Un americano impasible

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Porque es justicia y no cortesía decir que Peter Fonda tuvo mucho más carrera actoral, antes y después de su historiado encuentro con Dennis Hopper: que supo componer personajes para Robert Rossen, John Carpenter, Steven Soderbergh y varios más, y que fue el director de un neowestern de aquellos (The hired hand, 1971).


En los primeros minutos de la entrañable El oro de Ulises (1997) se ve a Peter Fonda llegando a dejar a un chiquilín en su camioneta. Este último, al despedirse, lo llama gramps [tata]. Y el personaje de Fonda, un apicultor, está entre ofendido y sorprendido, aunque es el abuelo del niño, porque hay palabras más respetuosas que gramps. Y acaso se sorprendieron los espectadores que estaban pensando en Fonda -aún- como el rebelde forajido, el Capitán América en su Harley Davidson. El caso es que imágenes son imágenes, y esta se entrelazó con la historia como pocas: cintas de motoqueros hubo en cantidades antes de Busco mi destino y el propio Fonda anduvo por ahí. Pero un retablo tan impregnado de su tiempo y tan definitorio de lo que vendría, no podía menos que marcarse a fuego en su coprotagonista.

Porque es justicia y no cortesía decir que Peter Fonda tuvo mucho más carrera actoral, antes y después de su historiado encuentro con Dennis Hopper: que supo componer personajes para Robert Rossen, John Carpenter, Steven Soderbergh y varios más, y que fue el director de un neowestern de aquellos (The hired hand, 1971). Su rictus impasible recordó al de Henry, el padre que se ganó todos los premios y los aplausos, aunque a él no se le consideró un actor de esa laya: optó, por lo demás, y a diferencia del padre, por una carrera independiente. Tampoco tuvo la presencia ni el influjo de su hermana Jane, pero no da la idea de que haya vivido a la sombra de la familia. Por el contrario, contribuyó a la nombradía de los Fonda al apoyar la carrera de su hija Bridget.

Quizá estaríamos en otra cosa si en 1970 Peter Fonda no hubiese rechazado el rol protagónico en Love story. Pero quizá no habríamos tenido al apicultor memorable de El oro de Ulises. El Capitán América, eso sí, no lo despintaba nadie.

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