¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Esa es la pregunta que el autor Philip K. Dick eligió hace 50 años para titular la novela en que se inspiró la película Blade Runner. La interrogante aludía al desarrollo de robots tan humanizados que incluso cuestionaban su propia existencia. Ese escenario sigue siendo ciencia ficción, pero hoy incluso existe una actriz mecanizada que se presentará en Chile la próxima semana y los investigadores ya trabajan en el desarrollo artificial de emociones y conciencia.

La radiación liberada por una explosión nuclear está matando a Tania y durante los últimos días de su vida su única compañía es Leona, quien le recita versos en japonés, alemán y francés. Leona sonríe, conversa y aunque está postrada en una silla de ruedas hace su mejor esfuerzo por cumplir la misión que le asignó años atrás el padre de su amiga: brindarle apoyo en los mejores y peores momentos. Ambas dialogan sobre la muerte, la soledad y lo elusiva que es la felicidad, hasta que Leona deja de ser la misma de antes y, repentinamente, parece dirigirse hacia el mismo desenlace fatal de Tania.

Leona no está afectada por un cáncer ni por alguna otra enfermedad terminal, porque no es de carne y hueso. En realidad es una robot que sufre un desperfecto mecánico y que está interpretada por Geminoid F, la primera actriz androide del mundo. La robot y una colega humana que cumple el papel de Tania son las protagonistas de la obra de teatro Sayonara (Adiós), creada por el dramaturgo japonés Oriza Hirata, fundador de la compañía dramatúrgica Seinendan, y el ingeniero Hiroshi Ishiguro, director del Laboratorio de Robótica Inteligente de la Universidad de Osaka y uno de los investigadores más famosos en su campo.

La historia de Leona y su amiga, que se desarrolla a lo largo de 27 minutos, aborda el significado de la vida y la muerte para los humanos y para los robots cada vez más sofisticados que se están diseñando en el mundo. Para expresar ese drama, el cuerpo y el rostro artificial de Leona tienen más de una docena de motores que le permiten imitar casi a la perfección gestos y reacciones como la respiración, el pestañeo e, incluso, sorpresa. Ese talento de Leona para replicar a sus contrapartes biológicas causó tanta sensación cuando la obra se estrenó hace ocho años en Tokio, que casi 600 personas la vieron en apenas dos días.

Luego de ese éxito vino un tour que llevó la obra por Estados Unidos, Canadá y varios países de Europa, además de una adaptación al cine estrenada en 2015 y dirigida por Kōji Fukada (Kantai). Ahora Sayonara y su protagonista mecánica tendrán su debut en Latinoamérica en las funciones que se realizarán entre el 23 y 25 de marzo en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM). En las presentaciones, el público podrá presenciar la alta humanización que ya alcanzan los androides y, además, enfrentarse a las interrogantes que surgen de su integración en áreas tan diversas como las artes escénicas, los noticieros e, incluso, la búsqueda del placer.

Sophia junto al fundador de la empresa Hanson Robotics.

“El teatro nos hace reflexionar sobre las tecnologías de una manera muy distinta a otros ámbitos, donde básicamente lo que se promueve es el conocimiento en torno al uso de la misma. Cuando el androide empieza a presentar fallas técnicas surge una pregunta que también es muy válida para los humanos y que se centra en apagar o no un botón. Eso te lleva a temas como la eutanasia y a disyuntivas mucho más profundas que el espectáculo de ver un androide en escena”, cuenta Pamela López, directora de programación y audiencias del GAM. La obra tiene a Makiko Murata en el rol de Tania, incluye una pantalla donde se muestran los subtítulos de los diálogos en japonés y su montaje está a cargo de nueve técnicos e ingenieros que viajarán a Chile junto al director Oriza Hirata, quien el viernes 23 participará en un diálogo con el público titulado “Arte y robótica”.

