Pequeños grandes vinos para brindar en estas fiestas

El syrah Tinta Tinto proviene de Casablanca, valle frío donde la regla son las cepas blancas. Foto: Darío Vargas.

Ad portas de las dos grandes celebraciones de fin de año, la cronista gastronómica Isidora Díaz recomienda dos vinos y un espumante de negocios familiares emergentes, producidos a pequeña escala, pero con un resultado gigante. Y lo mejor: aún hay tiempo para comprarlos.


Pareciera que en Chile todo está cambiando o, al menos, rejuveneciendo. En el mundo del vino, un número creciente de viñateras y viñateros independientes busca abrir sendas propias, ya sea recuperando los métodos de antaño o innovando en técnicas y cepas no convencionales. Una comunidad diversa e inquieta trabaja incansable por mantener vivo –y vibrante– el patrimonio vitivinícola nacional.

Tras cada una de tres botellas que siguen existe un esfuerzo constante –y familiar– por subsistir en una industria que privilegia lo masivo, muchas veces en desmedro de la originalidad de los productos. Las fiestas de fin de año son la excusa perfecta para hacerse de unos cuantos vinos con alma, probarlos con atención y, por supuesto, disfrutarlos a concho.

Aquelarre, de Viña Choapa: el espumante nortino

Generalmente, un brindis con espumante es protagonizado por la causa que nos hace chocar las copas, no por el brebaje en sí. Distinto ha sido el caso –al menos para quien escribe– con Aquelarre, espumante brut del Viña Choapa elaborado con tres cepas tradicionalmente pisqueras: moscatel de Alejandría, moscatel de Austria y Pedro Jiménez. Una bofetada de aromas alegres –chirimoya y azahar– incentivan a celebrar aún más, mientras que en boca una refrescante acidez instiga a rellenar la copa y a, derechamente, olvidarse del ponche a la romana.

La historia de esta viña familiar, compuesta por Gonzalo Gálvez, su hermano Roberto y su padre –también Gonzalo–, está marcada por un quiebre: en 2013 decidieron desmarcarse de las cooperativas pisqueras de la zona y reinventarse en el mundo del vino. Contrataron una asesoría enológica, construyeron su propia bodega y vinificaron su primera aventura: un blanco hecho con la cepa Pedro Jiménez. A los tres les encantó el resultado, pero no sabían si el vino estaba realmente rico o si eran solo ellos quienes lo encontraban así. Un experto internacional lo cató y les dio un auspicioso veredicto sobre lo que ya intuían; “ahí se nos prendió la ampolleta y nos entusiasmamos de verdad”, rememora Gonzalo hijo.

Luego de trabajar una línea de vinos sencillos y otra de mayor complejidad, en 2020 se tentaron con las burbujas e hicieron su primer Aquelarre. Fue de inmediato un éxito rotundo, al punto que este año se quedaron sin stock. La nueva añada, por suerte, ya está lista y por estos días ya están repartiendo para las fiestas “vueltos monos”, bromean.

Aclara Gonzalo hijo: “Aquelarre es la representación máxima de lo que puede ser el Norte y nuestro valle; es el mejor resumen del terroir del Choapa”. La novedad para el próximo año es una versión extra brut –más seco– y otra elaborada según el método champenoise, siempre producido y envasado en origen. “Eso es lo que nos importa: que la gente pueda probar un poco del Choapa en sus copas”. Como para brindar una y mil veces.

$8.000, seis botellas por $36.000 (en promoción de fin de año, con despacho gratis en la Región Metropolitana). Venta directa en www.viñachoapa.cl o en la distribuidora www.caletawines.cl

Homenaje a Nuestra Madre, de Viña Evangelina: herencia familiar

Si bien Viña Evangelina puede considerarse hoy un emprendimiento nuevo, es más bien una tradición familiar de larga data. Desde Coronel del Maule (cerca de Cauquenes) y junto a su familia y amigos, el abogado y activista medioambiental Juan Carlos Palma mantiene las prácticas viñateras heredadas de su abuela Evangelina y su madre Marta; esta última, ya fallecida, además fue una reconocida profesora de historia del Liceo 1 de Niñas de Santiago.

