Alice Guy: las singulares memorias de la madre del cine

Retrato de Alice Guy, 1911.

Por primera vez en castellano, vía editorial Banda Propia, se publican las memorias de quien se considera la precursora del séptimo arte. La francesa no solo concibió el cine como un instrumento para contar historias, también lo entendió como una industria. Además, tuvo un particular nexo con Chile.



La carta no llegó por el correo temprano, sino que fue una invitación presencial que recibió cuando se desempeñaba como secretaria en la Sociedad de Establecimientos Gaumont en 1895, sucesora de la Compañía General de Fotografía. Su jefe, Leon Gaumont, recibió la visita de dos entusiastas hermanos quienes le extendieron un convite en la Sociedad de Estímulo de la Industria Nacional. Como se encontraba presente, también la incluyeron. “Es una sorpresa”, dijeron.

Esa sorpresa a la que asistió la joven francesa Alice Guy fue nada menos que la primera proyección del cine, hecha por los hermanos Auguste y Louis Lumière. “Había una tela blanca sobre uno de los muros de la sala; en el otro extremo, uno de los hermanos Lumière manipulaba un aparato parecido a una linterna mágica. Quedamos a oscuras y vimos aparecer, en esa pantalla improvisada, la fábrica Lumière. Las puertas se abrieron, el flujo de obreros salió, gesticulando, riendo, yendo hacia algún restaurante o a su hogar”.

El relato lo escribió Alice Guy muchos años después de ocurridos los hechos, ya en pleno siglo XX, entrados los años 40. Ahí, ya siendo una sextagenaria, redactó sus memorias y permanecieron inéditas hasta su muerte, en 1968, a los 94 años. Hoy, por primera vez se encuentran disponibles en idioma castellano (traducidas por Pablo Fante) en una edición realizada por la editorial chilena Banda Propia.

“Las Memorias permanecieron inéditas hasta la muerte de Alice Guy. Su hija, Simone Blaché, luchó durante años para lograr la publicación póstuma. Con el apoyo de Anthony Slide se publican en Francia en 1976, al cuidado de Claire Clouzot y con una filmografía de Francis Lacassin. Años después, Simone y Roberta Blaché las traducen al inglés y se publican con la edición de Anthony Slide en 1986 y 1996”, cuentan a coro María Yaksic y Lorena Fuentes, quienes dirigen la casa editora.

¿Por qué son importantes las Memorias de Alice Guy? “Es la madre del cine –asegura a Culto Antonella Estévez, editora de CineChile.cl y directora del festival FemCine–. Alice Guy fue la primera persona en considerar el cine como un medio de construcción de historias. Hasta 1896 sólo se habían realizado filmaciones documentales que registraban la realidad y fue ella la primera persona en pensar que se podrían armar relatos para contar utilizando el cine. Antes de Melies fue ella quien pensó en guion, puesta en escena y puesta en cámara para sumergir a las y los espectadores en historias que sólo existían para el cine”.

Por su lado, la cineasta Tiziana Panizza, quien realizó el prólogo de esta edición, asegura: “Alice Guy fue la primera que hizo un cine centrado en contar historias, rápidamente comprendió que las emociones en la pantalla son experiencias que se viven de manera colectiva en una sala de cine”.

Ensayo y error

Así, motivada por las posibilidades del nuevo invento Guy se lanzó a explorarlo. En su infancia, había tenido acceso a muchos libros puesto que su padre había sido librero. De alguna forma, su cabeza bien amueblada le hizo el llamado a lanzarse a una piscina absolutamente incierta.

“Yo había leído mucho y aprendido bastante. También había incursionado en el teatro como aficionada, y pensaba que se podía hacer algo mejor. Armándome de valor, le propuse tímidamente a Gaumont escribir uno o dos sainetes y que los actuaran amigos[…]mi juventud, mi falta de experiencia, mi sexo, todo conspiraba en mi contra”, recuerda Guy en sus memorias.

Ante su sorpresa, la autorizaron, siempre y cuando no descuidara sus labores como secretaria. Así, en 1896 vio la luz su primera película, El hada de los repollos. Hoy conservada por la Cinemateca Francesa.

“Exageraría si dijera que es una obra maestra, pero el público no fue indiferente, los intérpretes eran jóvenes, atractivos, y la película tuvo el éxito suficiente para que me permitieran repetir el intento”, recuerda Guy.

De ahí no paró más, siguió rodando, y en el camino fue descubriendo las diferentes posibilidades que le daba el invento, en sus memorias cita: Películas filmadas a la inversa, el ralentizado y la aceleración, las detenciones, las tomas en diferentes distancias, las sobreimpresiones y los fundidos.

Estévez apunta algo clave: “A ella nadie le enseñó cómo hacer cine, su trabajo fue uno de ensayo y error. Fue probando técnicas y maneras hasta dar con la solución correcta para cada problema que se le presentaba. Por otro lado, su gran cultura, ella era una gran lectora y tenía muchas historias adentro por lo que le resultó natural que enfrentada a esta nueva herramienta pudiera pensar en ella como un nuevo medio para contar historias”.

Tiempo después, en los primeros años del siglo XX, y durante las filmaciones de su película Mireille conoció a Herbert Blaché. “Me confesó más tarde que nunca había conocido a una mujer de trato tan frío, tan distante como yo. Sin duda tenía razón. Joven aún, en un empleo en que debía mostrar autoridad, yo evitaba cualquier tipo de familiaridad”. Pero los senderos de la vida son impredecibles, y ambos terminaron casándose, en 1907. Guy cuenta que solo tres días del enlace ambos debieron partir a Estados Unidos, por encargo de Gaumont, para ver la opción de abrir de una sucursal Gaumont en Flushing (Nueva York), la cual finalmente se construyó.

