Aterradora simetría: Watchmen y el antes y después de los cómics

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Watchmen.

La serie de HBO —que por estos días cierra su primera temporada— explora temas como racismo, fascismo y superhéroes. Y si bien Alan Moore, el guionista y creador del universo Watchmen, no desea ser asociado con esta adaptación, algo de su espíritu se cuela.



1977

Un grupo de vigilantes urbanos protege las calles de Nueva York. Se llaman Crimebusters. Son una actualización de otro grupo de encapuchados de los años 40: los Minutemen. Exceptuando a Dr. Manhattan —el único con superpoderes en el grupo, un ser radioactivo—, todos son personas disfrazadas sin más que fuerza física o un arma. Los demás Crimebusters son los que siguen: Ozymandias, Silk Spectre II, Nite Owl, el Comediante y Rorschach.

En sus comienzos son respetados.

Gracias a Dr. Manhattan Estados Unidos consiguió ganar Vietnam. Y a su vez el Comediante mató a John F. Kennedy y evitó el escándalo Watergate y por eso Richard Nixon se ha mantenido como uno de los presidentes más populares.

Hasta que los enmascarados que alguna vez surgieron para ayudar comienzan a ser vistos como peligrosos. La gente no los quiere. Acusan que se les va la mano. Y que nadie los controla. Porque si los superhéroes son los que supuestamente nos protegen, ¿quién se encarga de protegernos de los superhéroes? De ahí que en varios callejones de Nueva York aparezca la frase Who watches the watchmen? o ¿Quién vigila a los vigilantes?

Y por eso se redacta el acta Keene: quedan prohibidos los vigilantes urbanos. La mayoría de los Crimebusters cuelga sus trajes. Dr. Manhattan se exilia en Marte. Es el fin de una era.

1994 (o por ahí)

Comprar cómics en el Chile de comienzos de los noventa es una aventura. Hay que recorrer los kioscos del centro incansablemente. Preguntar en cada uno por las novedades. Esperar semanas y hasta meses para que llegue tal o cual número. Y volver, una vez más, al centro y repetir la misma secuencia. El catálogo disponible es más bien a la suerte de la olla: títulos de la editorial argentina Perfil, la mexicana Vid y los saldos de la española Ediciones Zinco. En su mayoría son DC Comics. Batman, Superman, La Liga de la Justicia, Lobo, La Liga de la Justicia Europa, Soldado Desconocido, La cosa del pantano. Y a veces esa variada oferta significa que uno lee historias que suceden en distintas épocas. O que los superhéroes hablen con diferentes acentos (nunca acentos chilenos, claro).

En una de esas ocasiones cae en mis manos un número suelto de Watchmen. El volumen cinco: Aterradora Simetría. Editorial Zinco, Barcelona, publicado originalmente en 1987.

Lo leo.

No entiendo mucho.

Aparecen superhéroes que nunca he visto.

Watchmen no es como Batman o Superman. Tampoco Lobo o La Liga de la Justicia Europa: dos cómics que, en teoría, no eran para mi edad (los superhéroes se emborrachaban y tiraban bromas subidas de tono, cuando no sexistas).

De ese primer acercamiento a Watchmen entiendo lo que sigue: que hay un tipo llamado Rorschach, héroe solitario, quien investiga la muerte de uno de los ex Crimebusters: el Comediante. Que también existe Ozymandias, un millonario con aspiraciones de superhéroe, como Lex Luthor, pero más performático que Luthor.

Son las únicas dos tramas que aparecen en el volumen cinco. Paso las páginas rápidamente. No capto la relación de las viñetas, la intrincada arquitectura de este volumen (la primera página es la imagen especular de la disposición de la última, la segunda lo es de la penúltima, y así).

Dejo el comic de lado.

Pasarán años hasta regresar a este volumen que Alan Moore (el guionista) ideó y creó con la idea de transgredir lo que por entonces se podía, o no, hacer con un cómic.

1985

Estados Unidos y la Unión Soviética suben las tensiones nucleares. Tarde o temprano terminarán enfrentándose en una guerra. Richard Nixon lleva tres períodos en la presidencia. Ahora se enfrenta a una cuarta reelección. ¿Su rival? Un actor con intenciones políticas: Robert Redford.

Los Crimebusters, todos inactivos por mucho tiempo, comienzan a preguntarse si es necesario regresar a las capas. Todo porque el Comediante ha sido asesinado. Rorschach quiere saber de su paradero. De a poco los desaparecidos vigilantes urbanos regresan al debate público: ¿dónde están?, ¿qué fue de ellos?, ¿se puede tener una vida normal luego de haberse disfrazado?

1999

Ahora consigo la novela gráfica entera. Los doce volúmenes.

Watchmen es una ucronía: una historia alternativa en la que se narra un rumbo posible para la humanidad de haberse concretado ciertos hechos (en este caso: la victoria en Vietnam por parte de EE UU. y la ausencia de Watergate).

