¿Qué es lo humano?

Ilustración: Alfredo Cáceres

La pregunta por lo humano ha vuelto a ser pertinente en estos tiempos. Sin ir más lejos, es el tema del Congreso Futuro que comienza la próxima semana: “¿Qué especie queremos ser?” es la interpelación que convoca a quienes allí participamos. En la búsqueda de una respuesta caben distintas miradas, desde diferentes orillas del pensamiento. Neurólogos, lingüistas, filósofos, poetas, expertos en Big Data, sicoanalistas.


Evgeny Morozov fue uno de los primeros verdugos de Silicon Valley. El investigador bielorruso encendió la polémica en 2011 con su libro El desengaño de internet. Se fue de frente contra el llamado buenismo moral y estético de Silicon Valley y la revista Wired, aquel imaginario de geniecillos sub 35 aspirando a crear un mundo mejor. El juicio de Morozov es categórico: el capitalismo digital opera en la lógica del capitalismo financiero, que lejos de cumplir la promesa de profundización de la democracia mundial, amenaza con nuevos despotismos.

Demasiado apocalíptico para esos años. Porque el comienzo de esta década estuvo marcada por lo que se entendía como el cumplimiento de la utopía punk de la internet de los 90; esa que llevó, por ejemplo, a teorizar el ciberfeminsimo, que suponía que lo virtual permitiría despojarse de las ataduras de género. Fue precisamente en 2011 cuando explotaron las revueltas sociales en el mundo, la Primavera Árabe, Occupy Wall Street, en nuestro país el movimiento estudiantil. La tecnología era exaltada como una aliada de la emancipación; no obstante, se estrenaba en televisión, también en 2011, Black Mirror, la serie sobre la distopía transhumanista, insinuando un futuro no tan próspero a la vuelta de la esquina.

Pero es derechamente en 2016, con el inesperado triunfo de Trump en Estados Unidos y el Brexit, que se enciende una alarma. Posverdad, Big Data, Cambridge Analytica, transforman la imagen de un joven y amable Zuckerberg en un enemigo público y la tecnología se vuelve sospechosa.

Cada tanto aparecen publicaciones respecto de los oficios que serán reemplazados por robots, desde los más rudimentarios hasta los más sofisticados, como la poesía, incluso aquellos relacionados al amor. Por ejemplo, según el último informe de la consultora McKinsey, en Chile, dentro de los próximos 20-40 años, el 30% de los empleos podrán ser automatizados: algo así como unos 3,2 millones de empleos serán sustituidos por robots. Empezamos a preguntarnos por el lugar que tendrá el trabajo en el futuro y se reaviva la idea de un salario universal cuando las máquinas nos sustituyan. Quizás ya no nos definiremos más de acuerdo a lo que hacemos. Quizás ya no sirvamos para nada.

“Los tostadores no nos atacarán”, ironiza Aldo Delgado, físico y director del Instituto Milenio Miró. Hay mucho de ciencia ficción asociada a la inteligencia artificial (IA): aunque las máquinas son pensadas para superarnos en muchas funciones, no hay razones para buscar suplantar al ser humano, sostienen algunos expertos.

Hace unos días, el autor de Sapiens, Yuval Harari, escribió sobre el peligro de vivir en tiempos en que nuestros cerebros son hackeados. Los datos que entregamos diariamente pueden ser usados para dirigir nuestras decisiones, de un modo en que creemos que somos nosotros mismos los que dirimimos. Hace un llamado entonces a resistirse.

Tanto el optimismo ciego como la desastrología nos distraen, afirma Morozov. No se trata de satanizar a las corporaciones tecnológicas, sino de comprender los problemas sociales y políticos asociados. Por ejemplo, explica, Noruega es considerado un Estado socialista, pero invierte en fondos millonarios de empresas que dejan ruinas en el mundo. Son Uber, Airbnb, las que terminan de una manera torcida sosteniendo al Estado de Bienestar, al mismo tiempo que el país ayuda a las cooperativas locales a hacerles frente. De lo que tenemos que preocuparnos es de la propiedad y regulación de los datos y de la infraestructura de la IA. Se trata, ante todo, de hacer política ante un escenario que amenaza a la democracia liberal, a la que, por cierto, dimos demasiado por sentada.