Pero Alice utilizó esos estudios en Flushing, para sus propias realizaciones. Luego, fue más lejos y fundó su compañía de producción cinematográfica, Solax Company, en septiembre de 1910. Al mes, ya estrenó su primera película.

Solax fue creciendo gracias al empuje de Alice Guy. “Nuestra empresa prosperaba, generaba ganancias considerables, y como el estudio Gaumont no era suficiente, decidimos construir nuestro propio estudio en Fort-Lee, Nueva Jersey, que era entonces la ciudad del cine”, recuerda Guy.

Alice Guy en la Construcción de Solax Studios, Fort-Lee, New Jersey, 1911.

Un quiebre

Luego, en 1913 con Blaché liberado del contrato con Gaumont, Alice le entregó la presidencia de Solax, “le entregué las riendas con gusto”, escribe en sus memorias, porque su idea era dedicarse solo a escribir y dirigir. Luego siguió realizando todo tipo de filmes. “No tuvo miedo de dirigir todo tipo de películas, inaugurando varios géneros cinematográficos: romance, aventuras, comedias, incluso el western. Tenía una libertad creativa sin límites –explica Panizza–. Escribió todo tipo de historias y al momento de ponerlas en escena experimentó con la cámara trucajes y efectos especiales, porque tenía un conocimiento técnico del aparato que pocos dominaban en esa época”.

Pero esos días verían su fin. A los pocos meses, Blaché dejó intempestivamente el cargo en Solax y fundó su propia compañía, Blaché Feautures. Y más aún, usó las mismas dependencias, actores y equipos de la compañía de su mujer. Al principio funcionaban en paralelo, hasta que Blaché Feautures literalmente hizo desaparecer a Solax, en 1914. Por esos años, si bien ya había alcanzado algo de reconocimiento, literalmente Guy había sido desplazada por su propio marido, de quien finalmente se divorció en 1922 y regresó a Francia, donde intentó sin éxito reinsertarse en el mundo del cine.

Guy por muchos años quedó invisible en la historia del cine. “Ella queda fuera de la industria del cine, fue apartada del control creativo que siempre tuvo para dirigir sus películas, aunque sigue siendo la primera y única mujer en diseñar y construir su propio estudio de cine”, dice Tiziana Panizza.

Por su lado, Antonella Estévez agrega: “Hasta hace sólo algunas décadas los libros de historia del cine hablaban de Alice Guy como un personaje muy secundario, invisibilizando su tremendo y significativo aporte. Esto es algo que ha sucedido en todas las áreas, ya que las mujeres han sido -hasta hace muy poco- dejadas afuera de la producción de relato y también de su participación en él”.

Vivir en Valparaíso

Pero Alice Guy además tuvo un especial vínculo con nuestro país. Durante sus primeros años de vida, a mediados de la década de 1870, residió en Valparaíso. Sus padres vivían en el puerto principal desde 1848, huyendo de la revolución de ese año. El padre, Émile, se estableció como dueño de librerías en la ciudad puerto.

Cuando ya tenían la suficiente edad para viajar, el matrimonio enviaba a sus hijos a educarse a Francia. En uno de esos periplos llegó al mundo Alice, en Saint-Mandé en 1873. Luego, sus padres se devolvieron y ella quedó al cuidado de su abuela en Ginebra, Suiza.

Hacia 1876, la pequeña Alice llegó a Valparaíso tras un largo viaje en barco, para reunirse con sus padres. “Adopté muy pronto las costumbres de esa nueva vida. Veía poco a mis padres. Mi padre estaba ocupado por sus negocios, mi madre por sus obligaciones mundanas y caritativas. Yo pasaba la mayor parte del tiempo en la gran lavandería”, anota en sus Memorias.

“Me encantaban los domingos. En la misa siempre había unos canastos grandes llenos de bollos benditos. Me gustaba ver a las bonitas chilenas arrodilladas en sus esterillas directamente sobre el piso, a veces con los brazos en cruz, perdidas en una profunda adoración”, recuerda Guy.

En 1878, la pequeña regresó a Francia junto a su padre, para educarse. Luego, en 1884 toda la familia volvió para reunirse definitivamente en París.

Sobre su trascendencia, Tiziana Panizza señala: “Alice Guy no respondió a los cánones que la mujer se suponía que tenía que responder en esa época, fue desplazada y olvidada. Actualmente hay una reivindicación de mujeres cineastas y en todos los oficios, porque ha quedado al descubierto los tremendos problemas de inequidad laboral y abusos de poder”.

Por su lado, Antonella Estévez indica: “Admiro su capacidad de trabajo, liderazgo y porfía, filmó muchísimo y aun cuando hoy tenemos acceso solo a una parte menor de su producción se puede reconocer como fue mejorando su forma y precisando su estilo con cada película. También agregaría su inteligencia al descubrir las particularidades de este nuevo lenguaje, por ejemplo, la naturalidad de las actuaciones era algo que en ese tiempo poco se usaba porque la mayoría de los actores venían del teatro y no entendían que ahora la cámara captaba cada detalle de sus gestos, ella vio esto y entendió que en el cine las cosas eran distintas y supo ir ajustando”.

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