Un viaje por cuatro pueblos de Tarapacá

La iglesia de La Tirana es el edificio más emblemático y alto de esta localidad. Durante el año es solo paz y calor. En julio el fervor se desata.

Aunque Iquique se lleva casi toda la fama, hay mucho más en esta región. Destinos a los que se puede llegar saliendo, precisamente, desde el corazón de la capital de Tarapacá. Un recorrido por lugares, uno de ellos fantasma, que se encaraman en la ruta que une a esta ciudad con Pica, un sitio que es un milagro verde en pleno desierto.

El Mercado de Iquique, ubicado en la calle Amunátegui del centro de la ciudad nortina, es la referencia que dan para agarrar uno de los buses que se dirigen a Pica, distante a 120 kilómetros dentro del desierto de Atacama. El mercado, fácilmente reconocible por una buena cantidad de restaurantes siempre abiertos y una fauna callejera intensa, es una especie de terminal de buses alternativo, en que varias líneas menos conocidas salen hacia distintos rumbos.

Pica, entre ellos. Aunque su nombre ha ganado fama nacional por la calidad de sus limones, pocos saben dónde está. El que sí lo tiene claro es el voceador de los minibuses que anuncia a grito pelado la salida del transporte público. Una vez instalados en el moderno minibús, por cada kilómetro que avanza, vamos descubriendo pueblos e identidades de una región que prácticamente se desconoce. O de lugares de los que se sabe solo de oídas: Alto Hospicio, Humberstone, Pozo Almonte, La Tirana, Matilla y Pica desfilan durante el trayecto, que se completa en casi tres horas de viaje.

Bastan pocos segundos al salir de Iquique, camino hacia Alto Hospicio, para que las impresiones sean potentes y contradictorias. A la izquierda, varias casas informales creadas con desechos -de manera genuina, triste y magistral- pueblan las laderas desérticas que cercan a Iquique. Son los pobres entre los pobres. Por el costado derecho, en cambio, se ven hermosas postales de Iquique y del cerro Dragón, una enorme, dorada y perfecta duna.

El paso por “Alto” es una exhalación. Solo una parada para buscar/dejar pasajeros y el bus sale disparado. Solo da para constatar el enorme crecimiento inmobiliario -edificios, supermercados, bencineras- de este lugar que hasta hace poco era zona de improvisados campamentos habitacionales.

Pueblo uno: Humberstone

Los campamentos parecieran ser un elemento recurrente en la historia del desierto. Humberstone, la oficina salitrera más famosa de Chile, está a 47 kilómetros de Iquique. Consagrada como Patrimonio de la Humanidad desde el año 2005, junto a la vecina oficina de Santa Laura, estaba rodeada de campamentos mineros. En los tiempos de bonanza del salitre, hace más de un siglo, esta zona, que ahora alberga fantasmales edificios, estaba llena de trabajadores, sus familias y las grandes maquinarias que ayudaban a extraer “oro blanco”.

Humberstone es uno de esos lugares que debería ser obligación como paseo de cualquier colegio del país. Esta ciudad abandonada es una inmersión en una historia que conjuga dos factores: la capacidad de adaptación de los humanos a un ambiente absolutamente hostil y una de las épocas con mayores injusticias laborales en la historia nacional en aras de la producción.

Aunque el promedio de visita es de unas tres horas, perfectamente se puede estar el día entero paseando entre antiguas zonas habitacionales o la plaza principal rodeada de un teatro, un hotel, una torre-reloj, la pulpería, esta última completamente remozada, y uno de los museos de la época salitrera más completos de Chile. Se puede visitar la antigua escuelita, montarse en un tren abandonado o caminar a ver el atardecer en la vecina Santa Laura.

Estar acá es un paseo entre preguntas que difícilmente tendrán respuestas, pero que se pueden imaginar. Historias que también se pueden leer en el museo de la refaccionada pulpería. La matanza de la Escuela Santa María en 1907 tiñó con sangre las calles de Iquique, cuando el Ejército chileno acabó con una gran huelga y mató -las cifras varían- entre 700 y 3.600 personas. Este trago amargo se puede pasar con los helados de mango que venden al costado de la plaza y que ayudan a capear el sol que castiga pieles en el desierto.

La Virgen del Carmen y el Niño Jesús resplandecen en el interior del templo de La Tirana, desde donde la imagen sale a ser venerada en las calles cada julio.

