Con altura de niñez: el desafío de pensar el espacio público para niñas y niños
El espacio público -las calles, los barrios, los parques- es uno de los primeros lugares donde niñas y niños ejercen autonomía, juego y vida comunitaria. Sin embargo, en Chile su uso está marcado por desigualdad territorial, violencia barrial y falta de infraestructura adecuada. Hoy solo el 42% de las niñas y niños va al menos una vez a la semana a una plaza, mientras que el 47% vive en barrios con violencia crítica.
Durante las tardes de enero, en los parques más grandes del país, el juego parece ser un lenguaje que no necesita explicaciones. Se ven llenos de niñas y niños corriendo, turnándose para usar los columpios, bajando uno tras otro por el resbalín y persiguiendo pelotas por el pasto. Incluso quienes nunca se habían visto, durante ese momento, se vuelven amigos. Aquí, el espacio público cumple su cometido: ser un lugar de encuentro.
Sin embargo, esa experiencia no está al alcance de todos. En Chile, el espacio público es uno de los primeros lugares donde niñas y niños ejercen autonomía, juego y vida comunitaria. Hoy, su uso depende del barrio, de las condiciones de seguridad y de cuánto ese espacio esté pensado para ser habitado por la niñez.
El juego y la actividad al aire libre siguen siendo parte de la rutina de niñas y niños en Chile, aunque de manera acotada. Según la Encuesta de Vulnerabilidad Escolar JUNAEB 2023, solo el 42% de las niñas y niños en Chile asiste al menos una vez por semana a una plaza o parque y solo 1 de cada 3 juega semanalmente con otras niñas y niños de su barrio.
Observatorio Niñez Colunga, centro dedicado a recopilar y sistematizar data sobre infancias en Chile, advierten que esta cifra no refleja solo hábitos de juego, sino desigualdades territoriales. El espacio público sigue siendo fundamental para el desarrollo de la niñez, pero su acceso no está garantizado de manera equitativa. “El juego y el encuentro fuera del hogar son claves para el bienestar de niñas y niños, pero dependen en gran medida del entorno en el que viven y de las condiciones que ese territorio ofrece”, explica Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga.
La cercanía, el estado de los espacios y la percepción de seguridad influyen directamente en que niñas y niños puedan usarlos con regularidad. En ese sentido, el desafío no es solo aumentar la cantidad de plazas o parques, sino asegurar condiciones reales para que el espacio público sea efectivamente habitable para la niñez, especialmente en los barrios con mayores brechas.
Matías Prado, director social de la fundación Fútbol Más, subraya el valor del espacio público más allá del juego. “Lo público es el lugar donde nos encontramos, donde interactuamos y donde aprendemos a convivir. Para la niñez, el espacio público es uno de los primeros lugares donde se ponen en juego aprendizajes clave: cómo relacionarse con otros, cómo resolver conflictos, cómo compartir”, explica. Cuando ese espacio está disponible y es habitable, se transforma en un escenario cotidiano de aprendizaje social y comunitario.
Las condiciones que limitan
Si el espacio público es relevante para el desarrollo de niñas y niños, ¿por qué su uso es tan limitado? La respuesta no está en la falta de interés por jugar, sino en las condiciones estructurales y sociales que restringen la vida cotidiana en los barrios.
Cristián Robertson, director ejecutivo de ARDEU –oficina independiente de urbanismo y gestión territorial con la niñez como foco transversal–, explica que muchas de estas barreras tienen su origen en la planificación barrial. “Las ciudades están pensadas por y para adultos hombres sanos y autovalentes. Eso tiene implicancias directas en la infancia: cruces peatonales imposibles, veredas estrechas, tiempos que no consideran sus cuerpos ni sus ritmos”, señala. El diseño urbano suele invisibilizar la experiencia infantil y volver poco amables los trayectos cotidianos.
