Tensiones en el mar, la guerra y la diplomacia: La olvidada relación de chilenos y británicos durante la independencia

Lord Cochrane.

Desde la guerra de independencia y durante los primeros años como nación independiente, la república chilena intentó posicionarse en el mapa de poder mundial. Allí hubo encuentros y fricciones con la mayor potencia de la época, Inglaterra. Un reciente estudio del historiador Andrés Baeza, repasa de forma crítica la manera en que los gobiernos se vincularon con ese poder; el vínculo que forjaron chilenos e ingleses en la marina, el rol jugado en el Tratado de Lircay y el largo y difícil camino al reconocimiento de Reno Unido de la independencia.



Hacia mediados de 1807, una flotilla británica al mando del brigadier Robert Craufurd cruzaba el Atlántico rumbo a la lejana Capitanía General de Chile. El objetivo era apoderarse de la lejana colonia española, tal como lo habían hecho con Buenos Aires el año anterior, hasta que fueron expulsados por los criollos porteños en una heroica reconquista.

Esa expedición, que pudo cambiar la historia de Chile, finalmente no llegó a puerto; se le ordenó cambiar su rumbo hacia la capital del Virreinato del Río de la Plata, para sumarse a la segunda invasión británica a Buenos Aires, la que tampoco prosperó. Tras una feroz resistencia, calle a calle, los vecinos enfrentaron y derrotaron a los orgullosos casacas rojas con grasa hirviendo, piedras y lo que tuvieron a mano.

Por esos días, los ingleses tenían varios motivos para mirar con atención a las colonias españolas de Sudamérica. “La pérdida de las colonias norteamericanas en 1776, sumado posteriormente al bloqueo continental por parte de Napoleón en 1807, impulsaron a que Gran Bretaña buscara nuevos mercados y rutas comerciales. Eso explica por qué comenzaron a mirar a Asia y particularmente la India, pero también a Sudamérica”, explica a Culto, el historiador y académico de la UAI, Andrés Baeza Ruz.

“Eso explica también por qué se produjo la invasión a Buenos Aires en 1806, lo que implicaba apropiarse del puerto más estratégico para la corona española”, agrega Baeza. “Los británicos estaban convencidos de que los hispanoamericanos deseaban deshacerse del dominio español, pero se encontraron con que la ciudad completa resistió la invasión y luego los expulsó. Es decir, no había disposición para someterse a otro imperio”.

Aunque los procesos de independencia en las colonias españolas ocurrieron después, estos se cruzaron con el expansionismo británico, en boga desde la guerras Napoleónicas. Y más allá del episodio de Buenos aires, los ingleses no se contentaron con mantenerse al margen. Por eso, miraron hacia el provinciano reino de Chile.

“En el caso de Chile, hay registros de varios planes británicos para invadir el territorio, incluso en el periodo colonial, impulsados por casas comerciales -detalla Baeza-. Fundamentalmente porque permitía unir el Atlántico y el Pacífico y dar más dinamismo a sus circuitos comerciales (un rol similar al que tendría Sudáfrica en relación con el Índico y el Pacífico)”.

“Lo más cerca que estuvimos de esa invasión fue tras la invasión a Buenos Aires, en que se organizó una expedición para invadir el territorio chileno, para luego continuar con Perú y así establecer una red entre Buenos Aires, Valparaíso y El Callao -agrega-. Pronto se dieron cuenta que esto no era necesario y bastaba con persuadir a los gobiernos independendientes de abrir el comercio”.

Una revisión crítica a varios episodios que exponen la influencia de los británicos durante el proceso de independencia de Chile, y el concepto de “imperialismo informal” asociado de forma más recurrente al proceso, es lo que propone Baeza en su nuevo libro El otro imperio, publicado por RIL Ediciones y ya disponible en las tiendas.

“Para el gobierno británico estratégicamente era conveniente que las colonias españolas se independizaran -explica el historiador-. Por un lado, no hay que olvidar que antes de que Napoleón invadiera la Península ibérica en 1808, Francia y España eran aliados y se enfrentaron en diversas ocasiones a Gran Bretaña. Era un conflicto de muy larga data, por lo que, desde ese punto de vista, la independencia de las colonias y el consiguiente daño a la Corona española era estratégicamente importante”.