Juan Carlos es tan generoso en las historias de sus matriarcas como en los precios democráticos de sus botellas, que vende por cajas, sin intermediarios y con despacho a todo Chile: “Mi abuela Evangelina y mi madre nos enseñaron a compartir el vino y la comida como expresión de cariño y fraternidad”, cuenta orgulloso.

Una punta de ganso a la parrilla, un costillar a la chilena o un asado de cordero al horno maridan muy bien con este vino elaborado con un 70% de cepa país. Foto: Viña Evangelina.

Su botella insigne, Homenaje a Nuestra Madre, es una versátil mezcla de un 70% de cepa país de parras centenarias, con un 30% de cabernet sauvignon. Se trata de un tinto respetable, de acidez media y taninos marcados, que de alguna manera huele a salir al campo a recoger moras. Contra la tendencia actual de tintos más livianos y de acidez más marcada, esta botella refresca precisamente por ser una inconfundible versión del vino maulino de antaño.

Una punta de ganso a la parrilla, un costillar a la chilena o un asado de cordero al horno: todo aquello, además de funcionar como gran menú de Nochevieja, complementa muy bien a este tinto fornido. “Los sabores concentrados provienen de parras viejas sin riego y poca carga en racimos, y un mínimo de químicos”, cuenta Juan Carlos. Sin duda, también deben venir de la sabiduría del campo profundo, resguardada para las nuevas generaciones con infinito respeto y generosidad.

Caja de 6, $35.000, con despacho a todo Chile (sin costo en todo Santiago). Venta directa vía Whatsapp al +56 9 54003556.

Syrah, de Tinta Tinto: un vino que emociona

El Syrah de Tinta impacta de inmediato por su frescor, lo que justifica beberlo en pleno verano, a cualquier hora y más bien frío. Sí: hay que cuidar su temperatura, pues no hay tinto al que le venga bien la ola de calor que afecta gran parte del territorio en estos días. Unos 45 minutos en el refrigerador antes de beber y listo.

Roberto Carrancá es agrónomo especializado en enología. Luego de trabajar quince años para una gran viña del Valle de Casablanca, decidió reconectar –en familia, junto a Javiera Fuentes y sus dos hijas– con el arte de la uva y el vino, buscando una vida más simple y sustentable: “Nos dieron ganas de volver al origen”, admite.

En 2010 se instalaron en Algarrobo para dedicar, por fin, todo su tiempo a hacer vinos con la mínima intervención posible. Roberto y Javiera, casi a coro, cuentan de su motivación: “Es tan simple el proceso del vino; se puede hacer con nada. Así, fuimos despojándolo de todo: de barricas, de levaduras comerciales, de sulfitos, de todos los ataques que se le hacen a este producto… y no estamos en esta vereda porque sea taquilla, es porque el vino queda mejor así: básicamente el cuerpo agradece recibir un vino natural”, aclaran.

El syrah Tinta Tinto es la mitad de la producción de esta viña familiar y lejos lo que más venden. Proviene de un solo cuartel de uva de poco más de una hectárea en Casablanca –valle frío donde la regla son las cepas blancas–, lo que da como resultado “un vino único e irrepetible”, dice Roberto.

Cuenta Javiera, con entusiasmo, que se trata de un vino delicioso y “hambriento”, que dan ganas de seguir bebiendo. Y que además combina con todo: pastas, prietas, pato, porotos, picoteos, o solo, “porque no es cansador”. Pensando en el fin de año, también iría muy bien con lengua nogada, pulpo a la parrilla e incluso con pescados grasos.

Se trata de un tinto tan rebosante de cariño que incluso su etiqueta está pintada y escrita a mano por sus mismos creadores; como para regalar, o para un merecido autorregalo.

$10.000. Venta directa a través de su Instagram @tinta_tinto, al Whatsapp +56 9 90207884 o en www.caletawines.cl. El catálogo completo se puede ver en www.tintatinto.cl

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