La Casa Lobo y Wolfwalkers: pesadillas y sueños animados

Una escena de la película Wolfwalkers, traducida como Espíritu de Lobo, de Tomm Moore y Ross Stewart.

Dos películas premiadas y radicalmente diferentes mezclan mitos e historia a costa del querido y viejo lobo del bosque: la chilena La Casa Lobo y la irlandesa Wolfwalkers.



Hace tres semanas, la Sociedad de Críticos de Cine de Boston eligió como Mejor película animada del año 2020 al filme chileno La casa lobo (2018) de Joaquín Cociña y Cristóbal León. Fue una decisión sorpresiva aún en un período de pandemia y considerando que en los últimos 12 meses se han estrenado varias obras animadas en inglés que acostumbran a liderar este tipo de preferencias. Los gustos de las asociaciones de críticos de otras ciudades grandes de Estados Unidos como Nueva York, Los Angeles y Chicago se inclinaron por Wolfwalkers (traducida como Espíritu de lobo), una película irlandesa que parece ir ganando preferencias en la carrera al Oscar, aunque no de lejos le sigue la recién estrenada Soul, de los estudios Pixar.

Lo interesante de todo esto es que tanto La casa lobo, que es del 2018 y se estrenó en el Festival de Cine de Berlín, y Wolfwalkers, se pueden ver en los servicios de streaming disponibles en el país. La primera está gratis en la playaforma Ondamedia, mientras que el largometraje de Tomm Moore y Ross Stewart es parte de la oferta de Apple TV+. Es más, la muy buena Soul de Pete Docter y Kemp Powers se encuentra en Disney Plus y si hilamos más fino también podemos echarle una mirada a la no menos interesante Los hermanos Willoughby de Kris Pearn, Cory Evans y Rob Lodermeier, o a la japonesa A whisker away (también conocida como Amor de gata), de Jun’ichi Satô y Tomotaka Shibayama, ambas en Netflix. Todas están entre lo mejor de la animación del 2020.

Pero vamos a lo nuestro. La casa lobo, que en nuestro país pasó más o menos desapercibida en salas de cine, es una película tenebrosa. No es animación para niños ni para la familia, aunque en la película hay niños y una familia. También hay animales, como su nombre lo indica, y la primera voz que escuchamos es la de un pedófilo. O, para ser más suaves, son las palabras en off de un señor con acento alemán que debería ser algo así como un homólogo de Paul Schäfer refiriéndose a las bondades de la colonia que en Chile ha creado para el bien de nuestra nación.

María, Pedro y Ana en una escena de La Casa Lobo, la cinta chilena de Joaquín Cociña y Cristóbal León que fue elegida la Mejor Película Animada del año 2020 por la Sociedad de Críticos de Boston.

Tras una introducción que se asemeja a un filme de propaganda con créditos en alemán y castellano, aparece María (otra voz con acento germano, esta vez a cargo de la actriz chilena Amalia Kassai), una niña que va en contra la corriente de las órdenes de la comunidad donde vive. Deja escapar a dos cerdos de la granja, recibe las reprimendas verbales respectivas del patriarca que hace unos segundos hablaba de las bellezas de su enclave en Chile (y a quien nunca le vemos la cara) y luego se fuga de la zona. María se ha convertido en una forajida y en una aguafiestas del lugar.

A través de una serie de efectos visuales donde las técnicas del papel maché y la animación clásica son las protagonistas, los directores León y Cociña siguen las excursiones de María en, básicamente, una sola locación. Es el interior de una casa, seguramente la casa lobo del título. Luego también comprendemos que el lobo es el alemán del comienzo, el de las reprimendas y el que una y otra vez reaparece en la trama con su voz grave, engañosamente suave. En fin, un piscópata.

La casa lobo fue realizada por los artistas visuales chilenos Cristóbal León y Joaquín Cociña a medida que iban trasladando la escenografía de la película a través de diversos museos del país y del extranjero. Se puede decir que estas instalaciones móviles fueron el taller de trabajo de ambos y, en ese sentido, la cinta se construyó a través del tiempo y del espacio: fue un auténtico rodaje en dos dimensiones.