Napoleon Bonaparte. Portarit of Napoleon Bonaparte 1769-1821 at the battle. Detail of a painting by Joseph Chabord 1786-1848. Museo Napoleonico, Rome Italy

Un tratado con firma británica

Tras el fracaso de las incursiones de conquista, los británicos se mantuvieron expectantes y decidieron tomar una posición neutral en las guerras de independencia que comenzaban a inflamar las tierras americanas. Pero, no dejaron de mover sus piezas en el tablero de la geopolítica de aquellos días.

“En general, durante este periodo, la política británica frente a conflictos entre dos partes fue la de la neutralidad, lo significaba que no intervenían directamente a favor de una de ellas -explica Baeza, quien dedica un capítulo sobre el tema en el libro-. No significa que ellos no tuvieran sus propios intereses en juego y usaran esta política a su conveniencia. Esto también se replicó en Hispanoamérica, ya que durante todo el periodo e incluso una vez ya declarada la independencia se puede ver claramente que mantuvieron férreamente la política de neutralidad. “.

Según el historiador, los británicos se ciñeron de manera estricta a la neutralidad. “El caso más claro se produjo en 1813, cuando Francisco Antonio Pinto fue enviado a Londres por el Congreso a buscar apoyo británico y reconocimiento a la causa y este ni siquiera fue recibido como un agente válido. Antonio José de Irisarri se quejaba de lo mismo en 1820 -explica-. La verdad es que el trato hacia ambos fue bastante humillante y la razón fue que las autoridades británicas no estaban dispuestas a negociar con representantes de Estados no existentes, porque hacerlo era violar su política de neutralidad”.

Pero los ingleses encontraron otra forma más sutil de hacer pesar sus intereses. “La mediación fue otra manera de poder intervenir en el conflicto, particularlmente por medio de la Royal Navy y las estaciones del Atlántico y el Pacífico”, detalla Baeza.

Fernando de Abascal, virrey del Perú (1806–1816)

En 1814, fue la influencia británica la que estuvo tras el fallido Tratado de Lircay, que buscó cesar las hostilidades entre patriotas y realistas en Chile, con el objetivo de salvaguardar los intereses del comercio inglés en el Pacífico. El comodoro James Hillyar se reunió con el entonces Virrey del Perú, Fernando de Abascal, para conseguir un acuerdo. Una vez logrado, el inglés embarcó a Valparaíso, donde hizo llegar los términos del tratado al comandante español Gabino Gaínza, y al gobierno encabezado por el director supremo, Francisco de la Lastra.

“La firma del Tratado de Lircay en mayo de 1814, prácticamente fue redactado por el comodoro James Hillyar. En el tratado ambas partes - patriotas y realistas - se obligan a reconocer su mediación, lo que luego ocasionó disputas entre los bandos de Carrera y O’Higgins”.

Incluso, en las páginas de su Diario de mi residencia en Chile, la viajera inglesa Mary Graham, menciona el rol de Hillyar en el acuerdo. “El capitán Hillier, de la Phoebe, buque de la armada de Su Majestad Británica, se constituyó en fiador del cumplimiento de las condiciones de la paz, cuyos artículos se firmaron en Lircay, cerca de Talca, el 3 de Mayo de 1814″.

No fue la única movida de los ingleses. “El otro caso es el de Sidney Smith, quien fue el portavoz de Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y princesa de Portugal, en su demanda por suceder a su hermano en el trono y ser reconocida como heredera legítima a la Corona por parte de los Americanos -detalla Baeza-. En ambos casos hay un interés por terminar o evitar un conflicto bélico para así salvaguardar las actividades de los comerciantes británicos en América”.

Tensiones a bordo

En el primaveral octubre de 1818, desde los altos del cerro San Roque de Valparaíso, Bernardo O’Higgins, a la sazón Director Supremo, despidió el zarpe de la primera escuadra nacional. Una fuerza naval al mando de Manuel Blanco Encalada se dirigió al sur a enfrentar a la flota expedicionaria española que se dirigía a las costas chilenas en son de batalla.

Y aunque la bisoña marina nacional consiguió una primera victoria, con la captura de la fragata María Isabel, el ambiente a bordo era tan espeso como la niebla matutina de altamar. Las tensiones entre oficiales y tripulación cruzaban bandas, camarotes y cubiertas. La oficialidad, británica, no podía tolerar que un comandante, con apenas experiencia, les mandara. Menos aún, si los tripulantes eran campesinos analfabetos y poco acostumbrados a la vida de los mares.

