Las memorias de Barack Obama: lee un extracto de Una tierra prometida

Barack Obama

En el primer volumen de sus memorias presidenciales, Barack Obama cuenta la historia de su formación política y los momentos cumbre del primer período de su histórica presidencia, una época de gran conmoción y profundas transformaciones en Estados Unidos.



Culto presenta en exclusiva un extracto del capítulo de Una tierra prometida (Debate, 2020), donde el expresidente de Estados Unidos cuenta con especial vigencia cómo fue su primera visita al despacho Oval, a pocos días de las elecciones de 2008, cuando los Bush lo invitaron junto a su esposa Michelle a un recorrido por el que pronto sería su hogar.

El también Premio Nobel de la Paz narra detalles sobre la formación de su primer gabinete y la trastienda de su investidura. “Se parece a nuestra boda”, se quejó ante su esposa, “pero con una lista de invitados más larga”.

En el libro, de reciente traducción al español por el sello Debate, Obama entrega una singular visión sobre la política bipartidista de Estados Unidos y la diplomacia internacional, entre visitas a la Sala de Crisis de la Casa Blanca, Moscú, El Cairo y Beijing, entre otros lugares, sin dejar de analizar la crisis financiera, Afganistán o la operación que acabó con la muerte de Osama bin Laden.

Barack Obama

Capítulo 10 (extracto)

Si bien había visitado la Casa Blanca en varias ocasiones como senador de Estados Unidos, nunca había estado en el despacho Oval antes de ser elegido presidente. La habitación es más pequeña de lo que uno espera —no llega a los once metros en el lado más largo, dos metros menos en el otro— pero el techo es alto e impresionante, y su aspecto coincide con las fotos y las imágenes de los telediarios. Está el retrato de Washington sobre la repisa de una chimenea cubierta de hiedra y los dos sillones altos, rodeados de sofás, en los que se sientan el presiente y el vicepresidente o los mandatarios extranjeros de visita. Están las dos puertas que combinan a la perfección con las paredes ligeramente curvas —una da al pasillo, la otra al «despacho externo», donde se instalan los asistentes personales del mandatario— y una tercera que conduce a una pequeña oficina interna y a un comedor privado. Están los bustos de dirigentes ya fallecidos y el famoso bronce del cowboy de Remington; el antiguo reloj de pie y las estanterías hechas a medida; la gruesa alfombra oval con el águila ceñuda bordada en el centro y el escritorio Resolute —regalo de la reina Victoria en 1880 que fue profusamente tallado a partir del casco de un barco británico a cuya tripulación ayudó a rescatar de una catástrofe un ballenero estadounidense—, lleno de escondrijos y cajones secretos, con un panel central que se abre y es la delicia de cualquier niño que tiene la oportunidad de atravesarlo gateando. Pero si hay algo que las cámaras no suelen captar del despacho Oval es la luz. La sala está repleta de luz. En los días diáfanos entra a raudales a través de los enormes ventanales de los lados Este y Sur, y a medida que el sol se desvanece al final de la tarde va tiñendo todas las cosas con un brillo dorado que se convierte en un grano fino y luego veteado. Cuando hace mal tiempo y el jardín Sur está cubierto por la lluvia, la nieve o la extraña niebla matutina, la habitación adquiere una tonalidad ligeramente azulada, aunque sin dejar de ser clara, la débil luz natural se ve reforzada por las bombillas interiores escondidas tras una cornisa que iluminan hacia abajo desde el techo y las paredes. Las luces jamás se apagan, de forma que incluso a mitad de la noche el despacho Oval permanece luminiscente, brillando en la oscuridad como la antorcha circular de un faro.

La mayor parte de los ocho años de mi mandato los pasé en esa habitación, escuchando con atención informes de inteligencia, recibiendo a jefes de Estado, persuadiendo a miembros del Congreso, compitiendo con aliados y adversarios, y posando frente a las cámaras junto a miles de visitantes. Allí me reí con los miembros de mi equipo de gobierno, también maldije y en más de una ocasión tuve que contener las lágrimas. Con el tiempo acabé sintiéndome lo bastante cómodo como para apoyar los pies sobre el escritorio o sentarme en él, rodar por el suelo con un niño o echar una siesta en el sofá. Alguna vez tuve la fantasía de salir por la puerta Este y recorrer la calzada de entrada, pasar la garita de seguridad y los portones de hierro forjado, perderme en las calles repletas de gente y regresar a mi vida anterior.

Pero jamás perdí del todo el sentimiento de respeto que me invadía cada vez que entraba al despacho Oval, la sensación de que estaba entrando no a un despacho sino a un santuario de la democracia. Día tras día, su luz me consoló y me dio fuerzas, recordándome el privilegio de mis responsabilidades y mis obligaciones.

Mi primera visita al despacho Oval sucedió a los pocos días de las elecciones, cuando, siguiendo una vieja tradición, los Bush nos invitaron a Michelle y a mí a un recorrido por el que en breve sería nuestro hogar. Recorrimos la sinuosa entrada del jardín Sur de la Casa Blanca en un vehículo del Servicio Secreto, intentando asimilar el hecho de que en menos de tres meses nos mudaríamos allí. Era un día soleado y cálido, los árboles aún tenían muchas hojas y el jardín de las Rosas rebosaba de flores. El prolongado otoño de Washington nos ofreció un bienvenido alivio, porque en Chicago el clima se había vuelto oscuro y bruscamente frío, el viento del Ártico había desnudado los árboles de sus hojas, como si el poco habitual ambiente templado que habíamos disfrutado la noche de las elecciones hubiera sido apenas parte de un decorado más amplio que debía ser desmantelado en cuanto se acabara la celebración.

El presidente y la primera dama, Laura Bush, nos recibieron en el Pórtico Sur, y tras el obligatorio saludo a los reporteros, el presidente Bush y yo nos dirigimos al despacho Oval, mientras Michelle y la señora Bush fueron a la residencia a tomar el té. Tras algunas fotografías más y después de que un joven mayordomo nos ofreciera un refrigerio, el presidente me invitó a tomar asiento.

—¿Y? —me preguntó— ¿Qué se siente?

—Es demasiado —dije sonriendo—. Seguro que lo recuerdas.

—Sí, lo recuerdo. Parece que fue ayer —dijo asintiendo con energía—. Aunque, te lo advierto... es todo un viaje el que estás a punto de empezar. No hay nada parecido. Hay que recordarlo todos los días para valorarlo.

Ya fuera por respeto a la institución, por la experiencia de su padre o por los malos recuerdos de su propia transición (había rumores de que algunos empleados de los Clinton habían quitado la letra w de los ordenadores de la Casa Blanca antes de marcharse), o quizá solo por una cortesía elemental, el presidente Bush terminó haciendo todo lo que estuvo en su mano para que las cosas fluyeran sin problemas durante aquellas once semanas entre mi elección y su partida. Todos los despachos de la Casa Blanca tenían un detallado «manual de instrucciones». El personal se había ofrecido a reunirse con sus sucesores, responder preguntas e incluso permitir que estuvieran presentes mientras aún cumplían con sus obligaciones. Las hijas de Bush, Barbara y Jenna, por aquel entonces ya unas jovencitas, reorganizaron sus agendas para hacerles a Malia y a Sasha su propio recorrido por los lugares más «divertidos» de la Casa Blanca. Me prometí a mí mismo que, cuando llegara el momento, trataría a mi sucesor de la misma forma.

El presidente y yo charlamos sobre una amplia cantidad de temas —la economía, Irak, los medios de comunicación acreditados, el Congreso— durante esa primera semana sin que él abandonara su tono bromista y un poco inquieto. Me ofreció francas valoraciones sobre algunos líderes extranjeros, me advirtió de que personas de mi propio partido acabarían causándome algunos de los peores dolores de cabeza y accedió amablemente a organizar un almuerzo con todos los expresidentes vivos en algún momento antes de la investidura.

