Flygskam: La moda de no volar que promueve Greta Thunberg

Climate activist Greta Thunberg sails to New York for UN climate summit

La activista Greta Thunberg en el velero Malizia II. (Crédito: EFE)

Este miércoles la activista sueca Greta Thunberg llegó a las costas de Nueva York tras viajar dos semanas en un velero. La adolescente dejó de desplazarse en avión hace años, debido a las emisiones de gases invernadero que generan los vuelos, una postura que está siendo adoptada por un creciente número de científicos y pasajeros.


A bordo del velero Malizia II se respira un aire casi espartano. En lugar de camas, sólo existen literas. Tampoco hay ducha. Una cubeta funciona como inodoro y los desechos se colocan en bolsas biodegradables que se lanzan al mar. Quienes van al baño incluso deben pedirles a los demás que vayan bajo cubierta para estar tranquilos. En el estrecho interior, el viento intenso hace que los tripulantes se deslicen atrás y adelante y, cuando el navío toma velocidad, el ruido es ensordecedor. Su capitán, el alemán Boris Herrmann, y su dueño, el príncipe monaguense Pierre Casiraghi, son hombres curtidos por estas incomodidades, pero su más reciente pasajera nunca había experimentado la vida en alta mar.

Greta Thunberg (16) analizó por meses la manera de asistir a la Cumbre de Acción Climática de Naciones Unidas, que se realizará en septiembre en Nueva York, y la COP25 que se efectuará en Chile en diciembre. Para la activista sueca cruzar el Atlántico era un dilema, ya que hace cuatro años dejó de volar en protesta por las emisiones de gases que producen los aviones. Una postura sustentada en cifras de la propia industria: según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), este año el sector producirá cerca de 927 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), considerado por la ONU como el principal impulsor del cambio climático. Cálculos de la Organización Internacional de Aviación Civil (ICAO) indican que en 2050 estas emisiones habrán crecido entre 300 y 700 por ciento respecto de las que había a inicios de este siglo.

En comparación, otros medios de transporte han mostrado tener un impacto menos perjudicial. De acuerdo con la Agencia Ambiental Europea, hoy por cada kilómetro que viaja un pasajero aéreo se emiten 285 gramos de CO2, versus 158 del transporte carretero y 14 del tren. Esas diferencias hicieron que Thunberg optara por el ferrocarril para recorrer Europa y promover su campaña que partió hace un año. La chica hizo gala de su convicción en el Foro Económico Mundial que se realizó en enero en Suiza: en lugar de volar dos horas desde Suecia, recorrió 32 horas en tren. "Es una locura que aquí se reúnan personas para hablar del clima y lleguen en jets privados", dijo a los asistentes.

"Para la activista sueca cruzar el Atlántico era un dilema, ya que hace cuatro años dejó de volar en protesta por las emisiones de gases que producen los aviones".

Por eso cuando Casiraghi le ofreció su velero para traerla a América, la adolescente aceptó de inmediato: el Malizia II, que partió el 14 de agosto desde el puerto inglés de Plymouth y llegó este miércoles a Nueva York, no usa combustibles tradicionales y tiene paneles solares y turbinas submarinas que generan electricidad. Una pequeña estufa para preparar los alimentos veganos de Greta y su padre, Svante, era el único artilugio que consumía gas de origen fósil. Un teléfono satelital y una lámpara para leer fueron sus limitados lujos: "Hacer esto es una manera de mostrar cuán imposible es vivir hoy de forma sustentable. Para viajar con cero emisiones, hay que navegar de esta manera a través del Atlántico", reflexionó la joven en New York Times.

El mensaje de Greta -que planea viajar a Chile en trenes y buses, desde Estados Unidos- está siendo recogido por científicos, activistas y gente común que también está restringiendo, incluso abandonando, el uso de aviones para concientizar sobre su impacto ambiental. El fenómeno ya tiene nombre: en Suecia se le conoce como flygskam (vergüenza de volar), mientras que los holandeses lo llaman vliegschaamte y los alemanes, flugscham. Según la empresa Swedavia, que opera los 10 aeropuertos con más tráfico de Suecia, esta tendencia ya se hace notar: entre enero y abril, el número de pasajeros domésticos cayó un 8 por ciento.

