Cómo me convertí en escritor, por Gabriel García Márquez

En octubre de 2003 el escritor colombiano publicó una columna en la revista The New Yorker en la que narra el camino que recorrió para considerarse un escritor. Como estudiante de derecho, publicó una historia que sería solo el inicio de su carrera literaria, la que complementa con la inspiración que le dieron novelas como Metamorfosis y Ulises, entre otras.


“El reto: un joven escritor se prueba a sí mismo”, es el título y bajada de la columna escrita por Gabriel García Márquez en 2003 para The New Yorker, o más que columna, una narración que detalla cómo un estudiante de Derecho comenzó su carrera como escritor.

Altamente valorado no exclusivamente en la literatura latinoamericana, sino a nivel mundial, García Márquez fue un reconocido periodista y escritor con títulos que a la fecha siguen como parte del canon del realismo mágico.

Cien años de Soledad, Crónica de una muerte anunciada y El Coronel no tiene quien le escriba, son solo algunos de los tantos títulos que le dieron el Premio Nobel de Literatura en 1982.

“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”, dijo Gabo al concluir su discurso de aceptación del galardón.

Hace 17 años, el autor colombiano se abocó a lo que mejor sabe hacer: escribir, y lo hizo en The New Yorker justamente para dar a conocer cómo llegó a ejercer la pasión que marcó su vida. Si bien a los 78 años decidió dedicarse a leer las novelas que “nunca tuvo tiempo de leer” en vez de dejar volar su pluma, dejó registrado para la posteridad el inicio de su travesía como narrador.

“Nunca imaginé que, nueve meses después de haber completado la escuela secundaria, mi primer cuento se publicaría en Fin de Semana, el suplemento literario de fin de semana de El Espectador, en Bogotá, y la publicación literaria más interesante y exigente de la época. Cuarenta y dos días después, se publicó mi segunda historia. Sin embargo, lo más sorprendente para mí fue una nota introductoria del editor del suplemento, Eduardo Zalamea Borda (cuyo seudónimo era Ulises), el crítico colombiano más lúcido de la época, y el que estaba más alerta a la aparición de nuevas tendencias”, comienza el relato de Gabriel García Márquez.

En febrero de 1947 García Márquez se matriculó en la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá y vivía en una pensión en el centro de la capital colombiana. Tenía 19 años. “En las tardes libres, en lugar de trabajar para mantenerme, leía en mi habitación o en los cafés que lo permitían. Los libros que leí los obtuve por casualidad y suerte, y dependían más del azar que de cualquier suerte mía, porque los amigos que podían comprarlos me los prestaron por períodos tan limitados que me mantuve despierto durante noches y noches para devolverlos a tiempo”, recordó el escritor para The New Yorker. Fue en esa dinámica que descubrió las obras del escritor argentino Jorge Luis Borges.

Una práctica habitual entre literatos y aspirantes, era frecuentar cafés, lugares en que las conversaciones intelectuales fluían constantemente. “Muchos profesionales en el país pueden deber más a sus conexiones de café que a sus tutores casi invisibles”, escribió García Márquez.

El Café El Molino, cercano a su residencia y visitado por “los poetas mayores”, no permitía a los estudiantes reservar mesa, pero sí existía un acuerdo entre Gabo y los camareros para que le permitiesen acercarse a León de Greiff, destacado poeta, que solía liderar tertulias con destacados escritores culminando la noche con partidas de ajedrez. “Aunque tendían a hablar más sobre mujeres e intrigas políticas que sobre su arte o trabajo, siempre decían algo nuevo para nosotros”.

Otra de las revelaciones que tuvo García Márquez por esos años fue presentada por un compañero de Derecho, Jorge Álvaro Espinosa, quien ya lo había instado a leer la Biblia. “Esta es la otra Biblia”, le dijo Espinosa al tiempo que le mostraba Ulises de James Joyce.

“Lo leí en pedazos y pedazos, de distintas formas y comienzos hasta que perdí toda la paciencia. Esto fue descaro prematuro. Años más tarde, como un adulto dócil, me propuse la tarea de volver a leerlo en serio, y no solo resultó en el descubrimiento de un mundo genuino que nunca había sospechado dentro de mí, sino que también me brindó una valiosa ayuda técnica para liberar el lenguaje, lidiar con el manejo del tiempo y la estructura en mis propios libros”, describió Gabo para la revista estadounidense.