Sabía que había ciertos límites inevitables en la sinceridad de un presidente frente a su sucesor; sobre todo frente a uno que se había opuesto a gran parte de su historial. Al mismo tiempo era consciente de que más allá del aparente buen humor del presidente Bush, mi presencia en el despacho que estaba a punto de abandonar debía de despertar en él sentimientos encontrados. Seguí su ejemplo y evité profundizar demasiado en política. Más que nada, me dediqué a escuchar.

Solo en una ocasión dijo algo que me llamó la atención. Estábamos hablando de la crisis financiera y de los esfuerzos del secretario Paulson por organizar el programa de rescate a los bancos ahora que el TARP había sido aprobado en el Congreso. «La buena noticia, Barack —dijo—, es que cuando asumas el cargo, te habremos evitado la parte más dura. Vas a poder arrancar haciendo borrón y cuenta nueva.»

Me quedé mudo por un instante. Charlaba con Paulson con frecuencia y sabía que la probabilidad de una caída en cadena de los bancos y una crisis económica global seguía siendo muy real. Miré al presidente e imaginé todas las esperanzas y las convicciones que debía de haber traído la primera vez que entró al despacho Oval como presidente electo, no menos encandilado por su brillo que yo, e igual de ansioso por cambiar y mejorar el mundo, igual de seguro de que la historia iba a juzgar su presidencia como un éxito.

—Fue un gesto muy valiente por tu parte lograr que se aprobara TARP —dije al fin—. Enfrentarte a la opinión pública y a tanta gente de tu propio partido por el bien del país.

Al menos eso era cierto. No tenía sentido decir nada más.

Al regresar a Chicago, nuestra vida cambió bruscamente. En casa nada parecía muy diferente. Hacíamos el desayuno y preparábamos a las niñas para ir a la escuela, nos pasábamos las mañanas devolviendo llamadas y charlábamos con los miembros del equipo. Pero en cuanto alguno de nosotros cruzaba el umbral de la puerta, era un mundo nuevo. Los periodistas se habían instalado en la esquina, tras unas barreras de cemento recién levantadas. Los francotiradores del Servicio Secreto hacían guardia en el techo, vestidos de negro. Una visita a la casa de Marty y Anita, a apenas unas manzanas de distancia, suponía un gran esfuerzo; una escapada a mi viejo gimnasio ya era impensable. De camino a nuestras oficinas temporales en el centro, me di cuenta de que las carreteras vacías que Malia había comentado la noche de las elecciones eran ahora la nueva normalidad. Todas mis entradas y salidas de edificios eran a través de las áreas de carga y de ascensores de servicio, completamente despejadas a excepción de algunos guardias de seguridad. Me sentía como si viviera en una ciudad fantasma particular, eterna y portátil.

Pasaba las tardes formando el Gobierno. Una nueva Administración genera menos cambios de lo que la mayoría de la gente cree. De los más de tres millones de personas que emplea el Gobierno federal, entre civiles y militares, apenas unos pocos miles son los llamados cargos políticos, que prestan servicio según la voluntad del presidente. De entre esos, el presidente tiene un trato habitual, significativo, con menos de cien altos cargos y asistentes personales. Los presidentes tienen el poder de articular una imagen y establecer una dirección para el país; el poder de promover una cultura institucional sana, estableciendo cadenas de responsabilidad y medidas de rendición de cuentas muy claras. Al fin y al cabo, iba a ser yo quien tomara las decisiones finales sobre los temas relevantes y quien iba a tener que explicárselas al país. Para hacerlo, al igual que los presidentes que me habían precedido, dependería del puñado de per-sonas que hicieran de mis ojos, oídos, manos y pies; de quienes iban a convertirse en mis administradores, ejecutores, facilitadores, analistas, organizadores, líderes de equipos, comunicadores, mediadores, solucionadores de problemas, chalecos antibalas, negociadores sinceros, cajas de resonancia, críticos constructivos y soldados leales. Era clave, por lo tanto, elegir bien esos primeros nombramientos; empezando por la persona que iba a ser mi jefe de gabinete. Desgraciadamente, la respuesta inicial del primer candidato en la lista fue poco entusiasta.

«Ni de coña.»

Era Rahm Emanuel, antiguo recaudador de fondos para Richard Daley y enfant terrible de la Administración Clinton, actual congresista por el distrito norte de Chicago y autor intelectual de la ola demócrata que en 2006 había recuperado el Congreso. Bajo, esbelto, inquietantemente apuesto, enormemente ambicioso y ligeramente maniático, Rahm era más listo que la mayoría de sus colegas en el Congreso y famoso por no ocultarlo. También era divertido, sensible, ansioso, leal y célebremente soez. Unos años antes, en una barbacoa benéfica en su honor, conté que, tras haber perdido el dedo corazón en una cortadora de carne cuando era un adolescente, Rahm había quedado casi mudo.

«Escucha, me halaga que me lo pidas —dijo Rahm cuando contacté con él un mes antes de las elecciones—. Haré lo que haga falta para ayudarte. Pero estoy feliz donde estoy. Mi esposa y mis hijos son felices. Y conozco todo demasiado bien como para creer en esa mierda de una Casa Blanca respetuosa con los tiempos familiares. En todo caso, estoy seguro de que encontrarás a un candidato mejor que yo.»

No pude rebatir a Rahm sobre las dificultades que implicaba aceptar mi oferta. En la Casa Blanca moderna, el jefe de gabinete es el mariscal de campo, el final del embudo por el que deben pasar primero todas las cuestiones dirigidas al presidente. Pocas personas del Gobierno (incluido el presidente) trabajaban más horas o bajo una presión más continua.

Pero Rahm estaba equivocado al decir que tenía mejores opciones. Tras dos agotadores años en campaña, Plouffe ya me había dicho que no iba a unirse en un primer momento a la Administración, en parte porque su esposa Olivia había tenido un bebé apenas tres días después de las elecciones. Tanto mi jefe de gabinete en el Senado, Peter Rouse, como el antiguo jefe de gabinete de Clinton, John Podesta, que había aceptado dirigir nuestro equipo de transición, se habían apartado de la carrera. Y si bien Axe, Gibbs y Valerie iban a aceptar altos cargos en la Casa Blanca, ninguno reunía la combinación de habilidad y experiencia necesaria para el puesto de jefe de gabinete.

Rahm, en cambio, sabía de política; conocía a los políticos, conocía el Congreso, conocía la Casa Blanca y conocía los mercados financieros tras haber pasado una temporada trabajando en Wall Street. Su descaro e impaciencia no gustaban a algunas personas. Como comprobaría más tarde, su afán por «marcarse unos puntos» a veces le llevaba a prestar más atención al cierre de un acuerdo que a su contenido. Pero con una crisis económica que abordar y ante lo que sospechaba que podía ser un periodo limitado para cumplir con mis objetivos en un Congreso controlado por los demócratas, estaba convencido de que su estilo de martillo pilón era exactamente lo que necesitaba.

Los últimos días antes de las elecciones conseguí convencer a Rahm, apelando a su ego pero también a la honradez y al genuino patriotismo que escondía tras su personaje de chico listo. («¿La mayor crisis que va a tener que afrontar el país durante nuestra vida —le grité— y tú piensas quedarte de brazos cruzados?») Axe y Plouffe, que conocían bien a Rahm y le habían visto en acción, se emocionaron cuando aceptó el puesto. Pero no todos mis seguidores estaban igual de entusiasmados. ¿Acaso Rahm no había apoyado a Hillary?, protestaron algunos. ¿No representaba a esa misma versión calculadora del Partido Demócrata que asistía a Davos, que consentía a Wall Street, aquella facción enfocada en Washington y obsesivamente centrista contra la que nos habíamos presentado? ¿Cómo podía confiar en él?