A estas limitaciones se suma una distribución desigual del acceso a áreas verdes. Según la Encuesta CASEN 2022, un 12% de las niñas y niños en Chile no tiene acceso a áreas verdes a menos de 2,5 kilómetros de su hogar, lo que equivale a más de 530 mil niños y niñas. En esos contextos, el espacio público disponible es escaso o distante, lo que reduce las oportunidades de juego y encuentro.
El contexto de inseguridad refuerza estas restricciones. El 47% de niñas y niños vive en barrios con violencia crítica, y la presencia de balaceras en el entorno aumentó del 35% en 2015 al 43% en 2022. Frente a ese escenario, las familias tienden a replegarse hacia el interior de sus hogares. “Eso genera muros, rejas y calles vacías, lo que termina profundizando la percepción de inseguridad y expulsando aún más a la infancia del espacio público”, advierte Robertson.
Desde Fundación Fútbol Más coinciden en que esta combinación de diseño urbano, desigualdad territorial y percepción de inseguridad tiene efectos concretos en la autonomía infantil. “Hoy existe una alta tasa de desuso del espacio público por parte de la niñez, y no porque no quieran salir, sino por percepciones de inseguridad que limitan su autonomía y su derecho a jugar en el barrio”, señala Prado.
Cuando el espacio público se cuida
Que el espacio público sea poco usado por niñas y niños no es una condición fija ni inevitable. La evidencia muestra que, cuando estos espacios se activan y se sostienen en el tiempo, su significado, su uso y su impacto cambian.
Desde Fundación Fútbol Más, que trabaja en barrios de distintas regiones del país, explican que la transformación del espacio público no siempre pasa por grandes intervenciones físicas. “Nosotros no llegamos a cambiar la infraestructura del barrio. Nos insertamos en la cancha que ya existe y la transformamos en un espacio protegido, no desde lo físico, sino desde el vínculo, la presencia adulta y la comunidad”, señala Perrine Mardiné, directora de Laboratorio e Innovación de la fundación. En ese contexto, la cancha deja de ser solo un lugar de paso y se convierte en un espacio donde niñas y niños pueden jugar con mayor continuidad y confianza.
Los resultados de ese trabajo muestran cambios concretos en la percepción y el bienestar de la niñez. Según datos de la fundación, la proporción de niñas y niños que considera la cancha como un lugar tranquilo aumenta de 69% a 78%, mientras que el sentido de pertenencia al barrio sube de 56% a 73%. Además, un 50% alcanza niveles óptimos de salud mental, con mejoras en regulación emocional y autoconcepto, doce puntos más que al inicio del programa.
Estos efectos están directamente vinculados a la experiencia del juego. “El juego permite que los aprendizajes se pongan en práctica de manera inmediata. En él aparecen la frustración, la alegría y el trabajo en equipo. Es un aprendizaje vivencial que impacta directamente en la regulación emocional, la salud mental y el autoconcepto de niñas y niños”, explica Matías Prado, director social de Fútbol Más. De este modo, el espacio público deja de ser solo un escenario físico y se transforma en un entorno de cuidado y desarrollo.
Desde el Observatorio Niñez Colunga, la directora Paloma del Villar refuerza que estos efectos no son casuales. “El espacio público no es neutro para la niñez. Puede ser un factor de riesgo o un factor protector, dependiendo de cómo se diseñe, se use y se cuide. Cuando existen condiciones de seguridad, presencia adulta y continuidad en el uso, se generan impactos positivos en el bienestar, la salud mental y el sentido de pertenencia de niñas y niños”, señala.
Este cambio de enfoque obliga a ampliar la mirada sobre qué entendemos por espacio público para niñas y niños. Las experiencias territoriales muestran que, además de activar plazas o canchas puntuales, es necesario observar el entorno cotidiano en su conjunto. “El espacio público relevante para la infancia muchas veces está en el trayecto entre la casa y el jardín, en la vereda, en la calle del barrio, que hoy no está concebida como un espacio para ellas y ellos si bien inciden directamente en su bienestar”, explica Cristián Robertson, director ejecutivo de ARDEU.