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Greta Thunberg

Greta durante su viaje a América. (Crédito: Reuters)[/caption]

En cambio, la empresa estatal de trenes SJ vive un renacimiento tras años de letargo: los viajes en su red aumentaron un 5 por ciento el año pasado hasta llegar a 31,8 millones, mientras que en el primer trimestre de 2019 crecieron otro 8 por ciento. Según SJ, esto se explica porque el público ya está interiorizando el impacto de viajar en avión: un vuelo entre Estocolmo y Gotemburgo, las dos mayores ciudades suecas, genera tanto dióxido de carbono como 40 mil viajes en tren.

Un grupo que se ha plegado a este fenómeno es Sail To The COP, compuesto por 40 científicos y activistas jóvenes que emularán la ruta a América de Greta. Estos expertos en antropología, ingeniería y otras disciplinas viajarán siete semanas a bordo del navío a vela Regina Maris, que partirá el 2 de octubre desde la ciudad holandesa de Scheveningen y llegará a Río de Janeiro, en Brasil. Desde ahí, tomarán un bus hacia Chile.

Jeppe Bikjer, diseñador de software y cofundador del grupo, afirma a Tendencias que el crecimiento proyectado de los vuelos es "simplemente incompatible con el objetivo de limitar el calentamiento global en 1,5 grados Celsius, el cual fue establecido en el Acuerdo de París". Su grupo cree que el impacto de esta industria "tiene que ser abordado y regulado a nivel global en las negociaciones de la COP", por lo que en esa conferencia entregarán un documento para explorar viajes más sustentables.

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Regina Maris

El velero Regina Maris en el que viajarán los miembros de Sail To The COP. (Crédito: Sail To The COP)[/caption]

El creador de Sail To The COP cuenta que muchos de sus colegas y familiares reaccionaron con sorpresa ante el viaje. Pese a su entusiasmo, Bikjer reconoce que la travesía es más bien una demostración de principios: "Lo más difícil es el costo, porque cruzar el Atlántico durante varias semanas no es barato. Reconocemos que nuestro viaje no es una opción disponible para cualquiera y no esperamos que la gente siga de inmediato nuestro ejemplo. Pero queremos experimentar los pros y contras de viajar de manera alternativa".

Responde la industria

El primer atisbo de reacción de las empresas aéreas ante el flygskam surgió en mayo. Alexandre de Juniac, director general de IATA, se plantó frente a 150 ejecutivos de aerolíneas en la conferencia anual del organismo y les advirtió: "Si no hay respuesta, este sentimiento crecerá y se propagará". Chris Goater, vocero del organismo, dijo a la revista Time que no quieren minimizar el debate y que esperan abordar el problema a través del desarrollo de combustibles sustentables y aviones eléctricos: "El enemigo no son los viajes, sino el dióxido de carbono".

Otro indicio de respuesta es la campaña Fly Responsibly (Vuela responsablemente), lanzada en junio por la aerolínea holandesa KLM. Entre otras medidas, la iniciativa insta a los pasajeros a tomar trenes sobre todo en trayectos cortos. Y si hay que volar, la empresa aconseja empacar ligero, porque "menos peso implica menos consumo de combustible".

"El enemigo no son los viajes, sino el dióxido de carbono".

Chris Goater, vocero de IATA.

Esa recomendación es clave porque cada gramo asociado a los viajeros puede incidir en el combustible que se usa y en los gases emitidos. De hecho, en un avión como el Airbus 320 los pasajeros de clase económica suman el 22 por ciento del peso total que carga el avión. Y según la aerolínea Virgin Atlantic, reducir medio kilo en cada nave de su flota le permitiría bajar su consumo de combustible en 53 mil litros al año.

Iniciativas en expansión

Esta idea de viajar menos en avión para proteger el medioambiente puede parecer nueva, pero para la sueca Maja Rosén (38) es una filosofía de vida hace 10 años. Durante un viaje a las islas Lofoten, en Noruega, empezó a reflexionar sobre el impacto de su viaje en el ecosistema y cayó en una depresión. "No podía disfrutar la naturaleza sabiendo que mi viaje estaba contribuyendo a destruir ese lugar", cuenta a Tendencias.

El año pasado, su inquietud la llevó a crear la iniciativa We Stay on the Ground (Nos quedamos en tierra), que busca alentar a las personas a no volar durante un año. En 2018 convenció a 14.500 suecos y su campaña ya se esparció a Bélgica, Francia, Dinamarca y el Reino Unido, aunque su gran objetivo es lograr que 100 mil de sus compatriotas se sumen en 2020.