Todas eran variaciones de una pregunta que se iba a repetir los meses siguientes: ¿qué tipo de presidente quería ser? Había ejecutado una gran maniobra durante la campaña, atrayendo el apoyo de independientes e incluso de algunos republicanos moderados, con la promesa del bipartidismo y el final de las políticas de desmontaje, al mismo tiempo que había retenido el entusiasmo de la izquierda. Y no había conseguido eso diciéndole a distintas personas lo que querían oír sino sosteniendo lo que sentía que era verdad: que para avanzar en políticas progresistas, como una sanidad universal o la reforma de la inmigración, no solo se podía sino que se debía evitar el pensamiento doctrinario, destacar lo que funcionaba y escuchar con respeto lo que opinaba la otra parte.

Los votantes habían apoyado mi mensaje porque sonaba diferente y estaban ávidos de algo diferente; porque nuestra campaña no dependía del respaldo de los grupos de interés habituales y de agentes intermediarios que de otra forma me habrían obligado a una estricta ortodoxia partidista; porque era algo nuevo e imprevisto, un lienzo blanco sobre el que los simpatizantes de todo el espectro ideológico podían proyectar su propio concepto de cambio.

Sin embargo, en cuanto empecé a designar los cargos, comenzaron a notarse las distintas expectativas que había en el seno de mi propia coalición. Al fin y al cabo, cada persona que elegía para un puesto de la Administración traía consigo su propio historial, su rastro documental y su grupo de seguidores y detractores. Al menos para los expertos —los políticos, agentes y reporteros cuyo trabajo consistía en saber predecir el futuro— cada uno de aquellos nombramientos mostraba mis verdaderas intenciones políticas, mi inclinación a la derecha o la izquierda, mi disposición a romper con el pasado o a vender más de lo mismo. La elección de las personas reflejaba la elección de las políticas, y con cada nueva elección, iba creciendo la posibilidad del desencanto.

[…]

Más o menos en la misma época en que terminaba de decidir mi equipo económico, le pedí a mis colaboradores y agentes del Servicio Secreto que acordaran una reunión privada en la estación de bomberos del aeropuerto Nacional Ronald Reagan. Cuando llegué, las instalaciones estaban vacías, habían reubicado los camiones para acoger nuestra comitiva. Entré en una habitación en la que habían servido un refrigerio y saludé al hombre pequeño y encanecido de traje gris que estaba sentado en el interior.

—Señor secretario —dije mientras le estrechaba la mano—. Gracias por su tiempo.

—Felicitaciones, presidente electo —me respondió Robert Gates con la mirada inflexible y la sonrisa tensa, antes de sentarnos y ponernos manos a la obra.

Se puede decir que el secretario de Defensa del presidente Bush y yo no frecuentábamos los mismos círculos. De hecho, más allá de nuestras raíces comunes en Kansas (Gates había nacido y crecido en Wichita), resulta difícil imaginar a dos individuos con trayectorias tan distintas llegando a un mismo lugar. Gates era un eagle scout, un oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, experto en Rusia y recluta de la CIA. En el apogeo de la Guerra Fría, había trabajado en el Consejo de Seguridad Nacional con Nixon, Ford y Carter, y en la agencia con Reagan, antes de convertirse en el director de la CIA con George H. W. Bush. (Reagan lo había propuesto antes, pero ciertas dudas sobre su participación en el escándalo Irán-Contra lo habían apartado del cargo.) Con la llegada de Bill Clinton, Gates dejó Washington D. C., entró en consejos de empresas, y más tarde trabajó como presidente de la Universidad de Texas A&M, cargo que mantuvo hasta 2006, cuando George W. Bush le pidió que reemplazara a Donald Rumsfeld en el Pentágono y rescatara la estrategia de la guerra de Irak, que por entonces estaba totalmente en ruinas.

Era un republicano, un halcón de la Guerra Fría, un miembro acreditado del establishment en asuntos de seguridad nacional, un antiguo adalid de las intervenciones internacionales contra las que seguramente yo había protestado en la universidad, y actual secretario de Defensa de un presidente cuyas políticas bélicas aborrecía. Aun así, aquel día me encontraba en la estación de bomberos para pedirle a Bob Gates que siguiera en el cargo como mi secretario de Defensa.

Al igual que para los nombramientos en materia económica, mis motivos eran prácticos. Con ciento ochenta mil soldados estadounidenses desplegados en Irak y Afganistán, cualquier cambio a gran escala en el Departamento de Defensa parecía plagado de riesgos. De hecho, a pesar de las diferencias que Gates y yo hubiéramos podido tener respecto a la decisión inicial de invadir Irak, las circunstancias nos habían empujado a compartir cierta idea del camino a seguir. Cuando el presidente Bush —por recomendación de Gates— ordenó un «aumento» de tropas estadounidenses en Irak a principios de 2007, yo me mostré escéptico, no porque dudara de la capacidad de los soldados estadounidenses para reducir la violencia en ese lugar, sino porque se planteaba como un compromiso con final abierto.

Sin embargo, bajo la dirección de Gates, el incremento dirigido por Petraeus (y la negociada alianza con las tribus suníes en la provincia de Ambar) no solo redujo significativamente la violencia, sino que había brindado tiempo y espacio a los iraquíes para hacer política. Con la ayuda de la meticulosa diplomacia de la secretaria de Estado Condoleezza Rice, y sobre todo del embajador estadounidense en Irak, Ryan Crocker, Irak estaba en la senda de formar un gobierno legítimo, con unas elecciones programadas para finales de enero. A mitad de mi transición, la Administración Bush había llegado a anunciar un Acuerdo sobre el Estatus de Fuerzas con el Gobierno de Maliki para la retirada de las tropas estadounidenses de Irak a finales de 2011; cronograma que reflejaba cabalmente lo que yo había propuesto durante la campaña. Al mismo tiempo, Gates había enfatizado públicamente la necesidad de que Estados Unidos volviera a centrar la atención en Afganistán, una de las propuestas centrales de mi programa de política exterior. Seguía teniendo algunas dudas sobre la paz, los recursos y el personal. Pero la estrategia principal de reducir de manera paulatina las operaciones militares en Irak y potenciar nuestros esfuerzos en Afganistán estaba asentada con firmeza; y al menos por el momento nadie estaba en mejor posición para ejecutar esa estrategia que el actual secretario de Defensa.

Además, había poderosos motivos políticos para mantener a Gates en el cargo. Había prometido terminar con el rencor partidista y la presencia de Gates en mi gabinete demostraba que tenía serias intenciones de cumplir esa promesa. Retenerlo serviría para generar confianza entre la comunidad militar y las diferentes organizaciones que conformaban la inteligencia de Estados Unidos (conocida como IC). Disponer de un presupuesto militar más grande que el de los de los siguientes treinta y siete países juntos provocaba que los altos cargos del Departamento de Defensa y de la IC fueran hombres de firmes convicciones, hábiles en las luchas burocráticas internas y que se inclinaran por seguir haciendo las cosas siempre igual. Eso no me intimidaba. A grandes rasgos, sabía lo que quería hacer y entendía que las costumbres derivadas de la cadena de mando —como hacer el saludo y ejecutar las órdenes del comandante en jefe, incluso aquellas con las que uno estaba del todo en desacuerdo— estaban profundamente arraigadas.

Con todo, sabía que dirigir el aparato de la seguridad nacional estadounidense hacia una nueva dirección no había sido sencillo para ningún presidente. Si Eisenhower —antiguo Comandante Supremo Aliado y uno de los arquitectos del Día D— en ocasiones se había sentido bloqueado por lo que llamaba el «complejo militar-industrial», había grandes probabilidades de que impulsar una reforma fuera aún más difícil para un presidente afroamericano recién elegido, que jamás había prestado servicio en uniforme, que se había opuesto a una misión a la que muchos habían dedicado la vida, que quería poner freno al presupuesto militar, y que con toda seguridad había perdido el voto del Pentágono por un margen considerable. Para terminar con todo aquello, y no postergarlo uno o dos años, lo que necesitaba era una persona como Gates, que sabía cómo funcionaba la estructura y dónde estaban las trampas; alguien que ya gozaba de un respeto que yo —a pesar de mi cargo— tendría que ganarme de alguna forma.