De forma similar llegó a sus manos La metamorfosis de Kafka, esta vez, recomendado por un amigo de la pensión: Domingo Manuel Vega, un estudiante de medicina con quien tenía un lazo de amistad desde su infancia en Sucre. “Una noche, Vega entró con tres libros que acababa de comprar, y me prestó uno, elegido al azar, como solía hacer, para ayudarme a dormir. Pero esta vez el efecto fue todo lo contrario: nunca más volví a dormir con mi antigua serenidad. El libro fue La metamorfosis de Franz Kafka, en la traducción publicada por Losada en Buenos Aires, y determinó una nueva dirección para mi vida”, dijo sobre el libro publicado en 1915.

“Estos eran libros misteriosos cuyos precipicios peligrosos no solo eran diferentes sino que a menudo eran contrarios a todo lo que había conocido hasta entonces. Me mostraron que no era necesario demostrar hechos: bastaba con que el autor hubiera escrito algo para que fuera cierto, sin otra prueba que el poder de su talento y la autoridad de su voz”, concluyó sobre estas dos lecturas.

Cuando García Márquez terminó La Metamorfosis, los dedos le picaban por escribir una historia. Se sentó a la máquina de escribir que su amigo Domingo Vega le prestaba y dejó fluir aquella imaginación recientemente inspirada por Kafka.

Eduardo Zalamea, editor de suplemento Fin de Semana en El Espectador, escribió una columna en la que lamentaba la falta de nombres memorables en la nueva generación de escritores colombianos. De alguna forma García Márquez se sintió desafiado y decidió retomar su historia, corregirla, agregarle una nota personal dirigida a Zalamea, meter todo en un sobre y dejarlo en la recepción de El Espectador.

Dos semanas después, cuando el aspirante a escritor ya se había olvidado de aquella misiva, vio en la puerta del café El Molino una página de El Espectador que contenía su historia: La Tercera Resignación.

“Mi primera reacción fue la devastadora comprensión de que no tenía cinco centavos para comprar el periódico. Este fue el símbolo más explícito de mi pobreza, porque, además del periódico, muchas cosas básicas en la vida diaria cuestan cinco centavos: el carrito, el teléfono público, una taza de café, un limpiabotas. Salí corriendo a la calle sin protección contra la llovizna imperturbable, pero en los cafés cercanos no había nadie que conociera que pudiera darme una moneda de caridad. Y no encontré a nadie en la pensión en esa hora muerta de un sábado, excepto la casera, que era lo mismo que no encontrar a nadie, porque le debía setecientos veinte veces cinco centavos por dos meses de alojamiento y comida. Cuando salí otra vez, preparado para cualquier cosa, me encontré con un hombre enviado por la Divina Providencia: estaba saliendo de un taxi, con El Espectador en la mano, y le pregunté si me lo daría”, detalla el hombre de El amor en los tiempos del cólera.

Acompañada de una ilustración de Hernán Merino, dibujante de El Espectador, el entonces joven colombiano leyó rápidamente el escrito de su autoría, el que se demoraría 20 años en revisitar.

Asediado por amigos, conocidos de la pensión y compañeros de universidad, solo le importaba la opinión de uno de ellos, Jorge Álvaro Espinosa, quien más que referirse a la narración en sí, le dijo: “Supongo que te das cuenta del problema en el que te metiste. Ahora estás en el escaparate de escritores reconocidos, y hay mucho que debes hacer para merecerlo”.

Aunque Gabriel García Márquez le dijo que consideraba que su publicación “era una mierda”, Espinosa insistió en que lo importante era su segunda historia. Esta no tardaría en llegar.

Escarbando en sus recuerdos para inspirarse en hechos reales, pensó en una muchacha -a quien describe como “una de las mujeres más bellas que había conocido-, quien le dijo que le encantaría vivir dentro del gato que estaba acariciando. ¿Por qué? Le preguntó en su momento el escritor. “Porque es más hermoso que yo”, dijo la mujer.

“Esto me dio un punto de partida para la segunda historia, así como un título atractivo: ‘Eva está dentro de su gato’. El resto, como la historia anterior, se inventó de la nada y, por la misma razón, como nos gustaba decir en aquellos días, llevaba consigo las semillas de su propia destrucción”, relató en The New Yorker.

Publicada en octubre de 1947 con la ilustración de Enrique Grau, tuvo una consecuencia inesperada: el editor Eduardo Zalamea le dedicó una columna en el periódico.

“Lectores de Fin de Semana, el suplemento literario de este periódico, habrán notado la aparición de un talento nuevo y original con una personalidad vigorosa (...) En la imaginación, todo puede suceder, pero saber cómo mostrar con naturalidad, simplicidad y sin complicaciones la perla producida, no es algo que todos los niños de veinte años que recién comienzan su relación con las letras puedan lograr. (...) En García Márquez ha nacido un escritor nuevo y notable", plasmó Zalamea según registra la columna escrita por Gabriel García Márquez en 2003.

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