Crítica de discos de Marcelo Contreras: Un clásico de Black Sabbath y el regreso de Garbage y Maroon 5

Los grupos comandados por Adam Levine y Shirley Manson reaparecen con efectivos nuevos trabajos aunque carentes de sorpresa y energía, mientras las leyendas del heavy metal presentan la versión ampliada y deluxe del último gran álbum de la era Ozzy.



Maroon 5 - JORDI

Repasar el séptimo álbum de la banda californiana provoca la misma sensación del último video del “Chino” Ríos, irreconocible entre intervenciones y retoques, cuyo contraproducente fin es aparentar juventud. Maroon 5 es consecuente en la medida que su ambición insiste en mimetizarse con la música negra. Cuando irrumpieron en 2004 gracias a singles perfectos como This love y She will be loved, blanqueaban el funk guiñando a Stevie Wonder. Era un tratamiento eficaz de una banda emulando sonidos análogos. En cambio ahora que el urbano y el hip hop son los motores principales del pop, el aparataje del grupo tras Adam Levine sobra. Las canciones han sido despojadas de adornos concentrando la atención en la voz notoriamente procesada del cantante sinónimo del conjunto. El resultado desconcierta. El único rasgo distintivo de Maroon 5, el tono de Levine, figura desdibujado al igual que un rostro con exceso de botox y, sobre todo, carente de energía, tal como lo vimos en el último festival de Viña. Las concesiones de Maroon 5 por mantenerse al día no parecen particularmente dignas. Más que el disco de una banda, es el menú de un sello para vender.


Black Sabbath - Sabotage (Super Deluxe edition)

El título proviene de la realidad financiera de los padres fundadores del heavy metal a mediados de los 70. Vendían millones pero estaban quebrados por los manejos del manager Patrick Meehan, que a sus espaldas compró una cadena de hoteles. No eran dueños de los discos que habían compuesto, tampoco de las mansiones ni las limusinas. Black Sabbath se sentía estafado en 1975 y este álbum, considerado como el último gran trabajo de la era Ozzy, expresa la rabia de ser robado por gente de confianza. Desde el inicio con la densa Hole in the sky hay referencias al descalabro -”miro a través de un agujero en el cielo, veo la nada a través de los ojos de una mentira”-, como la furia se desata en Symptom of the universe, pieza angular en la genealogía del thrash.

Al igual que en la reedición de Vol. 4 (1972) en febrero, este lanzamiento incluye material en vivo de la gira correspondiente. Los solos de guitarra y batería son paradigmáticos de la autoindulgencia que colaboraría con el estallido del punk clamando concisión (Bill Ward grita “todos los solos de batería son aburridos” al improvisar en Supernaut), pero en 1975 Black Sabbath seguía siendo una aplanadora en plenitud de sus capacidades.


Garbage - No gods no masters

Garbage se puede leer como una banda sobreviviente de los 90 o como una solista carismática -Shirley Manson- con el apoyo permanente de tres puntillosos productores cuya ausencia en vivo puede dar exactamente lo mismo, tal como sucedió en diciembre de 2016 en el teatro Caupolicán, cuando Butch Vig fue reemplazado por problemas de salud. Garbage funciona sin los hombres, pero no al revés. Por lo mismo, este séptimo álbum fue variando en su dirección según las motivaciones de la cantante, inspirada en la revuelta chilena (el título proviene de un rayado que vio en Santiago), y en los movimientos #MeToo y #BlackLivesMatters.

Aunque el contexto parece propicio para un soporte musical cinematográfico plagado de rabia y epicidad, Garbage se mantiene firme en los cimientos de un rock industrializado y machacón, donde la única cuota de humanidad proviene de la vocalista escocesa. Es música que funciona en línea recta con la emoción de una carretera alemana de alta velocidad. Está producida con los más altos estándares, pero carente de curvas y sorpresas. El segundo disco con algunos covers, entre ellos Starman de David Bowie y Because the night de Patti Smith, no mejora mucho las cosas.

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