Había un último motivo por el que quería a Gates en mi equipo, y era resistirme a mis propios prejuicios. La imagen de mí mismo que había surgido en la campaña —el idealista romántico que se oponía por instinto a la acción militar y que creía que todos los problemas en el escenario internacional se podían resolver mediante el diálogo moralista— jamás había sido del todo correcta. En realidad, creía en la diplomacia y pensaba que la guerra debía ser el último recurso. Creía en la cooperación multilateral para afrontar problemas como el cambio climático y que una firme difusión de la democracia, el desarrollo económico y los derechos humanos en todo el mundo ayudarían a cumplir nuestros intereses de seguridad nacional a largo plazo. Quienes me votaron o trabajaron en mi campaña se inclinaban a compartir esas creencias, y lo más probable era que estuvieran en mi Administración.

Pero mis opiniones sobre política exterior —y ciertamente también mi oposición a la invasión de Irak— estaban en deuda casi en la misma proporción con la escuela «realista», una aproximación que apreciaba el control, daba por descontado la información imperfecta y las consecuencias imprevistas, y atenuaba la creencia en la excepcionalidad de Estados Unidos con cierta humildad a la hora de pensar en nuestra capacidad real para rehacer el mundo a nuestra imagen. Con frecuencia sorprendía a las personas al nombrar a George H. W. Bush como uno de los últimos presidentes cuya política exterior admiraba. Bush, junto a James Baker, Colin Powell y Brent Scowcroft, habían gestionado hábilmente el final de la Guerra Fría y el exitoso desarrollo de la guerra del Golfo.

Gates había crecido trabajando con esos hombres, y en su gestión de la campaña en Irak había visto suficientes coincidencias entre nuestras opiniones como para confiar en que podíamos trabajar juntos. Contar con su opinión en la mesa, junto a la de otras personas como Jim Jones —general con cuatro estrellas retirado y antiguo jefe del Comando Europeo, a quien había designado como mi primer asesor en cuestiones de seguridad nacional— garantizaban que iba a escuchar distintos puntos de vista antes de tomar cualquier decisión importante, y que constantemente pondría a prueba mis creencias más profundas frente a personas que tenían jerarquía y confianza suficientes para decirme si me estaba equivocando.

Evidentemente, todo eso dependía de un nivel básico de confianza entre Gates y yo. Cuando le pedí a un colega que tanteara su posible disposición a continuar en el cargo, Gates respondió con una lista de preguntas. ¿Cuánto tiempo pretendía que se quedara? ¿Estaba dispuesto a mostrarme flexible en la retirada de tropas de Irak? ¿Cómo iba a abordar la dotación de personal y el presupuesto del Departamento de Defensa?

Sentados en aquella habitación de la estación de bomberos, Gates reconoció que no era habitual que un potencial miembro del gabinete interrogara de aquella manera a su futuro jefe. Esperaba que yo no lo considerara una impertinencia. Le aseguré que no me importaba y que su franqueza y su mente lúcida eran precisamente lo que estaba buscando. Repasamos su lista de preguntas. Por mi parte, yo también había llevado algunas. Cuarenta y cinco minutos más tarde, nos dimos la mano y nos escabullimos en comitivas separadas.

—¿Y? —me preguntó Axelrod cuando regresé.

—Se apunta —respondí—. Me gusta —y agregué—: veremos si yo también le gusto a él.

El resto de las piezas de mi equipo de seguridad nacional fueron encajando en su sitio sin demasiado alboroto: mi vieja amiga y antigua diplomática Susan Rice como embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas; Leon Panetta, excongresista por California y jefe de gabinete con Clinton, con una merecida reputación a favor del bipartidismo, como director de la CIA; y el almirante retirado Dennis Blair como director de Inteligencia Nacional. Algunos de mis asesores más cercanos durante la campaña asumieron puestos de funcionarios clave, incluyendo a mi preparador para los debates, Tom Donilon, como asesor adjunto en seguridad nacional; las jóvenes celebridades Denis McDonough, Mark Lippert y Ben Rhodes como asistentes adjuntos en el Consejo de Seguridad Nacional y Samantha Power en un cargo en el mismo organismo recientemente orientado a la prevención de catástrofes y al desarrollo de los derechos humanos.

Solo uno de los nombramientos pendientes despertaba un gran revuelo. Quería que Hillary Clinton fuera mi secretaria de Estado.

Los analistas ofrecían distintas teorías para explicar mis motivos para elegir a Hillary: necesitaba unificar un Partido Demócrata aún escindi-do; me preocupaba que ella me cuestionara desde su escaño en el Senado; me había influido el libro de Doris Kearns Goodwin Team of Rivals y trataba de imitar conscientemente a Lincoln designando para mi gabinete a un antiguo rival.

En realidad era mucho más simple. Pensaba que Hillary era la mejor persona para el puesto. Durante la campaña había sido testigo de su inteligencia, preparación y ética profesional. Más allá de lo que pensara de mí, confiaba en su patriotismo y su compromiso con el deber. Estaba convencido de que en una época en la que las relaciones diplomáticas globales eran tensas o sufrían de una negligencia crónica, una secretaria de Estado del calibre y poder de Hillary, con sus contactos y su comodidad para moverse en el escenario internacional aportaría más capacidad que nadie.

Con las cicatrices de la campaña aún en el recuerdo, no todos en mi bando estaban convencidos. («¿Estás seguro de que quieres a una secretaria de Estado que decía en la tele que no estabas preparado para ser comandante en jefe?», me preguntó un amigo. Tuve que recordarle que la persona que pronto sería mi vicepresidente había dicho lo mismo.) Hillary también estaba recelosa, y cuando le ofrecí el cargo por primera vez en una reunión en nuestra oficina temporal en Chicago unos diez días después de las elecciones, fui amablemente rechazado. Estaba cansada, dijo, y ansiosa por acomodarse a la agenda más predecible del Senado. Aún tenía deudas de campaña que necesitaba quitarse de encima. Y además tenía que tener en cuenta a Bill. Su trabajo a favor del desarrollo global y la salud pública en la Fundación Clinton había tenido un verdadero impacto en todo el mundo, y tanto Hillary como yo sabíamos que la necesidad de evitar hasta la mera apariencia de un conflicto de interés —sobre todo en lo relacionado con la captación de fondos— le impondrían nuevas limitaciones tanto a él como a la fundación.

Sus preocupaciones me parecieron válidas, pero también manejables. Le pedí que se tomara un tiempo y lo pensara mejor. Durante la semana siguiente, recluté a Podesta, Rahm, Joe Biden, a varios de nuestros colegas en el Senado y a cualquiera que se me ocurriera para que se acercara a Hillary y me ayudara a convencerla. A pesar de la presión, cuando volvimos a hablar por teléfono, a altas horas de la noche, Hillary me dijo que seguía inclinada a rechazar la oferta. Insistí, convencido de que fueran cuales fueran las dudas que aún sentía, tenían menos que ver con el puesto que con nuestra potencial relación. Conseguí que me diera su opinión sobre Irak, Corea del Norte, la proliferación de las armas nucleares y los derechos humanos. Le pregunté cómo renovaría el Departamento de Estado. Le aseguré que tendría acceso directo y constante a mí, y libertad para elegir a su propio equipo. «Eres demasiado importante para mí como para aceptar un no como respuesta», le dije antes de colgar.

A la mañana siguiente, Hillary había decidido aceptar la oferta y unirse a la Administración. Una semana y media más tarde la presenté junto al resto de mi equipo de defensa nacional —y a quien había elegido como fiscal general, Eric Holder, y a mi candidata para el Departamento de Seguridad Interior, la gobernadora Janet Napolitano— en una conferencia de prensa en Chicago. Cuando vi a los hombres y mujeres reunidos en el escenario, no pude evitar darme cuenta de que casi todos eran mayores que yo, contaban con décadas de experiencia en los niveles más altos del Gobierno, y como mínimo un par de ellos habían apoyado originariamente a otros candidatos a presidente, inmunes a los mensajes de esperanza y cambio. Pensé que al fin y al cabo sí era un equipo de rivales. No iba a tardar en descubrir si eso demostraba una justificada confianza en mis habilidades como líder o la ingenua fe de un novato que estaba a punto de estrellarse.

