Columna de Alberto Fuguet: El ansia y el hambre

Hambre, Delight Lab.



Si uno desea comenzar a ponerse metafórico, como hace rato que lo estamos haciendo todos, cuando ya no podemos dejar de leer entre líneas o leerlo todo de nuevo o desde otro prisma, uno ingresa a un nuevo estado de emergencia que poco tiene que ver con el decretado: todo lo que te roza, emerge de otro modo. Estás literalmente en guardia incluso cuando sueñas que todo era como antes y estás aburrido en el verano del 2015 cuando todo parecía tan predecible. Sientes que todo lo que procesas (esa serie, esa canción que no escuchabas que rato, ese libro que justo abriste de lateado) es sobre lo que está sucediendo ahora. Aunque tampoco hay certeza de eso: qué es lo que estamos viviendo ahora precisamente. ¿Acaso no es muy pronto para saberlo? Puede ser. ¿No estábamos escribiendo y rotulando la historia en marzo? ¿Estamos en una pandemia o es el fin de una era o el colapso del neoliberalismo o un reseteo global o una purga o un détox o una campaña de las voces del Calentamiento Global o el triunfo del mal o el derrumbe de USA como imperio y la coronación final y definitiva de China?

Hay demasiadas opciones y hasta las más ramplonas parecen verdad y aquellos que una vez se rieron de las novelas tipo El Código Da Vinci o series conspirativas debemos comenzar a reconsiderar nuestras certezas. Al parecer, los encargados de los mensajes pop estaban más sintonizados con el futuro que aquellos que nos gobiernan y nos prometían tiempos mejores o que iban a hacer de sus países grandes de nuevo. Los que despreciaron Mad Max en su época, ahora deben repensarlo todo. ¿Pero son capaces? Nos estaban enviado señales hace rato y no estábamos tan atentos.

Todo esto es fascinante, pero agota. Cuesta ser intelectual o médium 24 horas al día. Llegó el momento en que todos deben ser críticos culturales para sobrevivir. Y es ahí donde uno agradece haberse criado en el pop. De alguna manera, llegamos mejor preparados para enfrentar todo esto. Si estás leyendo esto en Chile, es bueno recordar que estamos recién en la segunda temporada y los productores han adelantado por RRSS que la tercera quizás será la más intensa y gore y violenta de todos (el tráiler, por cierto, se filmó la semana pasada en la comuna de El Bosque). Ahora que no hay cines, sobran narrativas y artefactos y textos y plataformas. La gente, partiendo por aquellos que no tienen nada excepto su imaginación y su voz, están armando sus propias realidades y aplican slogans que no vienen de los grupos guerrilleros sino del pop. De “con grandes poderes llegan grandes responsabilidades” pasamos a “mejor morir combatiendo que de hambre”. La consigna de que “a este gobierno le falta calle” o “los políticos están desconectados” ya no son válidas. Lo que les falta es cultura pop y captar que todo se graba, todo queda como un Oscar clip o en un feed o un post.

Un amigo me dice: la cultura digital nacional realmente debutó con el clip del Nokia que dio pasó a la viralización (qué palabra) de Wena, Naty. Ahí algo pasó, pero no todos lo captaron. Pero, de pronto, hay tantas señales, que todos ven símbolos, doble intención, códigos, llamados y hasta el menos alerta ahora parece editor de un fanzine. Todo ha cambiado tanto que no hemos podido (OK, no he podido) procesarlo todo. Pero algunas esquirlas de esta realidad poco aterrizada, este mal capítulo de Black Mirror que estamos habitando, nos llegan y no podemos evitar darle un significado. Frases intercambiadas en películas de género de tercera categoría se vuelven, de pronto, misteriosas, ambiguas, anticipatorias y parecen un ataque frontal a los negacionistas. La serie de la BBC Year and Years, con una Primera Ministra populista a cargo de liderar a Gran Bretaña al abismo (Emma Thompson canalizando a Jacqueline van Rysselberghe) y un futuro que da pánico, de pronto se ha transformado en la gran serie de todos los tiempos desplazando a The Wire como realismo pedestre. En los 80s, temíamos que Blade Runner, ambientada el 2019, podía resultar cierto. Lo cierto es que se quedó corto. Nadie tomó muy en serio Johnny Mnemonic a mediados de los 90s. Basada en la novela de William Gibson con Keanu Reeves (acaso el gran actor de nuestra generación-en-colapso) como un chico con mucho iCloud en la cabeza en un mundo distópico (nuestro nuevo adjetivo favorito) dominado por megacorporaciones ligadas al extremo oriente. Este thriller cyberpunk (término oscuro y hasta ondero que ahora se puede usar para nombrar a buena parte de los usuarios de Instagram) apostó por el 2021 como un año fatal y totalmente distinto a como creíamos que venía.

Aún es muy temprano para ver si el próximo año nuevo se celebrará con espumante o cianuro, pero ahora que el realismo ya no nos basta para comprender y las noticias son falsas y las que son realmente reales parecen montajes (el presidente posando donde antes se instalaban taxiboys sacados de Mi mundo privado, en una Plaza Dignidad vacía; Bolsonaro echando a su segundo ministro de salud por decir la verdad) uno comienza a dudar de todo. Hay tantas rupturas y alineaciones (alienaciones también, por cierto) que, aunque las encuestas dicen otra cosa, se están formando virtualmente nuevas alianzas durante el silencio sepulcral de otra noche con toque y cuarentena. De pronto, los artistas más temibles (a lo que la elite-en-caída más teme) y quizás los más iluminados (porque trabajan con luz) son los hermanos Gana de Delight Lab que emite palabras desde un edificio modernista emplazado en el Parque Forestal sobre el costado de ese gigante celular noventero que es la demente Torre Telefónica que se alzó destruyendo una casa gótica diseñada por Luciano Kulzcewski. Desde ya, me adelanto para postular a los hermanos al Premio Nacional de Literatura. Pocos han usado la palabra como ellos; pocos han herido, aterrado, esperanzado y guiado con sus palabras-como-sentencias o haikus breves. Han procesado ideas de Ciudad Gótica a la realidad y han ayudado a darle la pátina de irrealidad que necesitamos para poder entender de manera más clara. Los Gana han proyectado de todo, partiendo por la palabra DIGNIDAD, palabra que muchos asocian a terrorismo. Un diputado básico y bullyeado de chico insiste que los que iluminan edificios son miserables por proyectar la palabra HAMBRE y no la de CANASTA FAMILIAR. Alguien, seguro con salvoconducto y conexiones con el Segundo Piso, un camión escoltado por carabineros, cree que lanzar más luz sobre el edificio-pizarra es la manera para que el resto de la ciudad no lea HUMANIDAD. Los cyberpunks asociados al lado oscuro de la fuerza les hackearon su cuenta. Todo esto parece una secuencia de algo.

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