Quinta Normal: la nueva cara del paseo santiaguino del verano

Sergio Contreras, uno de los locatarios de la Gruta de Lourdes en Quinta Normal. Fotos: Sergio López Isla.

Más seguridad y la casi desaparición del comercio ambulante destacan en uno de los principales pulmones verdes de la capital. Sin embargo, otra realidad vive su vecina, la basílica de Lourdes. Aquí, emprendedores de ambos espacios hablan del panorama actual, de dulce y agraz luego de la pandemia.


El Parque Quinta Normal está en la retina pública por estos días. No solo porque allí, en el frontis del Museo de Historia Natural, se realizó el viernes pasado el anuncio de quienes compondrán el gabinete del Presidente electo Gabriel Boric; también porque es uno de los panoramas ideales para visitar en Santiago durante el verano, ya que reúne naturaleza, una laguna artificial y una serie espacios para visitar, como el Museo Ferroviario y el Ciencia y Tecnología (aunque está actualmente cerrado).

Inaugurado en 1841 –es el primer parque público del país–, durante esta temporada cientos de visitantes diarios atraviesan su entrada, por calle Matucana 520. Su público es diverso: mientras los adolescentes buscan refugio debajo de algún árbol para disfrutar de una botella de agua o un helado, sobre todo entre la laguna y el museo de Historia Natural, la mayoría de los adultos que llegan con niños caminan con seguridad hacia el estanque de agua, donde es posible subirse a botes con pedales. Uno de los panoramas que quedan y se pueden disfrutar en las casi 35 hectáreas que tiene el parque.

Locatarios del lugar detallan que el comercio informal, típico del sector, se esfumó con la llegada de la pandemia. Antes era común ver muchos puestos con comida, artesanía y pinturas, entre otras actividades, como el arriendo de triciclos para niños. Ahora, dicen, no hay casi nada de eso ni siquiera en los fines de semana.

“El parque estuvo cerrado casi un año y medio y abrimos desde las vacaciones de invierno en adelante. Ahora ya no hay comercio informal, no dejan que se instalen acá. Antes se ponían con puestos grandes, venta de comida, papas fritas, de todo, pero con la pandemia y más control hicieron que se quedaran afuera”, comenta Miguel Ángel Cruz, trabajador de Autobotes. “Cuando se ponían acá quedaba la ‘embarrada’ igual, todos los fines de semana había al menos una pelea. Ahora no. Ahora hay uno que otro vendedor ambulante, pero chico”, agrega.

Aun así, la temporada estival ha sido positiva para el limitado comercio del sector.

Bajo el sol brillante y unas pocas nubes que adornan el cielo, unos doce botes se mueven sobre el agua de la laguna. Un número que varía con el correr de las horas, pero que nunca llega a cero. La docena de niños arriba de las pequeñas embarcaciones aprovechan de disfrutar y alimentar a los patos en los 20 minutos que dura el paseo por $7 mil.

“En el verano ha venido mucha gente. Que los niños estén de vacaciones influye harto, siempre, las ventas aumentan gracias a la gran cantidad de personas en el parque. Los fines de semana esto se repleta, acá se hace una fila larga para subirse a los botecitos. En la semana, si bien no es lo mismo, llega más gente que en otras épocas”, dice Cruz.

Un paseo de 20 minutos en los autobotes vale $7 mil.

“El covid nos preocupa un poco. Esperamos que no se cierre el parque, porque es una fuente de ingreso importante, se mueve harto”, complementa Paula, trabajadora de la cafetería que se encuentra al interior de este espacio, donde se pueden comprar aguas, bebidas, snacks y completos italianos. Pero también destaca un aspecto positivo. Dice que las jornadas en la Quinta Normal son muy tranquilas, los guardias hacen rondas seguidas y, afortunadamente, no han sido víctimas de ningún delito. “La gente que trabajaba antes en la cafetería nos dijo que en las noches los habían asaltado unas dos o tres veces. Ahora hemos podido cerrar más tarde, porque la seguridad se ha mantenido bien, las cosas quedan seguras”, relata.

