Las dos Glorias

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Dos películas que son básicamente iguales, dirigidas por el mismo director, que cuentan la misma historia y donde la nueva se supone un remake de la anterior, no pueden ser más distintas. La chilena es el grito de una mujer que a su modo está pidiendo auxilio. La gringa a su modo es la declaración de una mujer que está dispuesta a darlo.


Terminada la proyección de Gloria Bell, el nuevo largometraje de Sebastián Lelio y pasaporte definitivo de su ingreso a la industria fílmica mundial, el cinéfilo no sabe si atribuir el desconcierto a que no es lo mismo contar aquí que en Estados Unidos la historia de esta mujer separada, con hijos grandes, que anda al tres y al cuatro, que está animada por inmensas ganas de gozar y que vive una experiencia sentimental fallida. La protagonista de ambas cintas es de esas mujeres maduras que no encuentran ninguna razón atendible para bajar la cortina ni del amor ni del sexo ni de la aventura. Pero, claro, ni Los Angeles es Santiago ni Julianne Moore es Paulina García. Lo que allá se ve como aplomo y autoconfianza, acá se veía como fragilidad y franca compulsión por encontrar a alguien, una pareja, básicamente, asumiendo -por supuesto- que la vida de a dos es más bancable, entretenida o llevadera.

La Gloria de Paulina García era picarona, gozadora y compulsiva. La de Julianne Moore solo es sonriente, encantadora, guapísima y segura de sí; prácticamente no conoce la fragilidad ni mucho menos la derrota. Así las cosas, dos películas que son básicamente iguales, dirigidas por el mismo director, que cuentan la misma historia y donde la nueva se supone un remake de la anterior, no pueden ser más distintas. La chilena es el grito de una mujer que a su modo está pidiendo auxilio. La gringa a su modo es la declaración de una mujer que está dispuesta a darlo.

Hay otra dimensión que hizo a la película chilena bastante más dramática. Concierne a la erótica de la protagonista a una edad en que, según los prejuicios y la estupidez imperante entre nosotros, debería estar no buscando amantes sino tejiéndole botines a los nietos. Con todo lo puritana que la sociedad estadounidense pueda ser, esa construcción mental allá no dura ni 30 segundos, básicamente porque las mujeres son más autónomas, han cortado con las trampas de la dependencia y el tema de la pareja posiblemente está menos mistificado a nivel colectivo.

Ese factor, desde luego, establece muchas diferencias. Lo que Julianne Moore vive como fracaso, con ira y con sentimientos de recriminación por cierto, ante un macho desvanecido, pusilánime y sin carácter, la Gloria chilena lo vivía como humillación. Porque, claro, su odisea tenía contornos un tanto degradantes. La de la gringa no. Quien verdaderamente queda mal es él, el amante, no ella, que va a volver a las pistas y que con su figura espléndida va a volver a iluminar la noche de Los Angeles. Su compatriota chilena volvía también a las pistas, pero no nos saquemos la suerte entre gitanos: volvía más lastimada.

Gloria Bell se deja ver con fluidez y es una película que funciona. Pero no del mismo modo que funcionó Gloria. Abusa quizás un poco de las elipsis, esos saltos de continuidad de tiempo o de espacio que no hacen perder el hilo de la narración, pero sí la despojan de tiempos muertos y circunstancias anexas. Tal vez esta película se pasó de lista en términos de economía narrativa; después de todo, a menudo las verdades más profundas del cine se juegan precisamente en esos planos que agregan poco y sin embargo dicen mucho. Son los que aquí se echan de menos porque falta más vida cotidiana y más ambiente.

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