Ennio Morricone como uno de los Clásicos AM

Morricone.

Luego de su desaparición a inicios de la presente semana se ha reparado mucho en la capital importancia de Ennio Morricone como compositor de bandas sonoras legendarias. Menos se ha escrito sobre una línea más oculta de su trayectoria, la que lo sitúa en el corazón de los Clásicos AM italianos de los años sesenta, con obras que van desde “Sapore di Sale”, de Gino Paoli, hasta “Guarda come Dondolo” de Edoardo Vianello, pasando por las orquestaciones de temas de Mina, Gianni Morandi o Domenico Modugno.



Una de las características esenciales de la Balada Romántica Latinoamericana (a la que se integran España, Francia e Italia) -de los llamados “Clásicos AM”- son las orquestaciones. Desde los sones en estilo de music-hall de Charles Aznavour hasta el sonido exhuberante (lush) de Rafael Trabucchelli para el sello madrileño Hispavox, las orquestas son uno de los elementos que otorgaron esa sonoridad tan propia en la era dorada del estilo (1965-1985). Su origen se cifra tanto en la propia Francia de la Quinta República, como, un poco posteriormente, en la Italia del Festival de San Remo. Y ahí aparece una figura que se ha reconocido muy poco como uno de los directores de orquesta más significativos para la consolidación del género: Ennio Morricone.

Morricone es evidentemente más conocido por sus bandas sonoras, primero para los westerns italianos, sobre todo los de su antiguo compañero de escuela, Sergio Leone, y luego por sus múltiples incursiones en todo tipo de filmes a los que les otorgaba -como él mismo explicó en una publicación para la revista académica Music, Sound, and the Moving Image en 2007- distintos “temas” sonoros que lograron algo muy notorio: alguna independencia de su origen cinematográfico. “Temas” como los de La Misión o Cinema Paradiso no requieren, para disfrutarse intensamente, de la película de la cuál se extrajeron (aunque huelga decir que solo alcanzan su mayor significatividad cuando van aparejados a las narraciones visuales de dichas cintas).

Sin embargo, Morricone, que siempre, como él mismo indicaba en dicho artículo académico, intentó congeniar la música de conservatorio con los sones populares, tiene una prehistoria, como se ha señalado, en los “Clásicos AM”.

La periodista especializada en música clásica Romina de la Sotta, ha hecho ver que, “a inicios de los 60 trabajó como arreglador para la RCA italiana, con enorme éxito: Ennio Morricone es quien hace que la canción italiana de esa década tenga su calidad indiscutible”. Suyos son los arreglos de temas que fueron éxitos absolutos no solo en la península itálica, sino que, en muchos otros lugares del planeta, como, según detalla de la Sotta: “Sapore di Sale”, de Gino Paoli, de “Guarda come Dondolo” y “Abbronzatissima” de Edoardo Vianello, de “Se telefonando”, de Mina o “Il Mondo”, de Jimmy Fontana. A tanto llegó la popularidad de dichos temas que se hicieron en general versiones en castellano de los mismos, como en el caso de “Sabor a Salado” de la chilena Gloria Aguirre o “Bonceadísima”.

En la misma línea, Ennio Morricone solía componer temas cantados en las películas de aquellos días de Wurlitzers playeros y urlatoris (“gritones”), quizá menos conocidos que los mencionados anteriormente, pero igualmente interesantes. Entre dichas composiciones plenas se encuentran temas de Edoardo Vianello (“Faccio finta di dormire”), Luigi Tenco (“Quello che conta”), Gianni Morandi (“Go-Kart twist”), Rita Pavone (“Pel di carota”), Gino Paoli (“Nel corso per”), Mina (“Se telefonando”) y Domenico Modugno (“Uccellacci e uccellini”).

Se trata, por cierto, de una época en que la balada a la italiana alcanza un estatus de consolidación. Juan Pablo González, en el artículo académico, “Postwar Italian popular music and the New World. The Chilean perspective (1950–1970)” sostiene que el ascendiente de dicha balada particularmente sobre la tardía Nueva Ola en Chile es crítico, contando entre quienes recuperaron las melodías italianas de aquel periodo para el país, aparte de la ya citada Gloria Aguirre, a Cecilia, Sergio Inostroza, Carlos González y mayormente, Rafael Peralta.

Simultáneamente, González, apunta que son los festivales de San Remo de mediados de dicha década los que marcan la pauta de lo que será la balada italiana y latina en lo sucesivo. Y es ahí donde irrumpe por tercera vez la figura de Ennio Morricone, porque él ofició de director de orquesta de aquel festival en al menos dos ocasiones, 1964 y 1966, como consigna el libro L’enciclopedia di Sanremo de Marcello Giannotti.

De este modo, se puede constatar que el impacto del estilo de Morricone desborda lo meramente cinematográfico y se proyecta sobre uno de los géneros más queridos no solo en Italia, sino que también en Chile, la Balada Romántica y sus derivaciones.

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