[…]

Dado el entusiasmo que había despertado nuestra campaña, las expectativas en torno a mi investidura —programada para el 20 de enero de 2009— eran muy elevadas. Al igual que en la Convención Demócrata, no me involucré en los detalles de la organización, confié en que el comité que habíamos reunido y la genial organizadora de mi campaña Alyssa Mastromonaco (ahora designada directora de Programación) tenían todo bajo control. Mientras levantaban escenarios e instalaban graderías a lo largo del trayecto del desfile en Washington, Michelle, las niñas y yo nos fuimos a pasar las navidades en Hawái, donde intenté recuperar un poco el aliento; entre la selección de los últimos cargos de mi gabinete, las consultas diarias al equipo económico y el primer borrador de mi discurso inaugural.

Maya y yo pasamos una tarde revisando los objetos personales de Toot, y luego caminamos por el mismo saliente rocoso cercano a Hanauma Bay donde nos habíamos despedido de nuestra madre y arrojamos sus cenizas al mar. Reuní a algunos viejos compañeros de la secundaria para un espontáneo partido de baloncesto. Nuestras familias cantaron villancicos, cocinaron galletas e instauraron lo que terminaría convirtiéndose en un concurso de talentos anual (los padres fueron merecidamente juzgados como los menos talentosos). Incluso tuve la oportunidad de hacer bodysurf en Sandy Beach, uno de mis lugares favoritos de joven. Mientras me deslizaba en una ola que rompía suavemente, con la luz ondulando en el barrido del agua y el cielo punteado por el vuelo de los pájaros, por un instante pude fingir que no estaba rodeado de varios seal del cuerpo de marines enfundados en sus neoprenos, que el patrullero de la guardia costera que veía a lo lejos no tenía nada que ver conmigo y que no iban a aparecer luego en la portada de periódicos de todo del mundo imágenes mías sin camiseta bajo el titular «Apto para el cargo». Cuando hice una seña de que estaba listo para marcharme, el jefe del equipo de seguridad de aquel día —un sardónico agente llamado Dave Beach, que había estado conmigo desde el principio y me conocía como un amigo— inclinó la cabeza para sacarse el agua de las orejas y me dijo con total naturalidad: «Espero que lo haya disfrutado porque es la última vez que podrá hacer esto en mucho mucho tiempo».

Me reí, sabía que bromeaba... ¿o no? La campaña y sus repercusiones más inmediatas no me habían dejado tiempo para reflexionar, de modo que solo durante aquel paréntesis tropical todos —amigos, familia, el equipo de trabajo, el Servicio Secreto— tuvimos la oportunidad de comprender lo que había sucedido y tratamos de vislumbrar lo que venía a continuación. Todo el mundo parecía feliz aunque levemente indeciso, no sabíamos si estaba bien admitir lo extraña que era aquella situación, tratábamos de descifrar qué cosas habían cambiado y cuáles no. Y aunque no lo demostraba, nadie sentía esa incertidumbre con más intensidad que la que pronto se convertiría en la primera dama de Estados Unidos.

Durante la campaña, había sido testigo de cómo Michelle se había adaptado a nuestras nuevas circunstancias con elegancia; ganándose a los votantes, bordando entrevistas, perfeccionando un estilo que demostraba que era alguien elegante y accesible. No era tanto una transformación como una intensificación, su esencial «michelledad» se había pulido hasta alcanzar su máximo esplendor. Pero a pesar de su creciente comodidad en la esfera pública, entre bastidores Michelle estaba desesperada por establecer algún tipo de normalidad en nuestra familia, una zona al margen del distorsionador alcance de la política y la fama.

En las semanas que siguieron a las elecciones, eso implicó entregarse a las tareas que cualquier pareja debe llevar a cabo cuando se tiene que mudar por un nuevo trabajo. Lo resolvió todo con la eficiencia que la caracterizaba; embaló nuestras cosas, cerró las cuentas, se aseguró de que nos reenviaran el correo y ayudó al centro médico de la Universidad de Chicago a buscar un reemplazo.

Pero su interés principal eran nuestras hijas. Al día siguiente de las elecciones ya había acordado un recorrido por distintas escuelas en Washington (tanto Malia como Sasha tacharon de sus listas los centros femeninos, en su lugar habían elegido Sidwell Friends, una escuela privada fundada por cuáqueros, la misma a la que había asistido Chelsea Clinton) y había hablado con los profesores para gestionar la incorporación de las niñas a mitad del año lectivo. Pidió consejo a Hillary y a Laura Bush sobre cómo aislarlas de la prensa y habló con el Servicio Secreto para encontrar una fórmula que evitara que los agentes que cuidaban de las niñas las molestaran cuando traían compañeras a jugar y en los partidos de fútbol. Se familiarizó con el funcionamiento de la residencia de la Casa Blanca y se aseguró de que los muebles de las habitaciones de las niñas no parecieran sacados de Monticello.

No es que no compartiera las preocupaciones de Michelle. Malia, pero sobre todo Sasha, eran muy pequeñas en 2008, puras coletas y trenzas, dientes que se caían y mejillas regordetas. ¿Cómo iba a marcar su infancia la Casa Blanca? ¿Las iba a aislar? ¿Las iba a convertir en niñas mimadas o presumidas? Por la noche escuchaba atentamente a Michelle mientras me daba la última información que había recopilado, le decía lo que pensaba sobre uno u otro tema que le agobiaba, y le aseguraba que un comentario taciturno o una pequeña travesura de alguna de las niñas no eran necesariamente los primeros indicadores de que su mundo se había descalabrado.

Pero al igual que en la mayor parte de los últimos diez años, la carga cotidiana de la crianza de las niñas recaía principalmente en Michelle. Y mientras ella observaba cómo el torbellino de trabajo me succionaba —incluso antes de asumir el cargo— y veía cómo se postergaba su propia carrera, con su unido círculo de amistades a cientos de kilómetros de distancia mientras ella se abría paso en una ciudad en la que la motivación de muchas personas era necesariamente sospechosa, la perspectiva de la soledad se posó sobre ella como una nube.

Todo esto ayuda a comprender por qué Michelle le pidió a su madre que viniera a vivir con nosotros a la Casa Blanca. El simple hecho de que Marian Robinson estuviera dispuesta a considerar la oferta me sorprendió, porque mi suegra era prudente por naturaleza, encontraba satisfacción en el trabajo estable, en las rutinas familiares, en el pequeño grupo de parientes y amigos a los que conocía desde hacía años. Llevaba viviendo en la misma casa desde la década de 1960 y rara vez se animaba a salir de Chicago; su única extravagancia era un viaje al año de tres días a Las Vegas con su cuñada Yvonne y Mama Kaye para jugar en las máquinas tragaperras. Y aunque adoraba a sus nietas y había aceptado jubilarse antes para ayudar a Michelle a cuidarlas en cuanto comenzó a animarse la campaña, siempre hizo hincapié en que no quería estar dando vueltas por nuestra casa de Chicago ni quedarse a cenar después de haber cumplido sus tareas.

—No pienso ser una de esas viejas —solía decir enfadada— incapaces de dejar a sus hijos tranquilos solo porque no tienen nada mejor que hacer.

Aun así, Marian no puso mucha resistencia cuando Michelle le pidió que se mudara con nosotros a Washington. Sabía que su hija no se lo estaría pidiendo si no fuese de verdad importante.

