Tener un G.A.S.




Se equivoca, de escatológico este texto no tiene nada. El título hace referencia a un término que descubrí la semana pasada aunque en realidad, todo comenzó dos años atrás cuando mi hijo mayor, como regalo de cumpleaños, pidió tomar clases de bajo y con el miedo que encierra todo padre a que su crío se aburra a las tres semanas y te diga que ahora quiere tocar el clavicordio, le compramos el combo más barato que encontramos: la reencarnación de una tabla para cortar carne con cuatro cuerdas que trasteaban como trompe junto a un amplificador que, estoy seguro, también es la residencia de un grillo gourmet porque cada vez que encendemos el parlantito comienza a freír un huevo, pero el aspirante a John Entwistle lo agradeció y hasta el día de hoy no ha dejado de ensayar. Tantos callos en sus dedos fueron suficientes medallas al mérito, así que decidimos comprarle otro, uno que al menos sonara como bajo.

Como de instrumentos musicales conozco tanto como de física cuántica, me asesoré con un compañero de pega que en su pausa comercial se convierte en rey del slap. Sin dudarlo, me recomendó un sitio en internet donde muchos músicos chilenos venden orquestas completas de segunda mano y así, comencé a navegar en un mar de anuncios, remates y ofertones.

Lo primero que llamó mi atención fue que varios vendedores repetían la frase "debido a un gas, vendo mi…" y como tengo claro que el rock no necesariamente produce meteorismos, supuse que la sigla era una abreviación de "gasto". Imaginé que los tipos necesitaban la plata para cancelar una matrícula o los innumerables partes recibidos por ruidos molestos, pero cuando encontré el bajo que quería y me alcanzaba (también vendido por culpa de un gas), el mismo colega me explicó que la abreviatura eran las iniciales de "Gear acquisition Syndrome" o en criollo "Síndrome de adquisición de equipos", aunque hay quienes atribuyen la G a "guitar" ya que, al parecer, esta especie de trastorno obsesivo-compulsivo que descubrieron en la cuna del Tío Sam y el mórbido consumo, se reproduce como conejitos entre los guitarristas (conozco el caso de un tipo que tiene doce guitarras eléctricas, cada una bordeando el millón de pesos y con suerte se sabe los acordes de la Bamba).

Leyendo por ahí y googleando por allá, comprobé que esta dolencia se manifiesta como una ansiedad ponzoñosa cuando el aquejado descubre el chiche con el que siempre soñó y su sesera se vuelve monotemática, desvelándose para calcular de dónde sacar las lucas y el chanchito tiembla, la línea de crédito sonríe y el ejecutivo del banco aplaude,  porque la pesadilla sólo termina cuando el deseo se convierte en realidad.

Alguien escribió que el proceso de esta enfermedad es similar a la malaria, ya que la fiebre por tener más siempre volverá y el que compró un palo de golf, pronto descubrirá que apareció otro, de un material con el que fabrican los cohetes de la Nasa y por la promesa de bajar el hándicap, no les temblará el swing para gastarse un par de sueldos mínimos en un hierro 3.

No hay pasatiempo que esté libre del dichoso G.A.S. Muchos adictos a la fotografía también se desenfocan (un conocido de muy buen pasar, con el pudor de gastar millones en un lente, tapa la marca y el modelo con una huincha adhesiva de negra vergüenza); el que colecciona historietas volará sin capa en busca del número que le falta de Los gemelos fantásticos (nunca entendí por qué, si tenía súper poderes, el chico siempre se convertía en… ¡cubo de agua!) y el amante de los trencitos a escala puede llegar a tener tantos vagones como el tren instantáneo de Nicanor Parra.

Hoy, comprar, vender y rematar es mucho más fácil por la globalización digital y desde tu celular puedes conseguir por cuatro chauchas lo que nuevo cuesta el doble, entonces, la enfermedad toma cara de oportunidad. Lo único bueno de este síndrome es que rompe el paradigma de pantalón largo y bigote, ese que dice que las mujeres son mucho más consumistas que los hombres porque, obvio, ellas son capaces de gastar en un día medio millón en zapatos, vestidos, cremas, perfumes, manicure y peluquería, pero los hombres, pueden pagar tres veces más en un solo clic. El consumo macho es menos disperso, pero en ningún caso más económico.

Lamentablemente, no existe agüita de menta ni té de anís para eliminar estos gases y las marcas lo tienen muy claro. El único paliativo que encontré es lo que llaman G.I.G.O. (guitar in, guitar out) es decir, cada vez que compras algo nuevo debes vender uno viejo. Así, este mal de Diógenes VIP se mantiene a raya sin tener que quitarles el dormitorio a tus hijos para acumular tus cachivaches. Y a propósito de críos: a mi Vicente le encantó su nuevo bajo porque sí, suena como bajo y ya no necesita nada más, pero lo reconozco, en la misma página donde compré su Squier, hay un ampli que me está cerrando un ojito.T

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