En esa conversación se discutirán los últimos avances de esta disciplina, que van mucho más allá de logros mecánicos como el conseguido el año pasado por científicos de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, quienes crearon una piel sintética que recrea la sensación del tacto y que servirá para diseñar robots cirujanos más precisos. El propio Ishiguro, cuyo robot gemelo participó en el Congreso del Futuro que se realizó en Chile en 2016, es el “padre” de Erica, otro androide que simula una joven de 23 años y que posee un sofisticado sistema de inteligencia artificial para generar sus propias conversaciones y que le permitirá debutar en abril como presentadora de noticias en un canal japonés.

Según ha dicho Ishiguro, Erica es tan avanzada que podría llegar a tener una conciencia independiente y, quizás algún día, manifieste lo que los japoneses llaman sonzai-kan, es decir, un espíritu humano. Esa es una de las obsesiones del investigador y para concretarla su universidad desarrolla un proyecto de seis años para lograr que los robots tengan emociones. En una entrevista dada en 2016 a Tendencias, el ingeniero explicó que este trabajo también tiene una meta introspectiva: “Lo que busco es averiguar más detalles sobre las características que nos convierten en quiénes somos y los robots humanoides son un medio para llegar a esas respuestas”.

Hace medio siglo, el libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, se anticipó a esta creciente humanización de los robots y a los dilemas sociológicos de casos como Sophia, creada por la empresa Hanson Robotics y que en 2017 se convirtió en la primera androide que recibe la ciudadanía de un país. El robot, cuya apariencia se basa en la actriz Audrey Hepburn, hoy es saudí y en entrevistas ha manifestado su deseo de tener una hija. Incluso ha dicho que el “significado de la vida es maximizar los patrones de existencia”, una reflexión muy similar a las que realizan personajes creados por Dick y que sirvieron de base para los androides que buscan prolongar sus vidas en la película Blade Runner (1982).

“Aún no tenemos una definición clara de lo que significa la conciencia, incluso cuando hablamos de humanos, así que todavía no está bien definido lo que implica para los robots. Sin embargo, investigaciones en aprendizaje de máquinas han empezado a trabajar con conceptos como ‘imaginación’ o ‘curiosidad’. Dependiendo de cómo se entrene un sistema, podría desarrollar una mayor o menor aversión a la adversidad, por lo que podríamos ver robots con personalidades que parecen ‘dubitativas’ o ‘temerarias’. Por eso pienso que veremos sistemas de inteligencia artificial que se asemejarán en muchos aspectos a la mente humana. En algún punto, tendrá sentido que empecemos a tratarlos como si fueran conscientes, pero la pregunta sobre si realmente lo son es filosófica”, señala a Tendencias Dylan Glas, doctor en robótica y cocreador de Erica junto a Ishiguro.

Yo, robot
La ciudadanía por gracia otorgada por Arabia Saudita a Sophia es uno de los ejemplos más patentes de la humanización de los robots, pero no es el único. A fines del año pasado, Tokio le garantizó la residencia a Shibuyai Mirai, un programa de chateo con inteligencia artificial que está diseñado para comportarse como un niño de siete años. Además, en 2017 el Comité de Asuntos Legales del Parlamento Europeo instó a la Comisión Europea a discutir propuestas para otorgarles a los robots el estatus de “personas electrónicas” con derechos y obligaciones específicas.

Mady Delvaux-Stehres, parlamentaria de Luxemburgo que redactó el reporte original, afirma a Tendencias que los androides “representan una gran oportunidad para facilitar nuestras vidas diarias, especialmente en el sector de la salud. Pueden hacerse cargo de todas las tareas ingratas, como levantar cargas pesadas, limpiar o monitorear pacientes. En cuanto al aspecto humanoide, en nuestro reporte precisamos que el diseño debería asegurarse que el usuario siempre se dé cuenta de que un robot no es y nunca será un humano. Consideramos que los robots son una herramienta para ayudar a los humanos y no para reemplazarlos”. Sin embargo, admite que el uso del término “personas electrónicas” fue un error que indujo a confusión: “Nunca quisimos garantizarles derechos humanos. En el contexto legal, el uso de robots sí plantea preguntas concernientes a la responsabilidad. Si ocurre un accidente con un robot, ¿quién se hace cargo?, ¿el productor, ¿el vendedor?, ¿el usuario? Nuestro objetivo es lograr que las víctimas siempre obtengan una compensación”.