En su Diario de mi Residencia en Chile, Mary Graham recuerda la incorporación del bergantín Galvarino a la escuadra nacional. Uno de sus comandantes, el capitán inglés Martin J. Guise no ocultaba su pretensión de ser nombrado comandante en jefe de la escuadra chilena, al considerar que él tenía mayor rango militar que Blanco Encalada.

“El capitán Spry, había traído a bordo al capitán Guise, de la armada inglesa, que abrigaba la esperanza de obtener el comando de las fuerzas navales del país; y junto con él había cierto número de allegados, que estaban tan interesados que así fuera, que parecían considerar que le correspondía de derecho, y en parte habían logrado persuadirlo a pensar la misma cosa”.

Pero el asunto no se calmó. “El primer comandante de la Armada fue Manuel Blanco Encalada, quien no era precisamente un ‘hombre de mar’ -explica Baeza, quien dedica un capítulo del libro a la dura convivencia de chilenos y británicos en los años iniciales de la Armada-. Sin embargo, él había servido como guardiamarina en la Armada española durante las guerras napoleónicas. Era quizás quien más experiencia tenía”.

“Cuando se comenzó a organizar la primera Escuadra, ya había en el contingente varios marinos británicos -agrega-. Para estos, el hecho de que se nombrara a Blanco Encalada era casi ofensivo, ya que no lo consideraban un “hombre de mar” y, por lo tanto, era algo que correspondía a un británico. En este punto hay algo importante y es que incluso dentro de la sociedad británica la cultura marítima, la de la Royal Navy, estaba dotada de cierto aire de superioridad y arrogancia”.

Las tensiones, cuenta el historiador en el texto, también fueron alimentadas por las condiciones precarias en que se formó la Armada, las diferencias de trato y privilegios entre oficiales y tripulantes, y la difícil convivencia de nacionalidades que acumulaban rivalidades previas (por ejemplo, ingleses e irlandeses), una situación que se repitió en otras fuerzas militares de las nacientes repúblicas sudamericanas.

Manuel Blanco Encalada

La situación más compleja ocurrió con los tripulantes. “Cuando los primeros barcos de la Armada comenzaron a dotarse con campesinos y pescadores chilenos, cuya cultura marítima era escasa, fueron mirados con mucho desdén por los marinos y oficiales que habían servido en la Royal Navy. Para ellos eran ‘ubbers’, simples campesinos”.

Por ello, la vida a bordo se hizo particularmente ruda. “Esto fue muy dramático, ya que se estipuló que cada barco hablaría el idioma de su comandante, quienes en su mayoría eran británicos, pero que cada marino sería juzgado de acuerdo a la regulación de su país -explica el historiador-. En la práctica, sin embargo, a los chilenos se les castigaba de acuerdo a la regulación británica, lo que llevó a varios conflictos, denuncias, motines y consejos de guerra”.

“Esto se expresó en el duro trato que recibieron los marinos chilenos por parte de sus oficiales británicos, a veces por no conocer el idioma inglés (el que en la práctica era el idioma oficial de la Armada) o las regulaciones de la Royal Navy”, agrega.

Los problemas no amainaron ni siquiera con el cambio en el comando de la marina. El 29 de noviembre de 1818, Bernardo O’Higgins viajó desde Santiago a Valparaíso para recibir a Lord Cochrane, célebre marino inglés que tras ser expulsado de la marina británica y del parlamento, por un escándalo bursátil, asumió el mando de la Armada.

Pero no la tendría fácil. En la incipiente marina chilena, Cochrane encontró resistencia entre los oficiales chilenos e incluso, los mismos británicos. “Habíanse desarrollado diversas tretas e intriguillas entre los oficiales que había ya establecidos en Chile, que antes que tener a la cabeza a un hombre tan superior a todos ellos, o atemorizados quizás de que no fuese a ponerlos en un disparadero, trataron de concertar una especie de comando dividido, deseando, según decían, de tener: dos comodoros y no á Cochrane solo”, explica Mary Graham en su diario.

