¿El mejor empleo del mundo?

Autor: Jorge López

Basta teclear en Google “el mejor empleo del mundo” para que aparezcan, en 0,56 segundos, 494 millones de resultados: testeador de escorts, constructores de torres Lego y dormilones profesionales son algunas de las joyas que mencionan encuestas de dudosas fuentes, pero ampliamente viralizadas. Sin embargo, hay una preferencia que se repite: viajar por el mundo para contarlo.


Cuando digo que trabajo como periodista de viajes, esa sensación de que se tiene algo preciado o un don divino pareciera una realidad. “¡Qué envidia!”, “¿llévame en tu maleta?”, “¿no necesitas un asistente?”, son las primeras respuestas que recibo. Pero cuando ya se familiarizan y conocen el devenir constante en que me he gastado los últimos 16 años, la frase es: “¿Y cuándo te vas?”

Sin duda, ser testigo del mundo es un privilegio. Como yo, millones de personas viajan por el planeta con empleos cada vez más globalizados y en los cuales moverse es un deber. Viajar es parte del ADN de la humanidad. Mi madre cuenta que cuando me vio a los 12 años con una mochila para ir a un campamento scout, se preguntó cuántas veces más me volvería a ver partir. Serían hartas más de las que creía.

Ser un novel y desempleado periodista, además de la irrenunciable idea de aventurarme en un viaje de cuatro meses por Sudamérica con mi gran amigo -al que hoy le debo hasta la camisa-, fue la génesis de esta profesión que me ha imposibilitado mantener una casa fija y que me dio al mundo como un gran patio. Programas como Al sur del mundo o La Tierra en que vivimos sumados a Indiana Jones fueron la chispa para querer irme en búsqueda de aventuras extraordinarias.

Pero la realidad le pega patadas a lo que se ve en la caja cuadrada. Estar en hoteles cinco estrellas que jamás podría pagar o la acumulación de lugares con nombres glamorosos se ha mezclado con la draconiana elasticidad de dormir en la calle, estar tres días sin comer porque el giro no llega a Sao Paulo, esperar trenes en India con 14 horas de retraso, caerme en un barranco panameño en una cuatrimoto o leer un whatsapp familiar avisando que mi abuela agonizaba mientras iba en un bus de Berlín a París.

No. No es el mejor trabajo del mundo por la razón más lúcida que impera hoy en la sociedad como un mantra: la seguridad. Viajar tiene poco de eso. Laboralmente jamás he tenido un aguinaldo ni una caja con abarrotes de Navidad o un seguro de desempleo. La mitad de mis pertenencias está en bodegas varias, me ha sido imposible ahorrar y siempre cuando vuelves a tu ciudad, algo de ella cambió para siempre: el salón de pool que se transformó en un edificio de 28 pisos o el barcito de amigos que ahora es un café con notebooks en las mesas.

Algo pierdes y algo ganas. Cuando sabes que la mayoría de tus conocidos están tostándose con tubos fluorescentes de oficina, tú puedes recorrer una playa tropical respirando la libertad que te da estar fuera de una rutina esclava. Este trabajo provocó que mi vocecita interna susurrase: “¡Lo he logrado!”, remando de noche en un lago amazónico yendo a fotografiar yacarés. La misma satisfacción que sentí comiendo ostras en un perdido delta en Australia, o navegando entre enormes olas hacia el Cabo de Hornos, o cuando vi nacer a mi hijo amado en un hospital de Recife.

Viajar me ha convencido de que el mundo no es sólo la mierda con que te bombardean a diario. Me volvió menos chileno y más universal, gatillando un cuestionamiento constante acerca de cómo o para qué vivimos y asumiendo que moverse es la antítesis de la inmediatez con que se obtiene todo en un teléfono inteligente. Poco importa si eres un turista millonario, un vagabundo perdido, un explorador o un fugitivo, eres uno de los pocos afortunados que pueden hacerlo entre 7 mil millones de personas.

Viajar debería ser un derecho inalienable y democrático. Pero como no lo es, aprendí que puedo compartir con letras y fotografías algo de este raro mundo. Si escribir ha sido cavar en la búsqueda de mi voz propia, viajar ha sido el templo al cual siempre vuelvo y que enseña muchas más lecciones de las que hubiera podido encontrar marcando tarjeta. Como dijo Robert Louis Stevenson, escritor y aventurero escocés: “Yo no viajo para ir a alguna parte, sino por ir. Por el hecho de viajar. La cuestión es moverse”.

Las crónicas de viajes no están hechas para llenarlas de adjetivos como “hermoso”, “espectacular” e “imperdible”, tampoco se destinan para quienes tengan dos mil dólares diarios para gastar, o cuyos destinos sólo sean las antípodas. Son una invitación saca-pica para dejar atrás el confort y arriesgarse a ir más allá, aunque sea mentalmente. Hace años una chica me dijo que se iba a la isla de la Plata, en Ecuador, por un reportaje que la había motivado. El texto era mío. Fue la primera ocasión en que sentí que todo esto valía la pena más allá de mi propia autosatisfacción.

Al final, ¿qué somos en la vida sin decisiones? Escribir sobre el mundo fue la mía. Estoy completamente seguro de que no es el mejor empleo de todos, pero en un gran casi. Un casi casi.

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