Buddy Richard en el Ástor: aplausos a través del tiempo

La reedición reciente del disco Buddy Richard en el Ástor permite revisitar un momento crucial de la música chilena en el contexto de una época en que la cultura santiaguina circulaba fervientemente por el barrio céntrico con una oferta vital e inolvidable.



“Ojalá hubiéramos estado allí. Entrar en el Metropolitan Opera House de Nueva York aquel día 13 de enero de 1910. Contemplar con los ojos de la época el escenario coronado por unos extraterrestres llamados micrófonos. Observar la insólita madeja de cables dirigiéndose a un ultramoderno armatoste de madera. Y tratar de adivinar el oficio de aquellos improvisados tramoyistas afanados en conectar los órganos vitales del teatro como si de un Frankenstein se tratase. No sé si nos habríamos dado cuenta de la trascendencia histórica del momento, pero sí que estoy seguro de una cosa: habríamos compartido el asombro de Enrico Caruso al asistir a la transformación de su reino”, este párrafo, que abre el libro Comusicación (sic) de Adolfo Corujo (Plataforma Editorial, 2019), bien podrían aplicarse a aquel otro espectáculo en un teatro, el Ástor de Santiago de Chile, casi seis décadas más tarde, el 10 de diciembre de 1969, cuando Buddy Richard, uno de los artistas más queridos de la plaza de la tardía Nueva Ola, facturó un concierto en vivo que resultaría legendario, no solo porque resulta si no quizá el primero, uno de los iniciales registros “en vivo” nacionales, Buddy Richard en el Astor.

“Al Ástor lo confundo en mi memoria con el Gran Palace, ambos en galerías de Huérfanos [el Ástor se ubicaba en el número 866, y el Gran Palace en el 1178], pero uno y otro quedaban doblando desde Ahumada. Ambos permitían unos mil espectadores. Se trataba de lugares elegantes, con cambios de luces antes de la función, confitería de vidrio… y cara. Con escenarios y camarines amplios, como para albergar a la OSCh (90 músicos) y, por cierto, a artistas como Buddy Richard, el Pollo Fuentes, Ástor Piazzolla o Congreso”, rememora a la distancia Juan Pablo González, musicólogo, Director del Magíster en Musicología Latinoamericana de la Universidad Alberto Hurtado.

Se trataba de una era en que el centro de la capital de Chile -y también los extramuros- bullía de ofertas culturales masivas, por las tardes muchos periodistas y antiguos gestores culturales se apoltronaban en diferentes locales a disfrutar de un vermuth, las luces de neón empezaban a proyectar curiosas figuras sobre las veredas, y los lugares nocturnos abundaban en presentaciones en vivo que se habían empezado a convertir en una tradición desde los años cincuenta. El propio Juan Pablo González, en su artículo “El Goyescas. ¡Así bailaba Chile!” de 2007, detalla el espíritu de aquellas décadas: “Especialmente en los años 50, en el periodo dorado de la música popular en Chile, cuando había una docena de radios con auditorios y orquestas contratadas. Ahí venían a cantar Cuco Sánchez o Miguel Aceves Mejías, que también actuaban en las boites sin techo, las quintas de recreo en la periferia de la ciudad, como El Rosedal o El Rancho Grande. Por supuesto, se presentaban además en las boites el Goyescas, el Violín Gitano, el Tap Room o el Lucerna”.

A esa efervescencia pertenecía el Ástor ya más tardíamente. De acuerdo con MúsicaPopular.cl, había abierto sus puertas en 1949 y, como indica Arturo Figueroa, en su tesis de grado “Pioneros del rock chileno 1966-1973” (Universidad de Chile, 2000), solía ser el escenario para shows a tablero vuelto de exponentes del rock de aquellos años, como Los Ángeles Negros o Los Escombros, en un momento en que, siguiendo con Figueroa, diversos teatros, como el Marconi, IEM, o Isidora Zegers, dan espacio para las presentaciones en vivo.

Buddy Richard

Lo de Buddy Richard, sin embargo, va un paso más allá. Tal como en el caso de Caruso casi seis décadas antes, su show que, como se ha señalado en innumerables ocasiones en los últimos años, contaba con la orquesta de un joven Horacio Saavedra y 38 músicos, amén de la producción de Jorge Pedreros, significó toda una parafernalia tecnológica no solo para realizar la grabación, sino que para la transmisión en vivo y en directo. Esa logística compleja es posiblemente la causa de que haya habido tantos traspiés en la producción del evento, como las negativas iniciales del teatro, los retrasos de semanas de la actuación, el mito de que el propio Buddy debió vender su auto para conseguir algo de efectivo.

Estaban, por cierto también, los ecos de una revitalización de los music-hall, esos shows en teatros para varios centenares de ,personas con orquesta y crooner que, apoyados por las modernas técnicas de audio, habían catapultado no solo a Frank Sinatra, sino que también a los cantantes de la Quinta República Francesa como Charles Aznavour.

Cuando se escucha de nuevo la secuencia del espectáculo que dio Buddy Richard aquella noche de diciembre en el Ástor una de las cosas que más llama la atención es el grado de autoconciencia del artista oriundo de Graneros sobre su propia presentación. Los compases iniciales son acompañados de una vocalización que indica que “así comienza un show ideal, con el swing-swing del ritmo que voy a tocar”, mientras hace ostentación de los diversos instrumentos que van agregándose en una construcción progresiva hasta lograr la completitud de su puesta en escena.

La secuencia de temas combina ajustadamente versiones de temas anglo en su idioma original, como “Eloise” de Paul Ryan, que no solo fue luego interpretada por el hermano de este último, Barry, sino que también tres lustros más tarde por The Damned, la banda fundadora del punk reconvertida en New Wave en la segunda mitad de los ochenta. Algo similar en estos guiños al rock más experimental en lo sonoro de Buddy Richard sucede con “Una blanca palidez”, versión también en idioma original del éxito del rock barroco de Procol Harum. A eso se agregan versiones en castellano de otros temas anglo como “Cielo”, y obviamente su tema que da el puntapié a la balada moderna en castellano en Chile, su “Balada de la Tristeza”, que ya había influenciado a bandas que mezclaban las melodías más románticas con un ensemble más rock como Los Ángeles Negros.

Enmarcado por una característica orquestal de tipo cortina, el espectáculo de aquella noche también permitió el lucimiento de la orquesta y de la estructura narrativa que ideó Jorge Pedreros, todo bajo el sonido de los aplausos del público que, según Miguel Davagnino en un fragmento incorporado en disco original hizo que, “La emoción de esa noche fue grande. El triunfo coronaba la idea realizada. La emoción subió a las gargantas de los cientos de personas que repletaron la sala de calle Huérfanos y Estado”.

Esos aplausos perduran en el tiempo.

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