Para Baeza, la figura de Lord Cochrane, lejos de ser considerada una intromisión inglesa, debe leerse como una aventura personal, sustentada en su ideario liberal, que calzó con la lucha de las noveles repúblicas latinoamericanas. “Es evidente que su presencia en Chile obedeció a una aventura personal, más que a una política planificada -explica Baeza en el texto-. Sumido en el descrédito y sin posibilidades de ejercer como marino en Gran Bretaña, la posibilidad de unirse a la Armada de Chile y participar en una guerra que en principio no era suya, le permitió preservar en parte su identidad como ‘hombre de mar’”.

“El empeño de Cochrane y de la oficialidad de origen británico por imponer su modelo y su normativa fomentó una cultura de castigo y de abusos de poder que afectó tanto a chilenos como marinos y soldados británicos de menor rango -agrega el historiador-. Como respuesta, los motines y deserciones de marinos y soldados de bajo rango fueron cada vez más frecuentes, aunque no pueden explicarse únicamente como una resistencia frente a una imposición cultural, sino que como la resistencia a los abusos basados en el privilegio detentado por la oficialidad británica”.

Sin embargo, a su juicio, la figura de Lord Cochrane fue fundamental para proyectar el interés de Chile como actor relevante en el Pacífico sur. “La actuación de Cochrane y de la Armada de Chile en estos años permite trazar cómo evolucionó la construcción de la imagen de Chile desde que era representada como una alejada, marginal y pobre Colonia, pasando por la de un territorio con una ubicación estratégica para unir otros mercados, al de un Estado con el poderío su ciente como para hacerse con el dominio del Pacífico”.

Un difícil reconocimiento

En sus primeros años como nación independiente, Chile alzó la vista hacia el mar. La expedición libertadora al Perú, y los primeros éxitos en el mar, mostraban a la élite la importancia de controlar el Pacífico sur. Mientras, la emigración británica se hacía notar con fuerza en los puertos; marineros, aventureros, misioneros y comerciantes británicos -y también estadounidenses- comenzaban a instalarse en Valparaíso y se integraban a la vida cívica.

Según Baeza, es difícil saber con exactitud cuántos británicos residían en Chile por entonces, pero sí, algunos datos claves. “Es sin duda a partir de la década de 1820 en que el crecimiento es exponencial, lo que estuvo impulsado por la apertura del comercio una vez consolidada la independencia (por segunda vez). John Miers, comerciante y viajero británico, estimó que en Valparaíso no había más de cuatrocientos británicos a su llegada en 1822. Por otro lado, la mayoría de los historiadores han repetido la estimación de que habrían sido entre mil y tres mil británicos que llegaron a Chile entre 1817 y 1824″.

“Las actividades eran variadas, una gran parte se dedicaba al comercio, pero también hay que considerar que varios de ellos habían llegado unos años antes para formar parte de la Armada e incluso hay registros de soldados que se enrolaron en las filas del ejército -agrega-. También llegaron profesores y no hay que olvidar a quienes comenzaron a incursionar tempranamente en la minería”.

A nivel formal, Inglaterra mantenía una estricta política de neutralidad hacia las antiguas colonias de España que luchaban contra la metrópoli. Pero de forma puntual comenzó a formalizar las relaciones con algunos. La corona reconoció en 1825 a los estados surgidos de los antiguos virreinatos de Nueva Granada, del Río de la Plata y México. Allí no estaban ni Chile ni Perú, con independencia consolidada recién a fines del año anterior.

Por ello, los gobiernos chilenos, enviaron agentes con una misión: conseguir el reconocimiento inglés a la nueva nación. Así, en diferentes momentos cruzaron hacia el Atlántico, Antonio José de Irisarri y Mariano Egaña. Ambos, sin calidad oficial de embajadores (usaron denominaciones como “diputado” y “ministro plenipotenciario”), lo intentaron sin éxito.

Chile ya había obtenido el reconocimiento de Estados Unidos (1823), pero si había uno que se buscaba con especial ahínco, era el de Reino Unido. “Las nuevas autoridades de los Estados hispanoamericanos sabían que sin el reconocimiento internacional su existencia era inviable -explica Andrés Baeza, quien analiza la controversia en el libro-. Pero sin duda fue el reconocimiento británico el más buscado, por cuanto era el Imperio hegemónico, y el que estaba en mejor posición para disuadir a España y la Santa Alianza de incursionar en América para ‘reconquistar’ a las colonias. En el caso chileno, se suma el rol de Bernardo O’Higgins, quien profesaba una admiración algo exagerada por el modelo político y cultural británico y deseaba a toda costa su reconocimiento”.