Son tiempos bisagra, nos enfrentamos a una transición de orden económica y geopolítica, otros van más lejos, como el filósofo Franco Berardi, quien describe una mutación antropológica. Para muchos se trata de tiempos inciertos y oscuros. Brad Evans, en una edición especial del New York Times, se pregunta qué es ser humano en el siglo XXI -replicando el ejercicio que hizo Hanna Arendt en su libro Hombres en tiempos de oscuridad– e interroga a diversos intelectuales respecto de las violencias contemporáneas.

Algo ha provocado que la pregunta por lo humano haya vuelto a ser pertinente estos días. Sin ir más lejos, es el tema del Congreso Futuro que comienza en nuestro país la próxima semana: ¿Qué especie queremos ser? Esa es la interpelación que convoca a los pensadores que participan.

No soy un robot

El siglo XXI podría cumplir las fantasías perversas del siglo XIX, advertía el psicoanalista Jaques Lacan.
Matt McMullen es un muñequero sexual, fundador de las Real Dolls. Hizo noticia el año pasado porque sus prototipos comenzaron a incorporar inteligencia artificial para brindar “más realidad” a sus clientes. McMullen en una entrevista se hacía preguntas éticas de toda relevancia: ¿Es debido replicar a personas vivas?, ¿conviene satisfacer las demandas bizarras respecto de los cuerpos solicitados por sus clientes?

Asimismo, Jessica Powell, ejecutiva de Google, se preguntaba en un artículo sobre las consecuencias de los avances de la tan anhelada prolongación de la vida. ¿Qué ocurrirá cuando los ricos vivan varias décadas más que la población general?

La pregunta por lo humano hoy es una pregunta ética.

El biólogo y filósofo Humberto Maturana me propone pensar lo humano del siguiente modo: cada vez que juzgamos algo como inhumano, aquello revela entonces lo que entendemos por lo humano. Es quizás un modo de entender lo humano como algo virtuoso, como aquello que se separa de la barbarie.
¿Pero no es la guerra un acto definitivamente humano? La neuróloga Andrea Sclachevsky explica que la “H-capacidades” son al menos 10 capacidades que nos separan de otras especies. Por ejemplo, el uso humano del lenguaje y la proyección del futuro, o imaginar, quizás esta última la más importante (en esto coinciden la primatóloga Isabel Bhencke y la antropóloga Sonia Montecino). Pero, aunque las “H-capacidades” nos otorgan gran sofisticación cognitiva, no impiden que un humano asesine a otro. A fin de cuentas, “Eichman es tan humano como Ghandi o Mandela”.

Los filósofos Federico Galende y Ricardo Espinoza desconfían del humanismo. Para Espinoza, ha sido bajo las ideologías colonialistas y del cristianismo que se ha diferenciado lo humano por sobre lo animal, llevando precisamente tal distinción a los mayores desastres de la historia. “El ser humano es una invención moderna y pasajera que no sirve para nada y está abierta. En la historia de la filosofía nadie logró explicar para qué sirve un ser humano”, dice Galende, agregando que es la conciencia de la mortalidad lo que nos otorga una identidad humana, pero hay en nosotros algo más, una extraña fuerza viviente y anónima, la animalidad.

No soy un robot. Se nos ha vuelto común tener que hacer esa comprobación. Es la tecnología captcha que algunas páginas web tienen, entre otras cosas, para evitar que máquinas, simulando ser usuarios, colapsen el sistema. Los ciberataques están basados en este tipo de artimañas. La llamada internet de las cosas consiste en la digitalización de objetos y servicios, desde los cuales los hackers pueden colgarse para hacer caer la red y dejarnos, por ejemplo, sin servicios básicos. Así ocurrió hace unos años con el ataque “Mirai” que logró hacer caer a Netflix, Amazon, Spotify y el New York Times, colgándose de objetos inteligentes (refrigeradores, televisores, etc.). La amenaza es hacer caer la red global. En un mundo cada vez más dependiente de la tecnología, ¿qué ocurriría en una estrepitosa caída a la vida análoga?, ¿es posible lo humano? La experiencia de olvidar el teléfono celular o quedarse sin batería se ha vuelto para muchos una imposibilidad de funcionar. Sin darnos cuenta, ya somos híbridos, ciborgs, como plantea Martin Hilbert, experto en Big Data y que estará en el próximo Congreso Futuro.