"Al comienzo, no usar aviones durante un año se siente como un gran sacrificio; pero cuando la gente se suma, cambia de perspectiva y se enfoca más en los beneficios. Muchos ahora aprecian mejor lo que pueden hacer sin volar. Por ejemplo, viajar en tren se vuelve una aventura. O exploran su propio país en vez de viajar grandes distancias", señala Rosén. La activista reconoce que limitar los viajes aéreos es más sencillo en ciertos países que en otros y que optar por un medio como el tren requiere invertir más tiempo en desplazamientos, pero insiste en que hay que encontrar otras maneras de explorar el mundo: "No digo que sea fácil, pero no tenemos opción si queremos que nuestros hijos tengan un futuro".

"Al comienzo, no usar aviones durante un año se siente como un gran sacrificio; pero cuando la gente se suma, cambia de perspectiva y se enfoca más en los beneficios".

Maja Rosén

Al igual que Greta Thunberg, estas iniciativas ya cruzaron el Atlántico. Peter Kalmus, investigador climático de la NASA, fundó hace dos años la comunidad No Fly Climate Sci, que reúne a científicos ambientales y académicos que decidieron viajar menos en avión o simplemente no volar a conferencias. Kalmus dejó los aviones en 2012 tras calcular sus emisiones de CO2: las 50 mil millas que había volado, todas en nombre de la ciencia, eran al 75 por ciento del total. Hoy viaja en auto o en tren y genera menos de dos toneladas de CO2 al año, una décima parte de lo que produce un ciudadano estadounidense.

"Debido a que conozco el daño que causa, subirse a un avión me parece incorrecto y no he tenido ninguna razón para volar que sea tan importante como para contrarrestar ese sentimiento. Para mí no es una simple resolución; me sentiría enfermo y tendría pesadillas si viajara en avión", explica Kalmus a Tendencias. El investigador reconoce que su carrera podría avanzar "más rápido" si volara a los congresos, pero dice estar satisfecho con su estatus actual: "Hoy las únicas alternativas son el transporte terrestre y las teleconferencias que están avanzando, sobre todo, gracias a la realidad virtual. Estoy ansioso por lo que vendrá".

Kim Cobb, investigadora climática del Instituto de Tecnología de Georgia, Estados Unidos, es una de las científicas que se sumó la iniciativa de Kalmus. Redujo en 75 por ciento sus vuelos y en lugar de trasladarse al Pacífico ecuatorial para hacer experimentos, hoy los realiza en las cercanías de Georgia. Además, limitó drásticamente su asistencia a congresos y este año dictará una teleconferencia para Australia. Esa postura, sin embargo, ha tenido un costo profesional: "Cuando empecé a volar menos, tuve que declinar el 50% de mis invitaciones a conferencias, pues los organizadores se rehusaron a que participara de manera remota", dice a Tendencias.

"Sin duda que hay un precio que pagar, pero la sorpresa fue tener más tiempo para dedicarme a otros aspectos de mi vida, como estar más con mis hijos e impulsar cambios en mi propia comunidad. Extraño las vacaciones de antaño, pero las de ahora son más especiales. Tomé un viaje en tren de 23 horas junto a mi familia y fue maravilloso", agrega.

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El velero Malizia II llegando a Nueva York. (Crédito: Reuters)[/caption]

Parke Wilde, profesor de ciencias nutricionales de la Universidad de Tufts en Estados Unidos, comparte su optimismo. Es creador del blog Flyingless (Volando menos), el cual pide a las casas de estudio que restrinjan los vuelos de sus miembros. Ya se han sumado más de 500 profesores: "La academia es un pequeño sector de la economía global, pero tiene una visibilidad significativa y una capacidad valiosa para pensar y modelar innovaciones tecnológicas y sociales", señala a Tendencias.

Este tipo de llamados ha llevado a que las filiales británicas de Greenpeace y Friends of the Earth ya estén pidiendo un "impuesto al viajero frecuente". Mientras tanto, en Facebook, el grupo sueco Tagsemester -que promueve alternativas para viajar en tren- ya suma casi 100 mil miembros. Un movimiento creciente que según Peter Kalmus quizás no existiría si la joven pasajera del Malizia II no hubiera predicado con el ejemplo: "Greta no habría tenido la resonancia que posee si no hubiera respaldado sus dichos con acciones. Y no hay manera de que les esté diciendo varias verdades a los que están en el poder con tanta claridad y autenticidad si no estuviera haciendo todo esto. Cuando entiendes claramente la gran emergencia que vivimos, te motivas a dejar de quemar combustibles fósiles de cualquier manera posible".

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