Dentro de ese escenario y a partir del papel de los Crimebusters y sus antecesores, los Minutemen, en Watchmen se debaten y cuestionan temas como el racismo, el fascismo y, claro, el papel de los superhéroes dentro de la sociedad moderna.

Watchmen es una novela gráfica oscura. Apocalíptica. Rica en detalles. Llena de citas a Shakespeare, Elvis Costello, Bob Dylan y la Biblia, entre otros. En sus páginas abundan los aspectos meta: hay una línea que ninguna de las adaptaciones ha realmente aprovechado: los cómics que lee el niño junto al quiosco, Relatos del Navío Negro.

Watchmen es un texto de estudio en universidades estadounidenses. Y fue seleccionado por Time como una de las mejores 100 novelas de habla inglesa desde 1923: "Es una lectura desgarradora. Un antes y un después en la evolución de este joven formato".

2009

Salgo del cine, de la función de Watchmen.

La adaptación de Zack Snyder es fiel.

Demasiado fiel.

Rescato algunos momentos musicales: "Unforgettable" de Nat King Cole al inicio, "99 Luftballons" de Nena, las canciones de Leonard Cohen, "Everybody wants to rule the world" de Tears for Fears y el comienzo con "The times they are a changin".

Al pasar los días olvido la cinta. Sin embargo, no olvido la pregunta que todos los fans tuvimos al ver el final: ¿y el pulpo?

2019

Caen pulpos del cielo.

Eso aparece en la pantalla de mi computador.

Un auto avanza por una carretera en Tulsa, Oklahoma. En el auto va Angela Abar (Sister Night), una detective de la policía que usa un pasamontañas y algo similar a un hábito de monja.

Es uno de los vigilantes, los nuevos vigilantes.

Ahora estamos en el año 2019. Robert Redford es el presidente.

Abar detiene su auto. Caen más pulpos del cielo. No se explica por qué. Ni la conexión con el pulpo de la novela gráfica.

Hace un tiempo un amigo me pasó un par de copias de Before Watchmen, suerte de precuela con que DC intentó estrujar el legado de Watchmen. Alcancé a pasar dos páginas antes de devolvérselas.

Desde entonces he estado de acuerdo con Alan Moore, quien desaprueba cualquier subproducto que nazca de Watchmen.

Pero el ruido mediático es más grande y prendo el computador y veo tres episodios al hilo de Watchmen, la serie de HBO, y puede que Damon Lindelof, encargado de esta adaptación, haya captado algo clave. Algo que la cinta de Zack Snyder no logró.

No son solo los pulpos cayendo del cielo mientras Angela Abar maneja.

Sino tres cosas.

Lo primero es la decadencia de los superhéroes. Ese momento en que los encapuchados se resisten a dejar el poder.

Alan Moore lo puso así: "Parte de ser un héroe es saber cuándo ya no necesitas ser uno".

Lo segundo es la estructura. Watchmen es una novela gráfica de arquitectura compleja. Para ejemplificar lo mejor regresar a la novela gráfica: al volumen cinco. Es un hito dentro del cómic. Aterradora simetría funciona como una pirámide en la cual hay una correlación entre las últimas y las primeras páginas; el efecto culmina al abrir por la mitad el capítulo (14 y la 15).

Es una arquitectura narrativa que no se puede replicar en ningún otro formato. Por eso la adaptación al cine flaquea (por eso y porque no se atrevieron con el pulpo). Y por eso a ratos la serie funciona: Lindelof mantiene ciertas reglas televisivas, pero a la vez juega con sus propias reglas. Los mejores momentos de la serie de HBO son cuando uno no tiene idea de qué diablos está viendo. Y los peores momentos de Watchmen son cuando Lindelof cae en esos tics de Lost llenos de manipulación y suspenso innecesarios.

Un tercer elemento es el camp, esa sensibilidad estética que mezcla humor, ironía y la exageración.

Watchmen es la parodia de los superhéroes. El mejor ejemplo es Nite Owl decaído, triste, como un Batman que no va al gimnasio. O Rorschach: un tipo que se pone una panty en su cabeza, o sea, no exactamente un héroe sino alguien que necesita terapia.

Pero el que mejor representa el tono camp es Jeremy Irons como Ozymandias; puede que su trama sea efectiva y hasta sicotrópica. Con esto Lindelof le hace un guiño a los fans de la vieja escuela y, a su vez, se toma su tiempo. Porque siguen pasando los episodios y no sabemos, en verdad, qué diablos sucede con Ozymandias, y como eso se conecta con la trama principal, y ¿por qué lo catapultaron al espacio?

A dos capítulos de que termine la primera temporada de Watchmen, las preguntas se multiplican.

¿Saldrá sin rasguños esta nueva adaptación de Watchmen?

¿Terminará Lindelof por auto-boicotearse?

Y Alan Moore: ¿siente Alan Moore escalofríos cuando todos los lunes los fanáticos diseccionan compulsivamente cada episodio de esa adaptación que él, como todas las anteriores, ni siquiera aprueba?

¿Quién vigila a los que impulsivamente vigilan Watchmen?

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