“Las máquinas nos superan en muchas actividades que son parte de lo que llamamos pensar, de manera que si solo nos identificamos a ese rasgo cartesiano, cogito, ergo sum (pienso, luego existo), las máquinas nos superarán de manera exponencial”, afirma Hilbert respecto de la pregunta qué es lo humano. Explica que hoy existe la discusión respecto de las AGI, máquinas que deben prescribir sus propios propósitos, una inteligencia autodirigida; en esta tarea los humanos somos bastante más complejos, dice, ya que nuestros propósitos no son solo racionales. Al igual que en los cambios de meta-paradigma anteriores, quizás hoy necesitemos otro sobre lo humano. Cuando la humanidad requería mucha mano de obra, la característica esencial era la potencia muscular, luego en la Ilustración el enfoque fue el pensamiento y la inteligencia. En esta ocasión, parece que estamos descubriendo que pensar podría no ser el núcleo único, parece que tenemos la capacidad para guiar nuestro propio pensamiento y de desarrollar sistemas que guíen el pensamiento colectivo, ya sea hecho por máquinas y/o cerebros. Curiosamente, esta conclusión refleja la esencia de las enseñanzas espirituales más antiguas, donde llamaban “illuminada” a una persona que no se autoidentificaba con sus pensamientos.
¿Será que entonces para no ser un robot la fórmula sea: soy donde no pienso?

El erotismo y los funerales

Se ha definido muchas veces la conciencia como lo que nos diferencia de otras especies. Pero los animales, en la medida en que tienen capacidad de aprender, contarían con ciertos aspectos de lo que entendemos por conciencia. Por su parte, la IA, como sostiene Hilbert, puede llegar a replicar aspectos del pensamiento humano. Pero hay una conciencia que solo nos pertenece a los humanos: la de nuestra finitud. Así lo piensa la lingüista y escritora Adriana Valdés, quien entiende lo humano como algo abierto que puede redefinirse, pero que tiene la particularidad de tener una relación única al lenguaje que nos hace conscientes de ser seres mortales. “Lo humano es temblar ante la perspectiva de la propia muerte”, dice el filósofo Martin Hopenhayn.

Y es que ni los animales saben que mueren, ni de las máquinas se puede decir exactamente que mueran, porque no tienen cuerpo, aunque lo imiten. La historia de la especie está presente en eso que llamamos cuerpo, y este está cruzado con nuestro invento llamado cultura. Es tan delirante suponer que podemos retornar a una naturaleza animal, como que podemos librarnos de nuestra animalidad por la civilización y racionalidad. Somos animales conscientes de lo finito, ello nos genera una relación a los límites, los que, a su vez, hacen existir el deseo, la creación y los enigmas. Los animales se aparean y mueren, pero no tienen erotismo ni hacen funerales; sin duda, el sexo y la muerte son hechos biológicos, pero también es cierto que para nosotros son algo más, son siempre cuestiones a resolver. La fantasía de vivir para siempre, paradójicamente, destruye las condiciones de vida, la búsqueda del no límite es semilla de autodestrucción, dice Gustavo Dessal, coautor junto a Zygmunt Bauman de El retorno del péndulo.

Es probable que no tenga ningún sentido que la IA busque replicar al ser humano, sin embargo, no está claro si sea el ser humano del siglo XXI el que busque parecerse a las máquinas: sin límites, sin cuerpo, sin erotismo, agotados hasta fundirse (el famoso burn out), enchufados-desenchufados, sin fantasías más que lo funcional, nos parecemos más a un electrodoméstico que a algo vivo.

Si en algo coinciden la mayoría de los entrevistados es que la relación humana al lenguaje está lejos de ser una mera cuestión funcional, hecha para comunicarnos. Como explica Dessal, nuestro lenguaje es metafórico, no hay una relación unívoca entre un signo y la cosa, por eso estamos llenos de malentendidos, incluso con nosotros mismos. Si quisiéramos dejar una huella digital de nuestro psiquismo, para trasplantarla post mortem a otro cuerpo y cumplir la fantasía de la inmortalidad, solo les propongo ver el capítulo de Black Mirror llamado “Vuelvo enseguida”. No voy a adelantar nada; solo decir que parece ser imposible convertirnos en un código, porque somos algo más que un pensamiento, porque no somos transparentes a nosotros mismos. Hay algo intraspasable. Estilo, lo llama la pintora Natalia Babarovic; sintaxis, le dice el poeta Germán Carrasco: “Ningún ingenio tecnológico puede traducir el sabor de la cabeza de alguien, su sintaxis, su hablar bajo y con dudas, sus improvisaciones, soluciones y atajos”.

Para calmar el pánico de Harari de que los cerebros sean hackeados -si acaso es cierto que alguna vez estuvimos lib res de influencias- se le podría responder con el gran aforismo del futbolista Carlos Caszely: “No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”.

* Psicoanalista y escritora

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