Carlos Droguett: la escritura de los perdedores

Uno de los autores clásicos de la literatura chilena vuelve a las librerías con uno de sus libros fundamentales, Patas de perro. En sus páginas, cuenta la historia de un niño de origen humilde quien tiene un extraño rasgo físico. En la voz de tres especialistas revisamos la obra y también la narrativa del autor de Eloy, que apunta a lo marginal y al interior de los personajes.



“Él era como su literatura”, cuenta al teléfono la crítica literaria Soledad Bianchi cuando le mencionamos a Carlos Droguett, el notable escritor chileno a quien pudo conocer. “Era bien peleador”; agrega.

Es que una narrativa intensa y tempestuosa caracterizó al hombre que hizo una vívida crónica sobre la matanza del Seguro Obrero -donde el olor a sangre traspasa las páginas-, y quien además publicó Eloy, en 1960, uno de los clásicos de la literatura chilena donde narra la historia de un bandido que huye de la justicia. Hoy está de regreso en las librerías, pues Ediciones UDP acaba de reeditar una de sus obras cumbres: Patas de perro (1965).

Sobre este libro, que narra la historia de Bobi, un niño de familia humilde quien nace con patas de perro en vez de humanas, Bianchi señala que lo fundamental es el concepto del respeto a la diferencia. “El niño quiere lucir sus patas de perro, no quiere disimularlas dentro de unas botas, quiere mostrar su diferencia y por ser diferente se le considere como uno más en el conjunto de la sociedad, pero todos lo rechazan. Es un gran grito para que se acepten las diferencias”.

Por su lado, la escritora Carolina Melys apunta: “Bobi es el niño deforme, personaje inspirado en una noticia leída en la prensa. Pero también es cualquier ser que incomoda por no encontrar una identidad que le dé reconocimiento y validación. Un cuestionamiento a la exigencia de calzar en construcciones sociales predeterminadas, y la crueldad de la exclusión y burla a quien pareciera constituir una anomalía. La obra novelística de Droguett, en sus palabras, ‘aparece signada por la sangre y la violencia, porque la historia de nuestro país aparece signada por la sangre y la violencia’”.

“El libro tiene esa cualidad, de absolverte de cuerpo y alma y hacerte parte de una vida a veces alegre, a veces dolorosa, que va mostrando la sociedad chilena desde dentro -explica la académica de la U. de Chile, Soledad Falabella-. El protagonista es un ser híbrido, fronterizo, cuya videncia nos permite tomar contacto y desarrollar empatías impensadas. Este es su gran aporte. Se trata de trabajo con la estética de la escritura para lograr un propósito ético y político, hacernos tener la experiencia interna para desde allí tomar conciencia política de las urgentes reformas que le debemos hacer a nuestra sociedad”.

Melys agrega un punto, que según plantea, atraviesa la obra de Droguett. “Escribe de frente y no de espaldas a la realidad chilena como le criticaba tanto a algunos escritores de su época. Siguiendo la ruta de Baldomero Lillo y Alberto Romero, construye un mundo desolado, ‘implacable para el débil, el pobre, el solo, el enfermo’. Destaco, sin duda, la representación de una realidad que no produce sueño sino insomnio, que provoca furia y no tranquilidad. Y de eso, Patas de perro tiene de sobra”.

Para las consultadas, la temática de esta novela está totalmente vigente. “Resulta ser un libro no solo actual, sino una novela que como sociedad debemos leer con urgencia -dice Falabella-. Su protagonista nos pone frente a un problema que como sociedad hemos sido incapaces de hacernos cargo. Habla de un Chile cruelmente desigual donde uno de los grupos más vulnerados por el sistema son les niñes y jóvenes de los sectores históricamente excluidos del buen vivir. La discriminación y la indiferencia no ha cambiado. En este sentido estamos aún en el mismo país, lamentablemente”.

Carolina Melys señala que en el Chile de hoy los Bobis existen. “Y lo que era el circo en la novela —un lugar tanto de exposición como de explotación—, es reemplazado por el mundo virtual, las redes sociales que conllevan el morbo, la humillación y el ataque despiadado. Lo paradójico es que Bobi son muchxs; tantos que ya no sabemos quién calza en esas camisas de fuerza que imponen ideas perversas sobre el deber ser, los cuerpos y las vidas”.

Profundo y radical

Contemporáneo de nombres como María Luisa Bombal, Nicomedes Guzmán, Francisco Coloane o Volodia Teitelboim en la llamada “Generación del 38” y Premio Nacional de Literatura 1970, Carlos Droguett tuvo un sello bastante particular como narrador. “No es fácil de leer, tiene muchos monólogos interiores, es complicado seguirlo, hay poca puntuación. Su escritura no es de exterioridades, sino que se va al interior de los personajes, porque él exigía que todo fuera profundo y radical”, apunta Soledad Bianchi.

Además, Bianchi acota que el foco de Droguett está puesto siempre en quienes son dejados de lado. “Arma personajes muy radicales y muy marginales, él opta siempre por las minorías no por el triunfador”.

“La observación de la realidad es la clave -señala Carolina Melys-. Droguett nos demuestra que no es necesario inventar para escribir la gran literatura. La Historia es la materia de sus textos, pero lo que la hace trascendente es su estética inigualable de fraseos inagotables —para muchos, inentendibles—, sin dejar espacio ni respiro. La palabra como una explosión, como afirmó él mismo”.

Desde su verja, Soledad Falabella hace un interesante paralelo de chileno con un autor europeo. “La prosa narrativa de Droguett combina elementos del realismo mágico con la denuncia política del realismo social. Su forma de narrar realista, muy parecida a la de Franz Kafka, es capaz de suspender nuestro juicio de realidad de manera excelsa: tenemos la sensación de seguir viviendo en nuestro mundo cotidiano, pero ahora con una mirada más amplia más penetrante”.

Si algo llama la atención, es el uso que tiene del indirecto libre, un recurso que es poco usado en literatura debido a su complejidad, pero Droguett sale airoso del paso. “Es un recurso que utiliza muy bien para lograr pasajes de gran belleza estética -señala Falabella-. En estos pasajes es donde una se pierde, se deja llevar por el goce y se entrega más plenamente a la experiencia ética y estética”.

“Más que encasillarlo en taxonomías, creo que Droguett tiene su propio estilo, a veces indefinible e inabarcable -dice Melys-. El propio autor se refirió a sí mismo como el “desorbitado Droguett”. Nada más preciso para nombrar su particularidad, un estilo que se sale de todo parámetro, un lenguaje que se desborda”.

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