Además, acota Baeza, el gobierno chileno hizo una lectura geopolítica del asunto. “Mi tesis también es que O’Higgins miró con mucha sospecha el acercamiento y reconocimiento de Estados Unidos, porque una vez que se conformó la Armada y tuvo éxito en la guerra al mando de Thomas Cochrane, estaba convencido de que Chile podía convertirse en la potencia hegemónica del Pacífico. El único poder naval capaz de disputar esa hegemonía era Estados Unidos y en ese escenario, una alianza con Gran Bretaña podía ser estratégica: Gran Bretaña dominando el Atlántico y Chile el Pacífico”.

La situación se hacía más tensa para el gobierno por cuanto en la práctica, Inglaterra ya había designado a Cristopher Nugent su cónsul general en Chile, con asiento -como no- en Valparaíso. Pero aunque había interés, los informes de Nugent eran bastante críticos sobre la situación del país, en especial por las constantes fricciones políticas, conatos y cambios de gobierno.

Bernardo O'Higgins

A ello se suman los estudios de John Miers, un empresario que tras fracasar en una inversión minera en el país, se dedica a la observación y el estudio de la poco conocida flora local. Su texto, extravagante y pródigo en prejuicios, perfila a los chilenos de entonces como sucios, buenos para fumar, aficionados a los juegos de azar, con tendencia a los hurtos -incluso entre clases altas- y por supuesto, con un muy mal uso del lenguaje. “Es pobre y ramplón, agudizado por una intolerable pronunciación nasal y una carencia de vocabulario escasamente suficiente para expresar sus limitadas ideas”, escribió en un capítulo de su libro Viajes en Chile y la Plata (traducido por el historiador Gonzalo Piwonka). Ese estudio le granjeó una convincente reputación como conocedor de la zona.

“El gobierno británico fue reticente al reconocimiento, debido a que tanto el cónsul Cristopher Nugent, como John Miers hicieron muy mala prensa de la situación política y del faccionalismo, y consideraron que Chile era un Estado inviable, con el cual no valía la pena firmar tratados”, explica Baeza.

Ante el fiasco de la gestión de Egaña. y la reticencia de Reino Unido en entregar un reconocimiento, el presidente Francisco Antonio Pinto, decidió su regreso al país en 1827. Pero, nombró como cónsul general al entonces secretario general de la Legación, José Miguel de la Barra, quien finalmente, se mudó a París, donde asumió como Ministro Plenipotenciario.

Pero, a diferencia de lo que ocurría en los primeros años, tras la cruenta guerra civil que elevó al grupo consevador al poder, el interés de las elites chilenas por obtener el reconocimiento inglés, decayó. Ya se había logrado el potente reconocimiento de Francia y otros estados europeos como Holanda y Prusia, ya habían despachado sus primeros cónsules al país. “Hacia 1831, Chile ya estaba lo suficientemente conectado al mundo en términos diplomáticos como para esperar con la misma ansiedad mostrada en años anteriores el reconocimiento británico”, explica Baeza.

Sorpresivamente, un parlamentario inglés le informó a De la Barra que el gobierno británico estaba dispuesto a reconocer al país. Así lo hizo Lord Palmerston, el célebre ministro de Asuntos Exteriores, quien hizo oficial el reconocimiento a Chile, Perú y Guatemala, el 24 de febrero de 1831.

La jugada británica, estaba fundada en un par de factores que voltearon la mala opinión inicial. “Fueron precisamente las casas comerciales las que presionaron para que finalmente se reconociera a Chile en 1831, luego de que primero lo hiciera Francia, lo que amenazaba sus intereses comerciales”, detalla Andrés Baeza.

“Además, ninguno de los otros argumentos esgrimidos para explicar el retraso del reconocimiento se mantenía en 1831 -apunta en el libro-. Las fuerzas chilenas habían ocupado Chiloé en 1826, Perú había logrado su independencia y Chile podía garantizar su integridad territorial como no lo había podido hacer unos años antes”.

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