Parasite: Corea del Sur y la lucha de clases

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Parasite.

En un año de estrenos importantes, la última y premiada película de Bong Joon-ho —Parasite— ha sido destacada como una de las imprescindibles de 2019: la historia de una familia que se inventa una ficción para salir de la pobreza y termina invadiendo el mundo de los privilegiados, aunque no todo resulta como lo planificaron.



Viven en un departamento minúsculo cuyas ventanas están a la altura del suelo, de la calle; un departamento-subterráneo que podría inundarse con mucha facilidad si es que algún día una lluvia se descontrolara. Son una familia coreana, los Kim: una madre, un padre y dos hijos jóvenes, inteligentes, brillantes se podría decir, pero la vida sin privilegios que les tocó —la clase social en la que nacieron— no les ha permitido demostrar ese talento, esa brillantez.

Hasta que el azar los pone en el lugar indicado y ellos no lo desaprovechan. Es aquí donde el mundo de los que nacieron sin privilegios se va a cruzar con el de los privilegiados y, entonces, todo eso va a colisionar y de aquella explosión va a surgir Parasite, el séptimo largometraje del surcoreano Bong Joon-ho y uno de los filmes más celebrados de este 2019: ganó la Palma de Oro en Cannes, fue elegida como la mejor película del año por las asociaciones de críticos de Los Ángeles y Chicago, se convirtió en un éxito de taquilla en Estados Unidos, está nominada a los Globos de Oro como Mejor película, Mejor director y Mejor película extranjera, y seguramente competirá por el Oscar a Mejor Película Internacional.

Una película sobre la lucha de clases convertida en un éxito mundial.

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Bong Joon-ho no venía bien.

En 2017 estrenó Okja, una película producida por Netflix, que fue algo irreconocible. Una fantasía animalista que era cualquier cosa menos una película de Bong Joon-ho, ese director surcoreano que había empezado a llamar la atención con la durísima Memories of Murder, (2003), que sorprendió a todos con The Host (2006), que deslumbró con Mother (2009) y que se aventuró en un proyecto más masivo con Snowpiercer (2013). Hasta ahí todo había funcionado, pero entonces vino Okja, que compitió por la Palma de Oro en Cannes y fue abucheada en el festival —por ser de Netflix, es decir, por no estrenarse en salas de cine, pero también porque no estaba a la altura de lo que venía haciendo Bong Joon-ho.

Dos años después, sin embargo, esos abucheos se convertirían en aplausos desbordados por Parasite, que sería premiada en el festival y que a partir de ahí comenzaría a recorrer un camino lleno de elogios y entusiasmo.

Y se entiende.

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Los Kim viven de lo que pueden, son pobres pero se las ingenian, aunque con eso no es suficiente. En una sociedad como la surcoreana —y como tantas otras—, las clases sociales lo determinan todo, por lo que no hay forma de surgir realmente. La meritocracia no existe, es una ficción, allá, acá, da igual, y eso los Kim lo saben. No dramatizan. Bong Joon-ho los muestra en los primeros minutos de Parasite como una familia que se desenvuelve con dignidad, a pesar de que eso nunca es suficiente. Los filma con una distancia que permite que el humor tenga un lugar importante en la historia, una levedad que tiene sentido con el tono realista de la película en esos primeros minutos. Pero luego cambiarán las cosas: ese realismo dará paso a una historia que a ratos será un thriller y después una película de terror y luego algo inesperado.

Un amigo del hijo de los Kim le pedirá que lo reemplace en unas clases de inglés que le imparte a una adolescente de una familia adinerada: los Park. Será la forma de que las familias —y estos mundos absolutamente distantes— entren en contacto. El joven y repentino profesor de inglés será el primero de los Kim en entrar a la lujosa casa de los Park. Luego será el turno de su hermana, que se disfrazará de profesora de arte, luego su padre convertido en chofer y finalmente su madre, como la ama de casa —después de hacer despedir a la empleada que llevaba años en ese puesto—.

En unas semanas los Kim invaden la vida y el mundo de los Park sin que estos se enteren de que todos ellos se conocen y son una familia.

Los invasores tienen talento, calle, inteligencia y ambición. En muy poco tiempo han abandonado esos días de pobreza y ahora cada uno tiene un sueldo que les permite vivir como nunca antes lo habían hecho. Bong Joon-ho filma con alegría este tránsito, este triunfo de la clase trabajadora que de pronto se ve viviendo, por momentos, en una casa llena de lujos y privilegios. Pero las clases son las clases, y entonces la alegría de esta ficción que han construido se terminará convirtiendo en una pesadilla. Porque ocurre algo inesperado, que no vale la pena develar en este texto, pero que arruinará todo ese sueño del que no quieren despertar los Kim.

Después de una noche en que se desata una lluvia descomunal, una noche en que los Park han partido de viaje y los Kim han invadido la casa, entonces Parasite se convierte en una película de terror y ya el drama y el realismo de los primeros minutos parece algo lejano, de otro mundo.

La primera vez que uno ve Parasite, el discurso de clase y de la pobreza y de la riqueza y de estas familias tan disímiles se despliega con eficacia mientras vamos desentrañando una historia que se oscurece y que luego se vuelve delirante.

La segunda vez que uno ve Parasite, sin embargo, ese discurso de clase se vuelve demasiado evidente y, por lo tanto, a ratos, inofensivo.

Es cierto: esta no es una película de sutilezas, no trabaja en esos códigos, el clímax delirante y explosivo de la película desarma cualquier idea de realismo y ni siquiera el final conmovedor e imposible puede volver a armar esa ficción hecha pedazos. Pero ese trabajo con lo político que había en películas como Memories of murder o Mother, por ejemplo, aquí se diluye por el engolosinamiento de insistir en ese discurso de clase, convirtiendo los detalles en algo inocuo: la obviedad del olor de la pobreza y el descenso a los infiernos que ocurre en esa terrible noche lluviosa —en una escena que por momentos resulta hermosa, pero que sin embargo no deja de ser demasiado obvia—, por ejemplo, son dos instantes en que la lucha de clases se devela como un artificio mal construido, como algo que ocurre lejos del espectador, que le ocurre a los otros, a los privilegiados y a los desposeídos y no a quien está frente a la pantalla, con sus propias contradicciones.

Lo de siempre: la pobreza como experiencia estética no tiene que conmover, la pobreza tiene que incomodar, tiene que dar rabia. La lucha de clases tiene que ver con cualquiera que esté sentado frente a esa pantalla. Es un asunto que nos compete a todos: discutir y pensar sobre nuestros orígenes, sobre nuestros privilegios y sobre nuestras carencias.

Algo de todo esto hay en el final de Parasite, es cierto: algo desolador: que las ficciones son imposibles de sostener y que la lucha de clases es algo de nunca acabar.

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