Evidentemente, estaban las gestiones prácticas. Durante los primeros años que pasamos en la Casa Blanca, Marian fue la que acompañó a Malia y a Sasha a la escuela cada mañana, y quien cuidó de ellas después de clase cuando Michelle estaba trabajando. Pero fue mucho más que eso. Lo que importaba de verdad —lo que no iba a dejar de importar incluso mucho después de que las niñas hubiesen dejado de necesitar una niñera— fue que la simple presencia de Marian mantuvo a nuestra familia con los pies en la tierra.

Mi suegra no actuaba como si fuese mejor que los demás, de modo que nuestras hijas jamás consideraron siquiera esa opción. Vivía acorde a la doctrina de no quejarse y no dramatizar, y no le impresionaba ninguna forma de opulencia o moda. Cuando Michelle regresaba de una sesión de fotos o de una gala en la que la prensa había analizado todos sus movimientos o escudriñado su peinado, se podía quitar el vestido de diseñador, ponerse unos vaqueros y una camiseta, y confiar en que su madre estaba en su habitación del último piso de la Casa Blanca, siempre dispuesta a sentarse a ver la tele con ella y charlar de las niñas o de viejos conocidos o de cualquier otra cosa.

Mi suegra jamás se quejó de nada. Siempre que interactuaba con ella me acordaba de eso, no importaba con qué tipo de conflicto estuviera lidiando, nadie me había obligado a ser presidente, tenía que aguantarme y hacer mi trabajo.

Fue una verdadera bendición tener a mi suegra. Para nosotros se convirtió en el vivo recuerdo de quiénes éramos y de dónde veníamos, la guardiana de unos valores que alguna vez nos habían parecido corrientes pero que ahora nos dábamos cuenta de que eran mucho más extraordinarios de lo que habíamos imaginado.

El semestre de invierno en Sidwell Friends arrancaba dos semanas antes del día de la investidura, así que después de la noche de fin de año volamos a Chicago, recogimos algunos objetos personales que aún faltaban por trasladar, y abordamos un avión del Gobierno rumbo a Washington. La Casa Blair, la residencia oficial para los invitados del presidente, no nos podía alojar con tan poca anticipación, así que nos instalamos en el hotel Hay-Adams, la primera de tres mudanzas que íbamos a hacer en un lapso de tres semanas.

A Malia y a Sasha no parecía importarles demasiado vivir en un hotel. Sobre todo no les importaba la poco habitual actitud permisiva de su madre respecto a las horas frente al televisor, saltar en la cama y probar todos y cada uno de los postres de la carta del servicio de habitaciones. El primer día de clase Michelle las acompañó en un coche del Servicio Secreto. Más tarde me contó que se le había encogido el corazón al ver a sus adoradas bebés —con aspecto de exploradoras en miniatura con sus abrigos y mochilas de colores brillantes— dirigiéndose a su nueva vida rodeadas de fornidos hombres armados.

Sin embargo, aquella noche en el hotel las niñas repitieron su cháchara irrefrenable de siempre, nos contaron lo increíble que había sido su día, que la comida era mucho mejor que la de la escuela anterior y que ya habían hecho un grupo de nuevos amigos. Mientras hablaban, vi que se disipaba la tensión en el rostro de Michelle. Cuando les dijo a Malia y Sasha que ahora que habían empezado las clases se terminaban los postres después de cenar y la tele entre semana, y que era momento de cepillarse los dientes y prepararse para ir a la cama, sentí que todo iba a salir bien.

Mientras tanto, los engranajes de nuestra transición seguían a toda máquina. Las primeras reuniones con mis equipos de seguridad y económico fueron productivas, la gente cumplía la agenda prevista y el pos­tureo se mantenía a niveles mínimos. Hacinados en insulsas oficinas gubernamentales, organizamos grupos de trabajo para cada organismo y tema imaginables —capacitación laboral, seguridad aérea, deudas de préstamos estudiantiles, investigación contra el cáncer, licitaciones del Pentágono—, me pasaba el día hurgando en el cerebro de jóvenes genios y entusiastas, despeinados académicos, líderes empresariales, grupos de apoyo y canosos veteranos de administraciones anteriores. Algunos se postulaban para un cargo en la Administración; otros querían que adoptáramos propuestas que no habían llegado a ninguna parte en los últimos ocho años. Pero todos se mostraban ansiosos por ayudar, emocionados ante la perspectiva de una Casa Blanca dispuesta a probar nuevas ideas.

Evidentemente había baches en el camino. Algunas de mis opciones favoritas para los puestos del gabinete rechazaron mi oferta o no pasaron el escrutinio. Varias veces al día aparecía Rahm para preguntarme qué prefería hacer con alguna disputa emergente sobre política u organización, y tras bambalinas no faltaban las primeras peleas —sobre títulos, territorios, acceso, plazas de aparcamiento— que definen cada nueva Administración. Pero en líneas generales, el ánimo era de euforia centrada; todos estábamos convencidos de que si trabajábamos de forma inteligente y premeditada podíamos cambiar el país tal y como habíamos prometido.

¿Y por qué no? Según las encuestas, mi índice de aprobación era casi del 70 por ciento. Cada día llegaba una nueva circular con repercusiones mediáticas positivas. Los miembros más jóvenes del equipo, como Reggie y Favs, se habían convertido de pronto en los favoritos de las columnas de cotilleo en Washington. A pesar del pronóstico de temperaturas gélidas para el día de la investidura, las autoridades preveían una afluencia récord, los hoteles estaban al tope de reservas a kilómetros a la redonda. Había una avalancha de solicitudes para los espectáculos con entrada; de cargos electos, donantes, primos lejanos, conocidos de la escuela y personajes importantes que conocíamos poco o nada. Michelle y yo hicimos todo lo posible por atenderlos a todos sin herir demasiadas susceptibilidades.

—Se parece a nuestra boda —me quejé—, pero con una lista de invitados más larga.

Cuatro días antes de la investidura, Michelle, las niñas y yo volamos a Filadelfia, donde, con la intención de rendir homenaje al viaje en tren que había hecho Lincoln en 1861 de Springfield a Washington para su investidura, nos subimos a un vagón antiguo y repetimos la última etapa de su viaje, con una desviación: una parada en Wilmington para recoger a Joe y Jill Biden. Al contemplar la cariñosa multitud que se había reunido para verlos partir, y oír las bromas que hacía Joe a todos los conductores de Amtrak que conocía de nombre después de años repitiendo el mismo trayecto, traté de imaginar lo que le pasaba por la cabeza al recorrer aquellas vías por las que había viajado hacía mucho, no con alegría sino con angustia.

Ese día pasé la mayor parte del tiempo conversando con alguna de las docenas de personas a las que habíamos invitado a hacer el trayecto, la mayoría ciudadanos corrientes que habíamos conocido aquí y allá a lo largo de la campaña. Se unieron a Malia, a Sasha y a mí para cantar «feliz cumpleaños» antes de que Michelle apagara las velitas de la tarta (cumplía cuarenta y cinco), lo que dio la sensación de una de esas pequeñas reuniones familiares que ella valoraba tanto. De vez en cuando salía a la plataforma trasera del tren, sentía el viento en la cara, oía el sincopado ritmo de las ruedas que por algún motivo parecía ralentizar el tiempo, y saludaba a los grupos de personas que se habían reunido junto a las vías. Había miles de ellas, kilometro tras kilómetro, se podían distinguir las sonrisas en la distancia, algunos estaban de pie en los andenes, otros apretujados contra las vallas, muchos levantaban carteles hechos en casa con mensajes del tipo «Abuelas con Obama» o «Creemos en ti» o «Lo conseguimos», o alzando a sus niños y animándolos a que me saludaran.

