Damien Manivel: “Isadora Duncan y su libertad me inspiraron”

La actriz Agathe Bonitzer en una escena de Los hijos de Isadora, de Damien Manivel.

El cineasta galo habla de Los hijos de Isadora, filme en la plataforma Mubi por el que ganó Mejor director en Locarno 2019.



Silenciosamente, sin la estridencia mediática de las plataformas más conocidas, Mubi ha ido ganándose un lugar entre los espectadores. El servicio de streaming dedicado al cine arte tiene un catálogo original y este año las últimas películas de Werner Herzog (Family Romance LLC) y Pablo Larraín (Ema) tuvieron ahí su estreno mundial online.

Uno de sus largometrajes más recientes es Los hijos de Isadora, la película del francés Damien Manivel (1981) que el año pasado ganó Mejor director en el Festival de Locarno. Poseedor de un raro instinto poético para retratar la cotidianeidad, Manivel utiliza la coreografía Madre (1923) de Isadora Duncan (1877-1927) para contar tres historias: la de una bailarina que prepara la obra, la de una maestra y su discípula y la de una mujer anciana que asiste a la función de la pieza.

La tragedia está en el origen de la coreografía: la influyente bailarina estadounidense la creó tras la muerte de sus dos pequeños hijos en 1913. Desde París, Manivel conversa con La Tercera.

¿Cómo se originó la idea de la película?

Antes de hacer cine yo era bailarín y siempre quise hacer un filme sobre la danza. El problema es que no podía encontrar una historia que me satisfaciera. Eso sólo lo logré después de que comencé a trabajar con la actriz Agathe Bonitzer, quien improvisó unos pasos que a una coreógrafa amiga le parecieron similares a los de la obra Madre de Isadora Duncan. Le pregunté a mi amiga de que se trataba y me contó que Isadora Duncan había creado la obra tras la muerte de sus dos hijos en un accidente automovilístico. Supe que ése sería el tema de mi película.

¿Cómo se hace un filme así sin caer en el melodrama?

Fue el desafío más grande. Todo se redujo a encontrar las emociones justas, la distancia necesaria y el respeto requerido por la historia de Isadora Duncan.

¿Cómo eligió el orden de las historias?

La primera historia, con Agathe, debía mostrar el descubrimiento de esta partitura coreográfica. La segunda historia tenía que contar cómo se transmite esta pieza de una persona a otra. Finalmente, el tercer segmento debía mostrar la recepción en el público, exhibir las emociones que provoca. En ese caso es la actriz Elsa Wolliaston, una mujer bastante mayor y a quien incluso le cuesta caminar.

¿Isadora Duncan tiene importancia hoy en la danza?

Es raro, pero cuando me dedicaba a bailar, leí su autobiografía y no pude enganchar con nada. Todo me parecía de otra época, lejano y anclado a modas que ya no existen. Años después compré el libro de nuevo, pero tampoco conecté. Sin embargo, al comenzar a hacer la película todo lo que decía cobró sentido. Su visión me ayudó sobre todo desde el punto de vista cinematográfico, tratando de pensar como lo haría ella. Ya nadie practica la danza de esta manera, con tanta vitalidad, romanticismo, tragedia y hasta esoterismo. Todo es un poco de vida o muerte para Duncan y esta vez me sumergí en lo que decía. Como cineasta, creo que su libertad me dio inspiración para esta película.

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