La provocación de Gabriela

Foto: Paul Vallejos

Es la más provocadora de los escritores peruanos invitados a la Feria del Libro. Y de sus pares latinoamericanos posiblemente también. Directa, osada, feminista, sus textos deambulan por zonas incómodas, con ella de protagonista. “Soy mi punching ball, mi monstruito vudú”, dice Gabriela Wiener, con humor. En su propia vida también patea los límites: hace cuatro años vive el poliamor.


Cuando Gabriela Wiener escribe, siempre desata un temblor. Un remezón que no sólo se siente bajo los pies de quienes la leemos, sino también y sobre todo al interior de nuestros esqueletos. Como si algo se fracturara adentro. Ella, periodista, peruana, 43 años, es una mujer hábil: nunca bota el tablero al suelo, pero siempre está a punto de hacerlo.

Cuando Gabriela Wiener escribe, siempre está corriendo los límites. Moviendo la cerca para visitar zonas oscuras donde pocos se animan a entrar. Si a la mayoría eso le da pudor, para ella es combustible que enciende sus palabras. Siempre consigo misma de protagonista. En Sexografías (2008), su primer libro, cuenta su experiencia en un club swinger con su marido, o la donación de sus óvulos cuando era una inmigrante recién llegada a España, o el drama de acarrear un par de pequeños senos extras bajo sus axilas. En Nueve lunas (2010), especie de diario de su embarazo, se encarga de mostrar los flancos ásperos de esta etapa que se supone de color rosa: confiesa que las embarazadas odian y temen y que sienten hasta el final ganas de sexo. En Llamada perdida (2014) habla de los tríos sexuales en que ha participado, de los moteles en Lima donde buscó momentos rápidos de placer o es capaz de registrar una autodescripción física brutal, donde no se ahorra pelos, ni colores ni olores
Cuando Gabriela Wiener escribe, siempre hay provocación. Un término que ella, muy en su estilo de disparar duro pero con humor, define así: “La provocación es una canción de Raphael; es meter el dedo en alguna cosa supurante para que reviente de una vez y empezar a curar”.

-¿Cómo opera la provocación en tus textos?
-A diestra y siniestra. Me gustaría usar la provocación sólo como un ingrediente más del estilo, como la ironía o el lirismo. Que no sea un fin en sí misma. Porque entonces dejaría mucho vacío a mi paso y eso no me interesa. El fin es lo que viene después de provocar, verbos que me gustan más: como remover, revolucionar, transformar. Provocar también es empujar al mundo a sentir cosas que no buscó sentir, algo fuerte, como la rabia o el deseo, que hará que todo se salga de su curso normal.

-Siempre corres los límites, saltas a otros territorios. ¿Qué buscas?
-Mis temas parecen sensacionalistas, pero no lo son. Pienso que el sexo es un tema muy serio que debe ser tratado lejos de la Iglesia, de lo meramente masturbatorio y evidente. El amor, lo mismo; nunca ha sido para mí una novela rosa. Son grandes temas que fueron por mucho tiempo ninguneados, desterrados de lo literario y lo político, y que merecen esa centralidad. Me he acercado a estos asuntos no como una turista de la vida de los otros ni como una exhibicionista de la mía, sino desde la intimidad, el respeto y una necesidad de hacer visibles dimensiones de la vida que están ocultas, socialmente silenciadas, desde una luz nueva. ¿Qué busco? No sé… mirar las cosas a la cara, escribirme, desobedecer, existir, expresar mi identidad, mi deseo, busco derechos y romper algunas cadenas.

-En tus historias no usas a otros, sino a ti misma. ¿Por qué?, ¿es más fácil?
-Soy mi punching ball (risas). Y mi conejillo de Indias. Y mi monstruito vudú. No, no es lo más fácil pero es lo más justo. Es poner el cuerpo. Escribo por lo general sobre lo que más conozco. Eso que muchos llaman narcisismo puede expresar cierta modestia, la de hablar nomás de lo que sabemos y de lo que no sabemos. Por eso puedes ver cómo desde mi primer libro hasta el último, mi mundo se ha ido decantando por lo más íntimo, familiar y privado. En mi libro Dicen de mí propongo la experiencia radical de usarnos para llegar a los otros, no para usarlos sino para entrar en comunión con ellos. Digamos que empiezo por mí, pero no me quedo conmigo.

-¿Qué hay en la intimidad que no encuentras afuera de ti misma?
-Bueno, es de lo que te hablaba. Mi trabajo es íntimo, pero no ensimismado. La materia con la que hago mis figuritas de plastilina es la experiencia, eso que está allá afuera pero pasando por dentro. Algo que soltó mi hija en la comida, lo que me dijo la abuelita de mi novia. Aún rebusco entre mis viejos cajones buscando objetos, señales, que iluminen algún pasaje de escritura: un poema adolescente de mi padre, el diario de embarazo de mi mamá, mi cuaderno de terapia, las cartas que me devolvió mi primer novio… Así como hay tipos que se van a la biblioteca o a los viejos archivos de periódicos para hacer una novela, yo investigo en mi casa. Entonces hablo de una intimidad que es una mirada hacia dentro, pero también hacia afuera. Me interesa una escritura que está en el mundo.

