Una amena italiana

La italiana en Argel

La italiana en Argel

El regreso de la obra de Rossini al Municipal de Santiago, después de una década, fue afortunado. Pues reunió un elenco homogéneo, una dirección orquestal acertada, y una fina puesta en escena que redundó en una italiana placentera, sin desbordes.



Antes que todo, es necesario convenir que La italiana en Argel es una de las óperas más divertidas del repertorio rossiniano, de embrollos y situaciones hilarantes unidas a contagiosas melodías, a música ágil, brillante y cautivadora. Pero para que todo ello fluya y no se aletargue, se requiere que los astros se alineen y converjan sobre el escenario.

En ese sentido, el regreso de la obra de Rossini al Municipal de Santiago, después de una década, fue afortunado. Pues reunió un elenco homogéneo, una dirección orquestal acertada, y una fina puesta en escena que redundó en una italiana placentera, sin desbordes.

Porque quizás no fue hilarante a morir, la nueva y detallista propuesta derrochó buen gusto. Como regisseur, Rodrigo Navarrete, con gran manejo tanto de grupos como de solistas, inteligentemente concibió diversión sin excesos de comicidad; donde los caracteres fluyeron de manera natural, y, aunque el texto del libreto ya toca el tema feminista, empoderó aún más a su protagonista, Isabella.

Ayudaron también la refinada visión de Ramón López, quien vistió el escenario como un tejido exótico, con recovecos que proporcionaron un sentido voyerista dando cabida a pequeños focos de subrepticias y festivas miradas, y el atractivo vestuario de Monse Catalá, que, por un lado, transportó a esas lejanas tierras argelinas, y por otro, en algunos protagonistas, remontó a la usanza setentera (pantalones pata de elefante y largos cuellos de camisa, por ejemplo), al parecer como una forma de hacer hincapié en la liberación de la mujer que se venía gestando desde la década anterior.

Con una partitura que exige virtuosismo, habilidad y claridad, en la música y el canto, y pese a algunos pormenores, también se dio la uniformidad. En su quinta venida a Chile, el director José Miguel Pérez-Sierra volvió a lucir su animada batuta frente a la Filarmónica de Santiago. Tras una Obertura resentida por una falta de brillantez orquestal, su lectura posterior fue con mano firme, dinámica, con nítidos efectos colorísticos y de textura musical.

Como protagonista, la mezzo Victoria Yarovaya se impuso con personalidad, y con un material vocal importante donde relució su voz cálida, su seguro registro medio y facilidad de coloratura. El tenor ligero Anton Rositskiy (Lindoro), luego de un poco afortunado Languir per una bella, fue poco a poco asentándose con su agradable timbre, su fácil emisión y su aspecto juvenil. Pietro Spagnoli es un cantante de oficio innegable que suple todo con su dominio escénico y la minuciosidad en su canto convirtiendo en este caso a Mustafá en un delicioso personaje. Orhan Yildiz tomó el papel de Taddeo con aplomo y ligereza. Patricia Cifuentes (Elvira) destacó como la casi abandonada mujer de Mustafá y afloró en los concertantes. Muy bien Cecilia Pastawski (Zulma) y Patricio Sabaté (Haly), sólidos y de gran apoyo, así como también el coro masculino.

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