Columna de Paula Espinoza: ¿Qué le diremos a las generaciones que vienen?

Ilustración: Constanza Aravena



No sé qué le diremos a los niños en el futuro es una de las frases iniciales de la novela de Valeria Luiselli, Desierto sonoro, publicada el año recién pasado. Una mujer piensa en esto mientras va en un automóvil. No está aludiendo al actual contexto de pandemia ni al calentamiento global, simplemente a una situación familiar. Probablemente, muchos padres han pensado lo mismo ¿qué les diremos? Frente a un divorcio, una muerte, un cambio de condiciones económicas u otras contingencias. Isabelle Stengers, química e historiadora de la ciencia, se lo pregunta en atención al estado actual del planeta. Ni siquiera a causa del COVID-19, sino debido a la crisis socioambiental en la que estamos inmersos. Y de la cual nuestros hijos (aunque no los tengamos) y los hijos de estos (si es que alcanzan a existir) experimentaran las que hoy creemos son las peores consecuencias: “la pregunta lancinante, aquella por la que comencé y asocié a la vergüenza, es ¿qué les diremos a las generaciones que vienen? ¿Qué la gente (nosotros), sabía y no hizo nada?”.

Estamos en un día eterno. Bueno, me parece una manera de nombrar a este estado de la vida doméstica determinada por el COVID-19. Me imagino que en más de una casa hay adultos preguntándose ¿qué les diremos a los niños o a los adolescentes? Es más, esto podría tomar un tono diferente si algún cercano se enferma o, peor aún, fallece. Pero también me imagino que existen casas donde no pasa mucho, o pasa el tiempo. Donde conviven personajes que pueden ser cercanos y cariñosos o, por el contrario, extraños, ajenos y molestos. La teórica alemana Mercedes Bunz, elucubró hace un tiempo sobre algo así como el fin de la adolescencia. Estaba haciendo alusión a un fenómeno que se inició en la década de 1990 y tomó buena parte de los 2000, cuando postadolescentes treintañeros utilizaban los mismos códigos que quinceañeros o veinteañeros. Estos signos culturales —propios del pop— hacen pensar en una suerte de reconciliación entre generaciones, donde adultos y adolescentes disfrutan de las mismas canciones, series y películas. En una coyuntura de este tipo, resalta Bunz, no hay conflicto. Sin embargo, ¿es posible una familia sin enredos, una adolescencia en silencio?

Creo que por mucho tiempo pensamos que esto resultaba verosímil. Aunque para mí siempre fue muy diferente. Recuerdo que de adolescente leí La metamorfosis, de Kafka. La leí como un llamado. Una muestra clara que la vida debía resultar otra cosa, al menos la mía. David Foster Wallace, que nunca fue un optimista, relata cuánto trabajo le tomaba enseñar a sus estudiantes que Kafka era gracioso. Su explicación, que algo de sentido me hace, apunta a que lo divertido de la escritura de este autor está en la “literalización radical de verdades que solemos tratar como metáforas”. Es decir, no hay doble sentido, no es necesario “pillar” la broma. En definitiva, no nos está diciendo algo diferente a lo que está escrito. Precisamente ese es el problema en la cultura estadounidense, precisa. Pues, los estudiantes están formados como adolescentes y su vida universitaria es la última etapa de extender esta fase, que se sustenta básicamente en la evasión. Retrasar lo más posible la adultez, que es sinónimo de impuestos, trabajo, la vida de Gregorio y preguntas como no sé qué le diremos a los niños. Una parte de mí está con Foster Wallace, pues al leer a Kafka no pensé que debía ‘pillar’ una broma, sino que el mundo que narraba existía. Que Gregorio Samsa despertó como un insecto, que ser un buen hijo no le valió de nada, que cuando su nueva condición lo hizo improductivo se transformó en una molestia para su familia y que murió en la mudez. Pero no me causó risa. Por ello la interpretación de Aïsha Liviana Messina me suene como una lectura de mis pensamientos: “Gregorio no es un animal: es la imposibilidad de ser humano”. 

Bunz basa su análisis de la adolescencia en atribuirle la posibilidad de la esperanza. Es otras palabras, cada generación tiene la oportunidad de crear un camino propio. El comienzo de una nueva vida (“My generation”, The Who, sin ir más lejos). Ahora bien, en las últimas décadas todo lo relacionado con el tiempo ha cambiado de forma radical. Ya nadie piensa ni puede proyectarse en una empresa por más de diez años y hay toda una generación que se quedó atrapada en la “pasantía”. Las crisis económicas y los cambios en las formas de trabajo han dejado una única verdad: nada será definitivo. ¿Cómo explicaremos esto?, me pregunto.

Hacia los tres meses de cuarentena y luego de haber vivido el “estallido” en el epicentro —sí, estoy en la zona cero por siempre— me gusta pensar que la adolescencia ha regresado, que la escucho y que los jóvenes se resisten a dejar de ser humanos. De ahí que alguien dijera que la juventud está presente cuando su existencia es un problema, sea cual sea. Presiento que puede ser un buen problema si los jóvenes hacen de su adolescencia el principio de algo, si están dispuestos a la ruptura y la pérdida. En definitiva, a creer en un futuro que no se justifique únicamente en la sobrevivencia.

Finalizo con las palabras de una canción de Billie Eilish, una adolescente en toda su expresión. Quizás no sabe bien el efecto de éstas y termine subsumida en el mainstream. Tal vez no. De todas formas, me gusta porque tienen algo de amenaza. Un poder que, en la época sin certezas, podría hacer de toda esta incertidumbre una forma de vida.

Ilustración: Constanza Aravena

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