Frágil también

-¿No te cansa tanta autoexposición?
-Me cansa y me asusta. Me agoto como tema. Soy un poco neurótica y no puedo dejar de pensar que quizá podría estar haciendo otra cosa, emprendiendo otros caminos… Debería hacerlo. Debería escribir sobre otra huevona que no soy yo. Hace mucho tiempo un amigo performer me dijo que un performer es alguien que vive mostrando su vulnerabilidad y la de los otros. Me gusta mucho esa definición para mí trabajo. Y me hace sentir menos sola y ridícula pensar que hago movimientos que nos incluyen. Que no estoy sola ante el pelotón de fusilamiento.

-Detrás de esa narradora provocadora se percibe mucha fragilidad…
-No la oculto. Es un movimiento consciente. Yo llevo mucho tiempo escribiendo encarnadamente, con mi cuerpo, y el cuerpo es fuerte pero también es frágil.

-¿Exponerse más por inseguridad que por valentía?
-Exponerse como apuesta vital y artística. Siempre me han gustado los artistas que se muestran, que se atreven, que nos dejan pasar a sus callejones más sórdidos. Sin duda para exponernos en toda nuestra infinita inseguridad hay que ser valiente.

-Para mí, la imagen es ésta: arrojas un fuego artificial para esconder la mano frágil y tímida que lo lanza.
-Nunca escondería mis tres dedos perdidos. Tampoco lanzaría nada artificial, prefiero que sea tirar una bombita de verdad.

-En Dicen de mí fuiste más allá: son otros los que te exponen, alentados por ti. Hablan de tus lados oscuros, tus miserias. “Conversaciones impúdicas” las llamaste tú.
-En mi familia yo he sido siempre la que confronta. Eso no siempre es agradable, pero casi siempre es necesario. Bueno, en este libro lo hago, de una forma consentida, con varios de mis cómplices vitales. Les propuse que esta vez no me dejaran desnudarme sola, que me fueran quitando ellos la ropa y el autoengaño. La idea es valerme de un género que conozco perfectamente, la entrevista, pero usarla en un contexto completamente distinto: para plantear un nuevo tipo de comunicación con las personas que más han marcado mi vida y para hablar de un solo tema: yo. Desde luego, eso no se cumple, porque en realidad hablamos de ellxs también, y de vínculos comunes a muchísimas personas. Al final el lector siente que le ha hecho esas preguntas a su propia hermana, a su ex mejor amiga, a su sicóloga.

-Gabi, ¿tienes miedos?
-Sí, los tengo y no son nada originales. Lo que más miedo me da es la pérdida. También me tengo miedo a mí misma, a entrar en un espiral de inseguridad tal que es como encender un fósforo en un pajar. Puedes quemarte muy rápido y convertirte en ceniza si te dejas llevar por la voz en tu cabeza que te sigue diciendo que no vales nada.

En tripareja

-¿Cómo eres un domingo en la tarde? ¿Igual de tremenda que en tus textos?
-Supongo que te refieres a los de Sexografías, en que la narradora es una kamikaze que se mete en muchas aventuras. No, hace tiempo que hay otras facetas de mí circulando por mis textos, también la madre de domingo. Soy una madre tremenda, eso sí.

-Dijiste una vez: “Los que leen mis libros creen que soy una mujer hipersexual, liberal, en permanente estado de excitación, cachonda, divertida, resuelta, atrevida. Y en realidad tengo una vida muy tranquila, soy madre de familia, me emborracho de vez en cuando y hago algún que otro estropicio, pero no busco situaciones adrenalínicas todo el tiempo”. ¿Es así realmente?
-No, por lo visto estaba queriendo aparentar madurez en esa entrevista (risas). Soy todas esas cosas a la vez. Soy cíclica, voy del sosiego a la turbulencia y de vuelta a la paz. Lo que sí es verdad es que no estoy buscando todo el rato la montaña rusa. Valoro mucho los tiempos de estabilidad.

Estabilidad a su manera, claro. Porque Gabriela Wiener sigue corriendo los límites y no sólo en las historias que escribe. También en su propia vida. Está emparejada desde inicios del milenio con Jaime Rodríguez, poeta y editor peruano. Juntos abandonaron Lima en 2003, se radicaron en España y son los padres de Lena, hoy de 11 años. Desde el 2014 sumaron una tercera persona a la pareja. Así llegó la música Rocío Lanchares, quien hace dos años tuvo a Amauri. Que es hijo de los tres: engendrado por Rocío y Jaime, fue recibido en una piscina de parto natural por Gabriela, quien además pasó su apellido para que fuera el segundo nombre del niño.

Son un caso de poliamor, aunque a Gabriela Wiener le carga la palabra. Ella prefiere hablar de relación no-monogámica. De amor libre. En su libro de entrevistas, a Rocío la llama “la madre de mi hijo”. A Jaime, “mi marido”. Viven todos en una casa grande de Madrid, donde la cama matrimonial la mandaron a hacer con medidas XXL.