La gente que llega hasta el parque se concentra en torno a estos comercios. Se ve movimiento de guardias, gente almorzando en el pasto, niños rodeando la pileta y uno que otro atrevido que se sienta en una orilla y sumerge los pies en el agua.

Hacia el poniente, donde hay más praderas, hay apenas un puñado de adolescentes jugando en una multicancha de cemento y más al fondo algunas parejas. Para ese lado el flujo es mucho menor, y a simple vista se nota un poco descuidado: menos sectores con pasto y otros con un poco de basura. Quienes trabajan en el parque revelan que no hay jardineros como antes y que en la semana llegan unos cuatro a hacer aseo.

Pero hay más variedad fuera de la frontera de la Quinta.

Gruta de Lourdes: el otro lado de la moneda

Uno de los lugares emblemáticos que suelen (o solían) visitar quienes van al Parque Quinta Normal es la basílica de Lourdes. Si bien es cierto sigue teniendo un alto flujo de personas durante el fin de semana, los locatarios reconocen que el público ha disminuido con los años. La concurrencia es mayor en verano, pero no se compara, por ejemplo, con lo que sucede cuando hay festividades religiosas. Hoy, por ejemplo, una veintena de personas pasan mirando las figuras religiosas, las velas, las medallas, crucifijos y llaveros. Son las mismas que entran al santuario y salen después de unos diez minutos. La excepción es cuando hay una misa en el santuario y pueden reunirse unos treinta feligreses.

“No me ha ido mal en estos días. Venimos de una crisis en la iglesia, de un estallido social y de una pandemia”, dice de entrada Sergio Contreras, locatario que ofrece productos religiosos. “Antes andaba más gente acá en estas fechas, se veía más fluidez económica. Acá el fin de semana es el fuerte, porque en marzo cambia drásticamente el panorama. Hay fechas en donde a nosotros nos va bien, es un negocio que tiene altos y bajos”, agrega.

Esmeralda Ortega, quien trabaja en el casino El Peregrino, al costado de la basílica, comenta que en enero, durante la semana, ha estado más lento en comparación a otras temporadas. Allí se ofrecen almuerzos y helados de máquina. “En febrero se hace mucho más concurrido, porque mucha gente ya está de vuelta de las vacaciones y acá el 11 de febrero se celebra a la Virgen de Lourdes, entonces se congregan muchas más personas”, indica.

"Dos veces nos han robado aquí, y eso que estamos rodeados de cámaras, sensores de movimiento. Falta seguridad", dice Esmeralda Ortega, del restaurante El Peregrino.

A diferencia de la realidad del interior del parque, la seguridad sí se ha transformado en un problema. “Dos veces nos han robado aquí, y eso que estamos rodeados de cámaras, sensores de movimiento, a gente la han asaltado por acá cerca. Falta seguridad”, advierte Esmeralda Ortega.

Sergio Contreras, por su parte, detalla. “Acá la gente de edad tiene miedo a cerrar muy tarde por lo mismo. Han intentado robar a varios negocios en los últimos seis meses. Nos hemos puesto de acuerdo para tratar de combatirlo, con cámaras de seguridad, pero son cosas parche. No hay guardias, no hay carabineros, no viene más seguridad ciudadana que antes sí veían desde la municipalidad. Yo trato de protegerme por mi cuenta, con rejas, doble candado, pero no soy una persona de mucha economía para invertir en seguridad, yo trato de invertir en mercadería”.

El paseo de Gruta de Lourdes ha disminuido su flujo de visitas en los últimos años.

“No tengo mucha esperanza, esto va a ir muriendo. Me hice cargo hace 10 años aquí, cuando lo recibí de mi papá, el negocio creció y me ha ido bien, pero siento que puede empeorar. Tratamos de que se proteja más al sector, incluso van a construir una torre gigante acá al lado y estamos tratando de que se frene, o que sea algo mucho más acotado; queremos defender el patrimonio del barrio”, reflexiona Contreras entre medio de crucifijos, rosarios e imágenes de Cristo.

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