Por qué Game of Thrones merece ganar el Emmy

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Ninguna de las otras siete series nominadas a Mejor Drama están a la altura de su última y épica temporada, que dejó infelices a muchos fans, pero que fue fiel hasta el final en su ADN de sorprender.


El final de Game of Thrones (GOT) fue redondo. A su modo, brillante. Luego de ocho temporadas, la serie más exitosa de la última década cerró una historia compleja y aparentemente imposible de cerrar –que ni George R.R. Martin ha podido realizar en sus libros-, dándole un cierre agridulce a sus personajes, muy fiel a cómo fue la ficción desde que partió.

Nominada a 32 premios Emmy, esta noche es la favorita para llevarse la estatuilla más importante de la ceremonia –la de Mejor Drama- porque las otras siete competidoras en esa categoría no están a la altura de todo lo que fue la temporada ocho de GOT ni tampoco de los alcances que logró para la cultura televisiva. A excepción de Better call Saul, que a estas alturas roza la perfección de Breaking bad, pero que no tiene opciones reales porque no es del gusto de la Academia y Succession, otra serie espléndida, pero que debería ganar el próximo año por su gran segunda temporada, mejor que el ciclo por el que está compitiendo ahora.

¿El resto? Cuesta comprender que una serie tan pobre como Pose forme parte de las ocho mejores del año, pero cada trabajo políticamente correcto de Ryan Murphy es recibido en Estados Unidos como si creara una nueva Mona Lisa, cuando francamente solo es una suma de clichés y frases relamidas; Ozark tiene una estética fenomenal y a Laura Linney (lo que siempre es bueno), pero su historia es árida, sus personajes se han vuelto poco creíbles y su calidad ha ido a la baja; Killing Eve tuvo un primer ciclo extraordinario, pero su segunda entrega estuvo muy por debajo de lo esperado y queda la sensación que las ideas se agotaron rápido; Bodyguard es una serie entretenida y bien resuelta, pero su nominación ya es un premio suficiente para ella; This is us es la telenovela favorita de los estadounidenses, pero su historia se ha estirado tan ridículamente que también su postulación parece un premio exagerado para una ficción tan limitada.

Muy probablemente en cinco años más nadie va a recordar ninguna de las siete series anteriormente descritas. Sí se seguirá hablando de la temporada final de Game of thrones, que optó por no darle en el gusto a los fanáticos, como lo hizo desde el principio. ¿O alguien quedó feliz de que en la primera temporada mataran al protagonista y patriarca Stark? Fue un giro que dio luces de que se trataba de una serie donde no habría un final feliz, pese a que la trama jugaba diseñando en Daenerys y Jon una pareja posible para llegar al trono de hierro. La maldición de tener lazos sanguíneos y la ambición desatada de ella también eran sombras que llevaban a un desenlace terrible para ella y deseable para él, quien a lo largo de la historia siempre dejó en claro que no quería sentarse en el trono. Quizás lo más resistido del final haya sido que quien se sentara allí fuera Bran. Un personaje enigmático, el menos entrañable de los Stark, sin el carisma de sus hermanos, que terminó gobernando seis reinos –enfureciendo a los seguidores de la serie, que hasta pidieron mediante cartas que HBO reescribiera el final- y cerrando un círculo virtuoso, que partió con aquel empujón que le da Jaime Lanister en el primer capítulo. Quizás era el menos esperable de todos, pero en el ADN de la ficción, tiene mucho sentido que haya sido él.

Se podría hablar de la estupenda dirección artística de la temporada final, de la deslumbrante fotografía en las escenas de batalla, del manejo de tensión que hubo en casi todos los capítulos, de que cada episodio resultó una pequeña película, de las numerosas escenas emotivas que dio la entrega final y que la convierten en la más acertada ganadora del premio a Mejor Drama en los Emmy, pero hay que convenir que el triunfalismo ha hecho que la Academia se pase tres pueblos con el entusiasmo. Que Kit Harington esté nominado a mejor actor –compitiendo con Bob Odenkirk- parece un chiste, dado su limitadísimo registro actoral, y algo similar ocurre con Emilia Clarke compitiendo en el apartado de mejor actriz: en ella hay más carisma que dotes actorales, aunque haya tenido un par de escenas bien resueltas. Sí es merecido que Peter Dinklage, Nicolaj Coster-Waldau, Lena Headey, Sophie Turner y Maise Williams corran como actores secundarios y sería un acto de justicia que alguno de ellos termine ganando.

Los Emmy, como toda entrega de premios, son una combinación particular de lobby, éxito y calidad y no siempre se imponen los mejores. Como en los Oscar, la lista de grandes que nunca ganaron (The wire siempre será un ejemplo) es larguísima. Pero en esta edición, si Game of thrones termina arrasando será solo la Academia subiéndose a un icono pop que ya tiene asegurado el rótulo de clásico televisivo.

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