la muerte de su hijo. Allí fue crítica de quien hoy le abrió nuevamente las puertas de la Fundación Zamudio: Iván, su exmarido.

-De esas cosas no quiero hablar. Yo también he cometido errores; él ha hecho un buen trabajo. Lo que realmente importa hoy es que la fundación está desprotegida, está empobrecida y que queremos hacer proyectos. Por ejemplo, que la Ley Zamudio endurezca penas contra agresores de la comunidad LGBTI. También queremos hacer refugios para que chicas como Amber tengan un lugar donde estar.

-En algún momento fueron cercanos al Movilh e Iguales, ¿qué pasó?
-Ellos generan recursos para ellos mismos, para sus fundaciones. Cada vez que pueden exponen a Daniel, pero la verdad es que hoy nadie se preocupa de nosotros. Estamos autogestionándonos y trabajando con mucho voluntariado. Me gustaría volver a dar charlas. Ahora que no tengo crisis de pánico puedo viajar, hacer otras cosas, pero sobre todo quiero ayudar a la comunidad transgénero. Ellos están muy desvalidos.

-En lo que va de este año, ha habido 18 ataques a la comunidad LGBTI. ¿Ha avanzado el país en diversidad sexual desde implementada la Ley Zamudio en 2012 hasta ahora?
-No sé si tanto. En Chile todavía hay gente que discrimina, que golpea y que no mide consecuencias con personas de otra orientación sexual. Por eso hay homosexuales golpeados al salir de las discotecas, y por lo mismo estos tipos que golpearon a Carolina siguen sueltos. Sin ir más lejos, podemos ver el caso de Fabián Mora, uno de los que mataron a Daniel y que hoy está suelto. Yo me salí de todo, pero ahora quiero ayudar.

-¿Qué le gustaría hacer en esta materia?
-Saldría a las discos a buscar a los homosexuales y transgéneros. Soy capaz de hacerlo, aunque en este minuto aún no me da la energía ni tengo los medios. Me gustaría tener una oficina, una casa, para orientarlos y acompañarlos, sobre todo porque hay muchos padres que dejan a sus hijos solos.

-¿Querer ayudar a otros jóvenes tiene que ver con algún cabo suelto en la historia con tu propio hijo?
-(Piensa unos segundos). Yo siempre estuve para Daniel, pero claro…, esa noche no pude estar. Yo no quiero que haya otro Daniel Zamudio, por eso me interesa ayudar a jóvenes, que tengan un soporte sicológico, apoyarlos. Me he dado cuenta de que hay muchos chicos dando vueltas en la calle, porque en sus casas no los quieren ver ni apoyar. Muchos tienen violencia en sus casas, más profunda que la de las calles. El caso más claro es el de Amber. Por eso quiero dedicarme a ella exclusivamente, para que no esté sola.

-¿Este interés en la población transgénero parte por Amber?, ¿así de reciente?
-Ha sido un proceso que termina en Amber. Antes de que muriera Daniel, hice un compromiso con él. Lo abracé y le dije: “Voy a luchar por todos tus hermanos, por todos los discriminados por su orientación sexual”. ¿Cómo no voy a ayudar a Amber? Con ella estoy viviendo cosas parecidas que me pasaron con Daniel. Veo su cara y me recuerda a mi hijo, cuando yo intentaba explicarle por qué pasaba todo lo que pasaba. Amber es mi hija, yo la adopté como mi hija.

Recién hace dos años a Jacqueline le entregaron la ropa que Daniel usaba la noche que lo golpearon. También le pasaron las pruebas del crimen: el gollete de una botella con la que le dibujaron una esvástica en el abdomen, unas piedras y pedazos de vidrios.

-Aún guarda todas esas cosas. ¿Qué piensa hacer con ellas?
-Si logramos tener una oficina de la fundación, quiero poner eso en mi oficina. Me va a traer malos recuerdos, pero quiero que las cosas con las que mataron a mi hijo sean una exposición que muestre hasta dónde son capaces de llegar los ataques homofóbicos en Chile.

-A siete años de la partida de su hijo, ¿hay algo que se esfuerce por no olvidar? Algunos quieren recordar la voz; otros la sensación de un abrazo.
-Yo me acuerdo de todo de Daniel.

Cuenta Jacqueline que en 2012 tuvo dos despedidas con Daniel Zamudio. La primera, la tarde del 2 de marzo, cuando de lejos él le gritó “chao, mami, ¡te amo!”, sacudiendo su brazo y tirándole besos. Horas antes, ella le comentó que esa noche había soñado con él gritando despavorido “¡mamá!”, pero él le dijo que no tomara en cuenta su sueño. En esa primera despedida, ella le devolvió los besos y le pidió que por favor se cuidara, que no se fuera por la parte de atrás de la casa, porque había un potrero y podía pasarle algo.

La segunda y definitiva fue el 27 de marzo, cuando el doctor a cargo llamó a Jacqueline por teléfono para decirle que a su hijo le quedaban pocas horas de vida. Ella llegó con una tenida nueva para él, unas tijeras y maquillaje. Además de los masajes para reducir la hinchazón de su cara y sus piernas inflamadas por la golpiza, Jacqueline le cortó el pelo, lo peinó y lo maquilló. Lo vistió impecable para su funeral.

-Estábamos todos ahí con él. Todos. El doctor se me acercó y me dijo que ya era hora de despedirse definitivamente. Vi cómo se me iba Daniel. Ahora, a siete años, con los recuerdos muy claros en mi cabeza, me acuerdo de muchas más cosas.

A Jacqueline le salen dos lágrimas. Llegan sólidas hasta su mentón. No se deshacen, no se desvanecen. Pero su voz, como si estuviera nuevamente en la Posta Central el 27 de marzo de 2012, no se quiebra al hacer el último flashback, con el que recuerda lo que le dijo justo antes de que Daniel dejara de respirar: “Te vas, hijo mío. Te vas bonito. Te amo”.

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