La Casa Lobo mezcla distintas técnicas de animación, entre ellas papel maché y tradicional.

El mismo movimiento frenético moviliza toda la historia, con una cámara infatigable que todo lo observa sin parar y con escenas que invaden los sentidos a través de rostros que se deforman, animales que se convierten en humanos y viceversa. Es una explosión visual que merece al menos dos o tres visiones para entender los mil y un detalles que sus directores presentan sin respiro. Como se ha dicho, se mezclan diversas técnicas de animación y hay una sensación de claustrofobia en cada cuadro: María no puede escapar a este lobo voyeurista y fatídico. Su suerte está echada de la misma manera que el destino de los habitantes de la ex Colonia Dignidad ya estaba decidido en la cabeza de Paul Schäfer.

Un perfecto programa doble con el cánido salvaje debería incluir a Wolfwalkers (traducida como Espíritu de lobo), la película de Tomm Moore y Ross Stewart que ha sido en general muy bien recibida por la crítica. Después de quedar tan mal parados en la espléndida La casa lobo, lo mejor es darle una segunda oportunidad a estos cuadrúpedos tan maltratados por la historia y una fantasía tan primorosamente dibujada como la cinta irlandesa cumple aquella misión.

Robyn, al centro, y Mebh, a la izquierda, son las dos niñas protagonistas de Wolfwalkers.

La película, que en realidad es una coproducción de Irlanda, Francia, Reino Unido, Luxemburgo y Estados Unidos, transcurre en 1650 en el pueblo de Kilkenny, al sudeste de Irlanda. Una orden emanada desde Inglaterra busca la aniquilación de todos los lobos de la zona con el objetivo de “limpiar” el territorio y darle curso la agricultura y la urbanización. Los habitantes de Kilkenny, como cualquier buen irlandés de la época, desprecian a sus belicosos vecinos ingleses y no tienen demasiado interés en espantar a los animales, generalmente refugiados en el bosque aledaño.

Quien tiene la triste misión de liquidarlos es el esmerado Bill Goodfellowe (voz de Sean Bean), un inglés viudo que se ha traslado con su hija Robyn (voz de Honor Kneafsey) a Kilkenny y quien recibe órdenes del mismísimo Lord Protector Oliver Cromwell, figura histórica controvertida, famoso por su defensa de la república, por su puritanismo y por su odio a los católicos (y por extensión a los irlandeses). Antes del buen empleado Goodfellowe mate a su primer lobo, su pequeña ya habrá conocido a Mebh (voz de Eva Whittaker), una niña de su edad que vive en el bosque y que es una “wolfwalker”, personaje del folklore local que además de ser licántropo (hombre o mujer lobo) es amigo de ellos. En otras palabras un padre debe cumplir con su misión, pero inesperadamente su hija se le cruza en el camino.

Wolfwalkers, de Tomm Moore y Ross Stewart, fue elegida la Mejor Película Animada del Año por el Círculo de Críticos de Nueva York y la Asociación de Críticos de Los Angeles.

También María se le cruzaba en la carretera a la voz omnisciente de La casa lobo, pero ahí no tenía mucha escapatoria. Aparte de los dos cerdos que la acompañaban, ella no poseía aliados para defenderse ante ese Paul Schäfer sin cara. Wolfwalkers, por el contrario, es una película que sigue la tradición dramática de Hollywood y Robyn encuentra más camaradas a favor de su causa. Está Mebh, por supuesto, pero están también los cánidos salvajes del bosque y está la madre de Mebh, una especie de wolfwalker suprema que tiene su particular disputa que resolver ante el Lord Protector.

La vida es una montaña rusa de emociones amables en Wolfwalkers si la comparamos con la escalofriante La casa lobo y es difícil encontrar dos películas tan diferentes que involucren un pueblo, un tirano, un bosque, una niña y lobos al mismo tiempo. La cinta de Moore y Stewart se realizó a través de animación a lápiz y papel, aunque ayudada por todas las bondades de la tecnología digital; la creación de León y Cociña es un trabajo de papel maché, animación tradicional e inspiración de años. Una es un bonito sueño; la otra es una pesadilla. Ambas son soberbias.

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