El gemelo mecánico de Hiroshi Ishiguro dialoga con Michelle Bachelet en 2016.

El hipotético escenario de que algún robot con inteligencia artificial sobrepase las capacidades de sus creadores es una preocupación que quita el sueño a personajes como Elon Musk, ingeniero y creador de empresas como Tesla. En una conversación con su biógrafo Ashlee Vance, Musk dijo que temía que su amigo Larry Page -cofundador de Google, una de las empresas que más invierten en esta área- cree “algo maligno por accidente”, como “una flota de robots mejorados por inteligencia artificial y capaces de destruir a la humanidad”. Incluso, a nivel más cotidiano también ya son vistos como una amenaza: “Hace poco fui a una radio a hablar sobre Sayonara y había una actriz. Ella decía ‘a mí no me gusta nada esto, porque van a venir a quitarme la pega’”, recuerda Felipe Mella, director ejecutivo del GAM.

Martin Ford, analista especializado en el impacto de la inteligencia artificial y autor del libro The rise of the robots, cuenta a Tendencias que un androide con inteligencia como la humana todavía es una realidad muy lejana que podría concretarse en 100 o 200 años… o quizás nunca. “Sin embargo, a medida que los robots se vuelvan más eficientes a la hora de imitar a la gente, algunas personas comenzarán a confundirse entre máquinas y humanos y probablemente habrá problemas con gente que se vuelva muy apegada a ellos. Quizás esto no será algo muy bueno para esos individuos y podría generar algunas preocupaciones en la sociedad si se propaga. Es importante recordar que en el futuro inmediato un robot no va a ser algo con lo que podamos formar una relación significativa y saludable. Va a ser una pieza de tecnología, igual que un smartphone”, asegura Ford.

Una relación sostenida y compleja quizás no sea posible, pero sí lo es el placer más básico. Francia, Gran Bretaña, España y Alemania ya tienen burdeles donde todas las prostitutas son androides y en la ciudad holandesa de Amsterdam opera un prostíbulo móvil que ocupa robots y que se traslada por el famoso distrito rojo. La idea no es bien vista por expertos como Kathleen Richardson, profesora de ética y cultura de inteligencia artificial en la Universidad De Montfort en el Reino Unido y líder de la Campaña Contra los Robots Sexuales. En su sitio web (https://campaignagainstsexrobots.org), la iniciativa plantea que estos androides muestran “los horrores todavía presentes en el mundo de la prostitución, que se construye sobre la inferioridad ‘percibida’ de mujeres y niños y justifica su uso como objetos sexuales”.

La discusión sobre el desarrollo de estos androides ha llegado a tal punto que incluso el tema del racismo ya está presente. Un reporte presentado este mes por la Universidad de Canterbury, en Nueva Zelandia, determinó que los humanos presentan prejuicios hacia los robots de piel más oscura muy parecidos a los que surgen ante personas de una tez similar.

Martin Ford señala que la discriminación en la robótica no sólo se ha vuelto un problema estético, sino también de programación: “Hoy ya se ve en sistemas de inteligencia artificial que se usan para tomar decisiones. Algunas veces esos sistemas pueden presentar prejuicios, porque son entrenados usando datos que provienen de personas reales y reflejan las aprensiones de esa gente. No es un problema de los robots, sino de las personas”. Si los androides como Erica, Sophia o el que da vida a Leona siguen progresando, las dinámicas del racismo, el trabajo y tal vez el romance podrían volverse casi indistinguibles de las que hoy experimentan los humanos. Lo dice a Tendencias el doctor Ian Pearson, ingeniero, físico y autor del libro You Tomorrow: “Cuando los robots se vuelvan emocionalmente interactivos, existe un alto riesgo de que perjudiquen las relaciones humanas. Los celos pueden ser muy dañinos”.

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