Microtopografía: la ciudad desde la perspectiva de la niñez
Mirar el espacio público desde la perspectiva de las niñas y niños implica cambiar la escala y el punto de vista. No se trata solo de sumar metros cuadrados de áreas verdes, sino de observar cómo niñas y niños usan, o dejan de usar, los espacios que forman parte de su vida cotidiana.
“Cuando miramos la ciudad desde la escala de la niñez, aparece la microtopografía: lo sensorial, lo táctil, la textura del suelo. Esa experiencia está completamente ausente del diseño urbano tradicional”, señala Robertson. Para niñas y niños, el espacio no se recorre solo para llegar a destino, sino que se explora, se juega y se habita, y esa experiencia cotidiana tiene efectos concretos. “El trayecto influye. Un niño que llega estresado por un recorrido hostil queda predispuesto negativamente para el resto de su jornada”, agrega.
Calles con veredas estrechas, cruces largos o entornos percibidos como inseguros no solo dificultan el desplazamiento, sino que limitan la autonomía y la posibilidad de apropiarse del espacio público.
Por otro lado, pensar el espacio público desde la niñez también implica preguntarse quiénes lo usan y cómo lo hacen. “Trabajamos el espacio público como un lugar más equilibrado en el diálogo comunitario, más democrático en su participación y que sea un lugar seguro a nivel de vínculo con la comunidad. Eso implica abordar brechas de género y asegurar que niñas y niños se sientan parte”, señala Mardiné.
Este enfoque permite entender el espacio público también como un espacio de cuidado. No solo porque allí se juega, sino porque en él se construyen relaciones, se establecen límites y se genera protección. La presencia de adultos, la continuidad en el uso y la corresponsabilidad comunitaria son elementos que transforman el espacio público en un entorno que cuida, incluso sin proponérselo explícitamente.
La presencia activa de niñas en espacios tradicionalmente masculinizados, como las canchas, y la continuidad en el uso son factores clave para que el espacio público se convierta en un lugar de encuentro y no de exclusión. Y, para ello, las y los expertos enfatizan que en esto se requiere pasar de hacer intervenciones aisladas a tener una mirada integral.
El espacio público como responsabilidad compartida
El acceso al espacio público no es un privilegio ni una actividad recreativa secundaria. Para niñas y niños, es una condición básica para el desarrollo, la autonomía y el bienestar. Sin embargo, en Chile, ese acceso sigue dependiendo del barrio en el que se crece y de cuánto cuidado colectivo se esté dispuesto a sostener.
Desde Fundación Fútbol Más enfatizan que el uso del espacio público involucra una responsabilidad que va más allá de la familia. “Mi responsabilidad no es solo cuidar a mi hija o hijo, sino a todos los niños y niñas del barrio. El espacio público es un lugar donde nos hacemos cargo colectivamente del bienestar de la niñez”, dice Mardiné. Cuando ese cuidado se ejerce de manera compartida, las plazas, calles y canchas se llenan de vida; cuando se diluye, la infancia es la primera en desaparecer del espacio común.
Esa falta de cuidado no es neutra. “El espacio público es una dimensión clave del entorno en el que crecen niñas y niños. Cuando es inseguro, inaccesible o inexistente, se transforman las trayectorias de vida y se profundizan las desigualdades desde la infancia”, señala Del Villar de Observatorio Niñez Colunga. Las condiciones del entorno, advierte, inciden desde temprano en las oportunidades y experiencias que marcan el desarrollo infantil.
Asumir esa dimensión estructural implica también pensar en escala y continuidad. “Necesitamos dejar atrás los pilotos pequeños y pensar en escala: barrio, comuna, ciudad. El espacio público debe entenderse como una condición básica de bienestar y cuidado para la niñez”, insiste Robertson.
Porque el espacio público no solo se transita. Se habita, se cuida y se construye entre todos. Y en esa tarea, la forma en que una ciudad integra a sus niñas y niños sigue siendo una de las señales más claras de su compromiso con el bienestar presente, y no solo con el futuro.
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