Escenas como esas se repitieron durante los dos días siguientes. En una visita al centro médico Militar Walter Reed, conocí a un joven marine mutilado que me hizo el saludo desde la cama y dijo que me había votado a pesar de ser republicano, y que se sentía orgulloso de llamarme comandante en jefe. En un albergue para personas sin hogar al sudeste de Washington, un adolescente con pinta de duro me rodeó en un fuerte abrazo sin decir ni una palabra. En la Casa Blair, sonreí al ver cómo le servían la cena en la misma vajilla de porcelana que usaban para primeros ministros y reyes a la madrastra de mi padre, Mama Sarah, que había viajado desde su pequeña aldea rural al noroeste de Kenia para la investidura, una mujer que no había recibido ninguna educación formal y cuya casa tenía un techo de chapa, sin agua corriente ni cañerías.

¿Cómo no emocionarse? ¿Cómo no pensar que había algo de verdad en todo aquello, algo que podía durar?

[…]

Llegó el día de la investidura, luminoso, ventoso y frío. Como sabía que los eventos habían sido organizados con una precisión militar, y como tiendo a vivir mi vida unos quince minutos por detrás de la agenda, me puse dos alarmas para asegurarme de que me iba levantar a tiempo. Una carrera en la cinta, el desayuno, la ducha y el afeitado, varios intentos antes de conseguir que el nudo de la corbata quedara aceptable, y a las 8.45, Michelle y yo estábamos haciendo el traslado de dos minutos en coche desde la Casa Blair hasta la iglesia episcopal de Saint John, adonde habíamos invitado a un amigo, el pastor T.D. Jakes de Dallas, para que dirigiera un servicio privado.

En el sermón de aquella mañana, el reverendo Jakes recurrió al libro de Daniel en el Antiguo Testamento, en el que se describe cómo Ananías, Misael y Azarías, fieles a Dios a pesar de trabajar en la corte, se niegan a arrodillarse ante el ídolo de oro que había mandado construir Nabucodonosor; los tres fueron arrojados a un horno en llamas, pero gracias a su lealtad, Dios les protegió y ayudó a salir ilesos.

Al asumir la presidencia en tiempos turbulentos, explicó el reverendo Jakes, yo también estaba siendo arrojado a las llamas. Las llamas de la guerra. Las llamas de la crisis económica. Pero mientras me mantuviera fiel a Dios e hiciera lo correcto, yo tampoco debía sentir miedo.

El pastor habló con su imponente voz de barítono, su ancho y oscuro rostro sonriéndome desde el púlpito. «Dios está contigo —dijo—, dentro del horno.»

Algunas personas en la iglesia comenzaron a aplaudir y le sonreí acusando recibo de sus palabras. Pero mis pensamientos se iban a la noche anterior, cuando después de cenar me disculpé con mi familia, subí la escalera a una de las tantas habitaciones superiores de la Casa Blair, y recibí las instrucciones de la Oficina Militar de la Casa Blanca sobre el «balón»; el pequeño maletín revestido de cuero que acompaña al presidente todo el tiempo y que contiene los códigos necesarios para autorizar un ataque nuclear. Uno de los asistentes militares responsables de llevar el balón me explicó los protocolos con la misma calma y meticulosidad con la que alguien podría describir cómo programar una grabadora. El subtexto era evidente.

Pronto se me iba a otorgar la autoridad para hacer explotar el mundo.

La noche anterior, Michael Chertoff, secretario de Seguridad Nacional de la Administración Bush, había llamado para informarnos de que servicios de inteligencia fiables habían detectado que cuatro ciudadanos somalíes planeaban un ataque terrorista en la ceremonia de investidura. Debido a eso, se iba a reforzar el ya de por sí descomunal despliegue de seguridad en la Explanada Nacional. Los sospechosos —­unos hombres jóvenes de quienes se creía iban a pasar por la frontera de Canadá— todavía andaban sueltos. Nadie dudaba de que íbamos a continuar con los eventos de las jornadas siguientes, pero para estar seguros, repasamos varias intervenciones con Chertoff y su equipo, y luego asigné a Axe para que redactara las instrucciones de evacuación que yo debía dar a la muchedumbre en caso de que sucediera un ataque mientras me encontraba en el escenario.

El reverendo Jakes concluyó su sermón. La última canción del coro llenó la iglesia. A excepción de un puñado de miembros del equipo, nadie más sabía de la amenaza terrorista. Ni siquiera se lo había dicho a Michelle, no quería sumar más estrés a la jornada. Nadie pensaba en una guerra nuclear ni en ataques terroristas. Nadie excepto yo. Mientras repasaba a la gente sentada en los bancos —amigos, miembros de la familia, colegas, algunos me llamaban la atención y me sonreían emocionados— me di cuenta de que a partir de ese momento todo aquello formaba parte de mi trabajo: conservar una actitud de normalidad, defender frente a todos la ficción de que vivimos en un mundo seguro y ordenado, mientras contemplaba fijamente el oscuro agujero de posibilidades y me preparaba lo mejor que podía para la alternativa de que cualquier día, en cualquier instante, el caos se abriera paso.

A las 9.45 llegamos al Pórtico Norte de la Casa Blanca, el presidente y la señora Bush nos recibieron y acompañaron adentro, donde los Biden, el vicepresidente Cheney y su familia, y los líderes del Congreso junto a sus esposas, se habían reunido para una pequeña recepción. Quince minutos antes de lo previsto, nuestro equipo sugirió que nos marcháramos temprano al Capitolio considerando lo que describieron como una afluencia masiva. Nos subimos a los coches en parejas: primero los líderes del Congreso y del Senado, luego Jill Biden y la señora Cheney, Michelle y la señora Bush, Joe Biden y el vicepresidente Cheney, y el presidente Bush y yo cerrando la comitiva. Parecía que estábamos subiéndonos al arca de Noé.

Era la primera vez que me subía a la Bestia, la enorme limusina asignada al presidente. Reforzada para resistir la explosión de una bomba, pesa varias toneladas, tiene lujosos asientos de cuero negro y el sello presidencial cosido a un panel de cuero encima del teléfono y del reposabrazos. Cuando se cierra, las puertas de la Bestia se sellan y no dejan pasar ningún sonido. Mientras nuestra comitiva avanzaba lentamente por la Pennsylvania Avenue y charlaba de trivialidades con el presidente Bush, pude ver por las ventanas blindadas la cantidad de personas que todavía iban camino a la Explanada Nacional o que ya habían tomado asiento en el recorrido del desfile. La mayoría parecía de un humor alegre, vitoreaban y saludaban cuando veían pasar la comitiva. Pero cuando giramos en una esquina hacia el último tramo del recorrido, nos topamos con un grupo de manifestantes con megáfonos que alzaban carteles que decían «Condena a Bush» y «Criminal de guerra».

No sé si el presidente los vio; estaba demasiado entusiasmado con una descripción sobre cómo se limpiaba la maleza en su rancho en Crawford, Texas, adonde se iba a marchar en cuanto acabara la ceremonia. Pero me sentí silenciosamente molesto con ellos en su nombre. Me pareció innecesario y fuera de lugar protestar contra un hombre en la última hora de su presidencia. En líneas generales, me preocupaba lo que aquellas protestas de último minuto mostraban sobre las divisiones que agitaban a todo el país, y el debilitamiento de las barreras de decoro que alguna vez habían regulado la política.

Supongo que había cierto rastro de egoísmo en mis sentimientos. En pocas horas estaría viajando solo en el asiento trasero de la Bestia. Calculé que no iba a pasar mucho tiempo antes de que esos megáfonos y carteles se dirigieran a mí. Y eso también iba a formar parte de mi trabajo: encontrar la manera de no tomarme aquellos ataques de forma personal, pero sin evitar caer en la tentación de aislarme de los gritos al otro lado del cristal, como tal vez había hecho mi predecesor con demasiada frecuencia.