Todo se dio de manera fluida, cuenta Gabriela: “Veníamos hace mucho haciendo uso, como dice Jaime en Dicen de mí, de las posibilidades expansivas de nuestras emociones. Revolucionamos nuestro mundo. Y como dice Roci, fue fascinante emprender este proyecto complejo de amor de tres que nos invita a revisar nuestras relaciones, cosas impuestas que antes tomábamos por naturales, de romper con convenciones, de radicalizar y politizar nuestras formas de hacer, de ser, de amar. De despatriarcalizarnos. El feminismo fue y es clave aquí para seguir adelante fuera de la norma. La hemos cagado mucho, hemos vivido crisis indecibles, pero aquí estamos”.

-¿Cómo es la vida en tripareja, como los bautizó tu hija Lena?
-Las cosas buenas se multiplican por tres y las cosas malas también. No somos una pareja, somos tres relaciones muy distintas en una. Tenemos una economía compartida, un hogar en el que distribuimos las tareas equitativamente. Dos hijos y un conejo que cuidar entre los tres. Un montón de responsabilidades. Pagos que hacer. Una casa que limpiar. Y a la vez está la lucha por expresarnos plenamente en nuestras individualidades y nuestras creaciones. Tenemos los mismos problemas que cualquier comunidad de más de dos personas: buscar el equilibrio entre la libertad personal, los deseos y los cuidados de los otrxs. Lo romántico y lo sexual forma parte de nuestra tripareja, pero no es lo más importante. Hay algo que me encanta y es que no cargo a una sola persona con mis mierdas. Hasta soportarme está bien repartido.

-¿Los celos se duplican?
-Soy celosa y eso no me lo quita nadie. Pero no es cierto que hayan empeorado al tener dos relaciones.

-¿Es posible querer igual a Jaime y a Rocío?
-No, no es posible querer igual a nadie, ni siquiera a tus hijos. Y es una pésima idea comparar tus amores; cada uno es distinto y poderoso en su especificidad. Es una maravilla que tengamos amores diversos. Ahora no estaría completa si me faltara uno de esos amores. Yo no tengo parejas principales o secundarias. Amo horizontal y desorganizadamente.

-En una columna tuya sobre el amor, citas a Anais Nin: “La única anormalidad es la incapacidad de amar”. Lo encontré preciso.
-Sí. Y el mundo está lleno de normales que en realidad son los anormales, como el nuevo presidente de Brasil, cuya mayor capacidad es la de odiar. Si soy una anormal por amar de esta manera, a mucha honra.

Jaime, Gabriela, Rocío y Amauri. | Foto: Paul Vallejos

Sin comillas

Gabriela Wiener, con el tiempo, ha dejado un poco la crónica y se ha volcado más al ensayo. También a las columnas, donde fluye su faceta más política. Las publica en diarios de España y de Perú; e incluso en la web: graba videocolumnas diarias en el sitio lamule.pe. Allí dispara contra el fujimorismo, la corrupción, el machismo.

“Las videocolumnas son de las cosas más duras que me ha tocado hacer. Más que cualquiera de las historias por las que me llaman valiente. Ponerme cada día delante de una cámara para decir lo que pienso sobre esa putrefacción es una locura, un poco demencial. Pero es el siglo XXI, es mi trabajo y es otra forma de hacer activismo”.

-Tus actos políticos incluyen también no ir a actividades donde no hay paridad de género. O no publicar la entrevista al ex novio maltratador en Dicen de mí y usar ese espacio para reflexionar sobre violencia machista.
-El feminismo es un trabajo a tiempo completo. Hace ya un tiempo decidí que no iba a ir a ningún evento literario si no tenían un mínimo de paridad. Muchas autoras lo estamos haciendo y me gustaría que más autores lo hicieran. Esa entrevista de la que hablas es la última del libro Dicen de mí. Y aunque no aparece el nombre y la foto de la persona que me rompió la nariz, si aparece su burdo intento de entrecomillar el puñetazo que me propinó por celos. Veinte años después no fue capaz de quitar esas comillas, no fue capaz de tener una conversación autocrítica y reparadora conmigo. Por eso, esa entrevista es la crónica de una conversación llamada al fracaso.

-Por tus videocolumnas, y antes en tu blog, recibes comentarios descalificadores. ¿Ya te resbalan o aún duelen?
-Una amiga me dijo que aunque diga que los sufro, creía que yo me alimentaba del insulto. No es verdad. Si me alimentara de ellos me envenenaría. La verdad es que los sufro y los denuncio. Ya no hay marcha atrás en la conciencia feminista de las diversas violencias que padecemos. También ésta, que es sicológica. A mí me duele, me afecta, perturba mi vida. No me resbala. Y está bien que así sea. Absténgase los discursos de autoayuda que recomiendan ignorarlos. Padezco terriblemente no sólo la violencia que recibo yo, sino la de miles de mujeres por hablar en voz alta. Cómo no me va a doler.

-Eres una kamikaze con corazón.
-Soy un corazón salvaje.

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