Pueblo dos: La Tirana

En los días en que la Virgen no sale a desfilar por el pueblo de La Tirana, enardecido y creyente, su imagen descansa dentro del gran templo. Ese es el epicentro de la vida del pueblo. A su alrededor, las calles sostienen los recuerdos de las festividades de julio, con bellos grafitis. Los bailes, las máscaras de diablo y la imagen de la patrona tatúan los muros como si la celebración estuviera detenida para siempre.

Hay que entrar al templo para encontrar consuelo frente al calor reinante. La estructura de esta iglesia, creada en 1886, es bien fresquita. Acá vive la “Reina de Chile”, una imagen sacra de María y Jesús cuando niño, que sorprende por su belleza tanto de los rasgos físicos, como vestimentas y coronas de plata que tienen en sus cabezas. La gente le reza con una fe evidente y, ante eso, es imposible no conmoverse.

Un enorme vitral en la entrada/salida del templo cuenta la historia de la fiesta mediante dibujos bellamente logrados. Cerca de ahí, un carrito vende mote con huesillo y el único restaurante abierto ofrece un menú con cazuela de entrada y porotos con mote, de segundo, por menos de tres mil pesos.

Pueblo tres: Matilla

La ruta que separa a La Tirana y Matilla está llena de árboles. Al menos los primeros kilómetros. Extraños árboles, los tamarugos, que son parte de la Reserva Nacional Pampa del Tamarugal. Pasan tan rápido que parecen espejismos, ya que todo vuelve a convertirse en un desierto desde el que se atisban las cimas de los Andes de Tarapacá.

Son 40 kilómetros hasta llegar a Matilla y acá comienza otro espejismo de la misma clase del Tamarugal, pero de más larga duración. Una selva verde rompe la monotonía ocre y comienza un enorme oasis. Anónimos agricultores con sus campos trabajados y llenos de brotes cercan la principal atracción de este pueblito: su iglesia.

Data de 1887 y posee un estilo neoclásico y detalles barrocos. Su interior -al igual que en La Tirana- ayuda a zafar del sol con una visita al arte sacro que adorna el edificio. En las afueras se puede visitar una gran y antigua prensa usada para apretar uvas y hacer vino. Vino del desierto.

El lagar de Matilla fue propiedad de los hermanos Medina, pioneros en producir mostos de las tierras más áridas del mundo y que funcionó hasta 1937. Hasta ese año la tradición marcaba que cada 13 de junio se hicieran descorches en honor al santo patrón de la iglesia, Antonio de Padua.

Como un espejismo, un viejo pórtico marca el inicio del oasis de Pica.

Pueblo cuatro: Pica

Solo cinco kilómetros más arriba, aparece el más afamado oasis del desierto atacameño. Pica tiene una historia de casi siete mil años de antigüedad. Siempre frecuentada por comunidades indígenas, fue también el sitio de paso de la primera expedición a Chile, efectuada por Diego de Almagro, el que se tomó un respiro en su recorrido buscando riquezas que nunca encontró.

Este vergel, alimentado por aguas subterráneas, ha llenado de árboles un terreno arenoso y siempre seco. Y los árboles han dado frutas que se producen solo acá: guayabas, mangos, limones, naranjas y maracuyás, que se ofrecen en los pequeños puestos que anteceden al sector de la Cocha Resbaladero. Hay jugos naturales y helados artesanales que, por unas monedas, aplacan la sed y permiten conocer el sabor de estos frutos.

Cocha, en quechua, significa laguna. Estas reservas de agua han acompañado a la comuna durante toda su historia: desde los tiempos incas, cuando fue territorio peruano, y en el paso final a ser parte de Chile. Las referencias a las mejoras en la salud física, tras un baño en sus aguas, vienen desde hace casi 500 años y su fama está lejos de extinguirse. Tras el pago de una entrada, y con modernos camarines, una piscina natural nace entre grandes rocas.

Luego de un rato, no se entiende bien cómo Pica no está en un lugar de privilegio en el turismo nortino. Podría ser una alternativa a San Pedro como entrada para conocer el desierto atacameño. Pica es más verde y más fresco, además de ser un excelente “campo base” para ir por otros puntos ignotos, más arriba hacia la cordillera, como el Salar de Huasco o villorrios como Cancosa o Lirima. La Región de Tarapacá es mucho más que Iquique.

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