Habíamos hecho bien en marcharnos antes. Las calles estaban abarrotadas de gente, y cuando llegamos al Capitolio llevábamos varios minutos de retraso. Junto a los Bush nos abrimos paso hasta la oficina del presidente de la Cámara, donde hubo más apretones de manos, fotos e instrucciones antes de que los participantes e invitados —incluidas las niñas y el resto de la familia— empezaran a alinearse para la procesión. A Michelle y a mí nos mostraron la Biblia que habíamos pedido prestada a la Librería del Congreso para mi juramento, un pequeño y grueso ejemplar forrado en terciopelo borgoña con el lomo dorado, la misma Biblia que había usado Lincoln para su juramento. Entonces a Michelle le llegó el turno de marcharse, dejándonos a Marvin, Reggie y a mí solos por un instante en la sala de espera, como en los viejos tiempos.

—¿Tengo algo en los dientes? —pregunté exagerando una sonrisa.

—Estás bien —me contestó Marvin.

—Hace mucho frío afuera —dije—. Igual que en Springfield.

—Bueno, hay un poco más de gente —dijo Reggie.

Un asistente militar metió la cabeza en la sala y dijo que había llegado el momento. Choqué los puños con Reggie y Marvin, y seguí la comitiva del Congreso por los largos pasillos, atravesamos la rotonda del Capitolio y el Salón Nacional de las Estatuas, dejamos atrás las filas de simpatizantes que se alineaban contra las paredes, una hilera de guardias de honor que hacían el saludo a cada paso, hasta que finalmente llegué a las puertas de cristal que se abrían hacia la plataforma de investidura. La escena que se veía al otro lado era impresionante. La multitud cubría por completo la Explanada en un continuo sin fisuras, y seguía mucho más allá del monumento a Washington hasta el monumento a Lincoln, con lo que debían ser cientos de miles de banderines que brillaban bajo el sol del mediodía como la superficie del mar. Por un instante, antes de que sonaran las trompetas anunciándome, cerré los ojos y repetí la oración que me había llevado hasta allí y que seguiría repitiendo cada una de las noches en que fui presidente.

Una oración en la que daba las gracias por todo lo que se me había dado. Una oración en la que pedía que se perdonaran mis pecados. Una oración en la que pedía que mi familia y el pueblo estadounidense se mantuvieran a salvo del peligro.

Una oración para que Dios me guiara.

Ted Sorensen, amigo, confidente y jefe del grupo de redactores de discursos de John F. Kennedy, había sido uno de mis primeros simpatizantes. Cuando nos conocimos tenía casi ochenta años, pero se mantenía lúcido, con una aguda inteligencia. Incluso hacía viajes por mí, era un suplente de campaña convincente, aunque un poco difícil de complacer. (En una ocasión, mientras nuestra comitiva avanzaba a gran velocidad por la autopista durante una tormenta en Iowa, se inclinó y le gritó al agente detrás del volante: «Hijo, estoy medio ciego, ¡pero hasta yo puedo ver que estás demasiado cerca de ese coche!».) Ted también se había convertido en el favorito de mi joven equipo de redactores de discursos, les daba generosos consejos y en ocasiones les había comentado algún borrador suyo. Como había coescrito el discurso inaugural de Kennedy («No preguntes lo que tu país puede hacer por ti...»), en una ocasión le preguntaron cuál había sido el secreto para escribir uno de los cuatro o cinco mejores discursos de la historia de Estados Unidos. Muy fácil, contestó él, siempre que Kennedy y él se sentaban a escribir, se decían a sí mismos: «Vamos a hacerlo lo bastante bien como para que algún día forme parte del libro de los mejores discursos».

No sé si Ted trataba de motivar a mi equipo o solo de confundirlo.

Lo que sí sé es que mi propio discurso no estuvo a la altura del de Kennedy. Durante los días siguientes, recibió mucha menos atención que los cálculos de la afluencia, la inclemencia del frío, el sombrero de Aretha Franklin, y el pequeño fallo técnico durante el juramento entre el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, John Roberts, y yo, por lo que tuvimos que reunirnos en la sala de Mapas de la Casa Blanca al día siguiente para rehacerlo. Algunos analistas consideraron el discurso innecesariamente sombrío. A otros les pareció ver una crítica inapropiada a la Administración anterior.

Aun así, cuando terminé me sentí satisfecho porque había hablado con honestidad y convicción. También me sentí aliviado de que la nota que debía usar en caso de un incidente terrorista siguiera en el bolsillo junto a mi pecho.

Cuando el evento principal quedó atrás, me permití relajarme y sumergirme en el espectáculo. Me conmovió la imagen de los Bush subiendo las escaleras del helicóptero y dándose la vuelta para saludar por última vez. Me sentí orgulloso sosteniendo la mano de Michelle mientras caminábamos una parte del trayecto del desfile. Me divirtieron algunos de sus participantes: los marines, los mariachis, los astronautas, los aviadores de Tuskegee y en especial las orquestas de secundaria de cada estado de la Unión (incluyendo la banda de música de mi alma máter de Punahou; ¡vamos, amarillos y azules!).

El día solo tuvo una nota triste. Después del tradicional almuerzo que sigue a la investidura en el Capitolio, entre los varios brindis y presentaciones de nuestros anfitriones congresistas, Teddy Kennedy, al que recientemente habían operado de un tumor cerebral, se desplomó por una repentina y violenta convulsión. La habitación quedó en silencio hasta que llegaron los paramédicos. La esposa de Teddy, Vicki los siguió cuando lo trasladaron, mientras los demás nos preguntábamos cuál sería su suerte, sin que nadie imaginara las consecuencias políticas que finalmente iba a desatar aquel episodio.

Michelle y yo asistimos a un total de diez galas de investidura aquella noche. Ella era como una visión color chocolate en su flotante vestido de gala blanco, y en nuestra primera parada la rodeé con los brazos y murmuré tonterías al oído mientras bailábamos una maravillosa versión de At last interpretada por Beyoncé. En la gala del Comandante en Jefe nos separamos para bailar con dos jóvenes de nuestras fuerzas armadas encantadores y comprensiblemente nerviosos.

Tendría que hacer verdaderos esfuerzos para recordar las otras ocho.

Para cuando regresamos a la Casa Blanca era bien pasada la medianoche. Una fiesta para nuestra propia familia y amigos más cercanos seguía a toda marcha en la sala Este, con un concierto del Wynton Marsalis Quintet que no mostraba señales de amainar. Doce horas con tacones altos estaban pasando factura a los pies de Michelle, y como a la mañana siguiente tenía que despertarse una hora antes que yo para que la peinaran para otro servicio religioso, le ofrecí quedarme y entretener a los in­vitados mientras ella se iba a la cama.

Cuando subí, quedaban pocas luces encendidas. Michelle y las niñas dormían, y apenas se oía el ruido del personal nocturno que recogía los platos, desmontaba las mesas y movían las sillas más abajo. Me di cuenta de que no había estado solo en todo el día. Me quedé un momento de pie allí mirando arriba y abajo el enorme hall central sin saber hacia dónde se dirigían exactamente cada una de las muchas puertas, contemplé los candelabros de cristal y el piano de media cola, descubrí un Monet en una pared, un Cézanne en otra, saqué algunos libros de la estantería, examiné los pequeños bustos, artefactos y retratos de personas a las que no reconocí.

Mi mente regresó a la primera vez que vi la Casa Blanca, unos treinta años antes, cuando acompañé como joven trabajador comunitario a un grupo de estudiantes a Washington para que presionaran a su congresista por un proyecto de ley para aumentar las ayudas a los estudiantes. Nuestro grupo se mantuvo al otro lado de las puertas que dan a la Pennsylvania Avenue, tonteando y sacando fotos con cámaras desechables. Recuerdo haber mirado fijamente las ventanas del segundo piso y preguntarme si en aquel momento exacto habría alguien mirando hacia abajo, hacia donde estábamos nosotros. Intenté imaginar qué pensarían. ¿Echaban de menos el ritmo de la vida ordinaria? ¿Estaban aislados? ¿Sentían a veces un vuelco en el corazón y se preguntaban cómo habían terminado en el lugar en el que estaban?

Pensé que no iba a tardar en tener una respuesta. Me quité la corbata, crucé lentamente el pasillo y apagué las luces que quedaban encendidas.

Una tierra primetida

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