Sidney Lumet: el refugio moral del cine neyorquino

Una de las escenas culminantes de Doce Hombres en Pugna (1957), con Henry Fonda en el medio del jurado.

La plataforma Qubit TV ofrece Doce Hombres en Pugna (1957), clásico entre las películas de juicios. Del mismo Lumet, HBO Go tiene Serpico (1973), referente del cine sobre corrupciones policíacas.



Sidney Lumet, el gran realizador de películas como Tarde de perros (1975) y Network (1976), se formó como actor y a los cuatro años ya estaba participando en un teatro de la comunidad judía en Nueva York, la ciudad donde ambientó sus mejores películas. Quizás por eso no resulta extraño su soberbio manejo de los grandes ensambles de actores, una cualidad que demostró en su primera película, Doce hombres en pugna (1957), y que repitió en largometrajes Largo viaje de un día hacia la noche (1962) y Asesinato en el Expreso Oriente (1974).

Lumet no venía del cine de autor ni de las universidades, como sería el caso de la generación de Martin Scorsese o Francis Ford Coppola, sino que del mundo del ensayo y el error del teatro y de la televisión. Se apegaba a los hechos más que a la teoría, no tenía delirios de artista y más bien era un trabajador a tiempo completo de su oficio. En ese terreno fue uno de los mejores, con algo de la sabia artesanía que antes también detentaron realizadores como Raoul Walsh (Altas sierras) o Michael Curtiz (Casablanca), aunque con la inclinación ideológica liberal de sus contemporáneos Robert Mulligan (Matar a un ruiseñor), Alan J. Pakula (Todos los hombres del presidente) o Arthur Penn (Bonnie and Clyde).

Filmó con una rapidez sorprendente, a razón de casi una película al año y es difícil encontrar puntos bajos en una obra donde además están películas como Serpico (1973), con Al Pacino; Antes que el diablo sepas que estás muerto (2007), con Philip Seymour Hoffman; Al filo del vacío (1988), con River Phoenix; Network (1976), con Peter Finch; o The Anderson tapes (1971), con Sean Connery.

Doce hombres pugna está disponible en la excelente plataforma de streaming Qubit TV, un servicio argentino con una oferta sorprendente de clásicos y, en general, de películas de grandes realizadores, muchos de ellos ausentes de Netflix o incluso de Amazon Prime o HBO Go, que apuestan algo al cine hecho antes de 1980. Basta decir que sólo durante esta semana, la plataforma estrenó Mamma Roma (1962), de Pier Paolo Pasolini, El beso del asesino (1955) de Stanley Kubrick y Cuentos de terror (1962) de Roger Corman.

Con una escenografía enmarcada en las cuatro paredes de la sala de deliberación de un jurado de 12 integrantes, el filme de Lumet nos entrega la discusión en torno a la culpabilidad de un muchacho a las puertas de la pena de muerte. Acusado de matar a su padre con un cuchillo, el chico (de quien nunca sabemos el nombre y apenas vemos la cara en el inicio) tiene dos testimonios en el estrado y 11 miembros del jurado en su contra.

Sólo un integrante del grupo, el jurado 8 (Henry Fonda), duda de su culpabilidad. Las palabras de los testigos (una mujer que dice haber visto el crimen por la ventana y un anciano que asegura haber escuchado la reyerta) le parecen pruebas discutibles También le parece floja la acción del abogado defensor. Aunque no está seguro de la inocencia del muchacho, se plantea algo que nadie en esa sala: si van a mandar a alguien a la cámara de gas, al menos sus eventuales verdugos podrían tomarse una hora en discutirlo.

“Sólo quiero hablar” dice el jurado 8, aunque en rigor tiene más cartas sobre la mesa que su mera buena conciencia. Su intención es interpelar a la cabeza y tal vez a los sentimientos del jurado 4 (E.G. Marshall), un corredor de la bolsa que parece ser todo cerebro y análisis; al jurado 7 (Jack Warden), un entrenador de fútbol americano al que sólo le importa llegar al partido de los Yankees a las 8 de la tarde; o al jurado 1 (Martin Balsam), el pusilánime e inofensivo presidente del los convocados. Es difícil, seguramente, que pueda ir contra la voluntad jurado 10 (Ed Begley), un intolerante sin remedio. O contra el jurado 3 (Lee J. Cobb), algo así como la némesis del bien y epítome del odio, el prejuicio y la miseria.

El jurado 8, el encargado de ir convenciendo a sus muy terrenales compañeros, es interpretado por Henry Fonda. Sidney Lumet, que era actor, sabia que la querida estrella era el refugio moral de los espectadores desde los tiempos en que protagonizó El joven Lincoln (1939) y Las uvas de la ira (1949), ambas de John Ford. Y sabía que Lee J. Cobb entregaba lo mejor de sí mismo al trajinar en las bajezas del alma.

En realidad sabia muchas cosas y cada uno de los 12 actores en pugna en este clásico americano juegan a la altura de las circunstancias, del tema y de la sana costumbre de observar la realidad desde todos los puntos de vista posibles.

Lumet no era ningún ingenuo y sabía que nadie es tan bruto ni nadie tan santo. En el desarrollo de la trama se ofrecen otras caras de los personajes y otras aristas del caso. Dieciséis años después continuó con la historia de otro neoyorquino enfrentado a la niebla de la injusticia y los trapos sucios. Lo haría en Serpico, la película donde Al Pacino es un oficial de la ley que busca limpiar la mugre bajo la alfombra de su propio departamento de policía. Ahí hay más de doce hombres en pugna, pero la tarea de ver más allá de la fachada y de lo que parece evidente es la misma de siempre.

El filme está disponible en HBO Go y es tan cívico, democrático e incorruptible como Doce hombres en pugna. En estos tiempos nunca estarán de más las películas de este referente del mejor cine estadounidense de los últimos 60 años.

Al Pacino es el policía Frank Serpico en la película Serpico (1973), de Sidney Lumet. Disponible en HBO Go.

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