Iain Sinclair, escritor británico: “La irrealidad digital ha desbordado las viejas huellas de lo que es real en nuestras ciudades”

En los libros del autor galés, Londres es el centro absoluto: una ciudad que adquiere un relieve distinto, que se mueve entre lo místico y lo cotidiano. Sinclair participará en el seminario La Ciudad y las Palabras de la UC el próximo jueves.



La selva empieza en Londres. Fue en 2019, y con esa frase en mente, cuando Iain Sinclair decidió saldar una deuda familiar. De alguna forma, que este escritor nacido en Gales terminara viviendo en Londres no era coincidencia. “Todo comenzó con mi hija”, cuenta Sinclair (1946) desde la capital inglesa. “A través de sus investigaciones ella descubrió varios contratos entre empresas londinenses y el estado británico. A mi hija se le ocurrió que hiciéramos un viaje por la jungla peruana y que visitáramos el pueblo Ashaninka en el río Perené, para darles copias de los contratos”. Así nació su último libro, La máquina de oro, uno en que cuenta la historia de su bisabuelo, Arthur Sinclair, quien viajó a Perú desde Londres, en parte, como consecuencia de la Guerra del Pacífico. Es un libro en el que Sinclair reúne sus obsesiones: Londres, la era victoriana, la historia de su familia y los mapas secretos de las ciudades.

En todos esos temas ahondará el jueves, a las 18.00 horas, durante su conferencia en el ciclo La Ciudad de los Escritores, del seminario La Ciudad y las Palabras de la UC. “Aquel libro fue como que muchos sueños victorianos invadieran mi imaginación”, dice. “Y luego de ese viaje con mi hija, descubrí que después de una expedición como esa no se puede regresar. Por lo menos no como la misma persona. Porque antes de volver a empezar, siempre hay que pagar un precio”, agrega.

A Sinclair le gusta decir que “la selva empieza en Londres” ya que él mismo, como su bisabuelo, en algún momento hizo un viaje que le cambió la vida. En su caso fue dejar Gales, donde nació en 1943, para instalarse en una Londres revolucionada por la contracultura, la música de los Beatles, Rolling Stones, The Kinks, el cine de la nueva ola francesa y el arte pop. Era una ciudad, sin embargo, todavía con resquicios de la era victoriana, aquella época que marcó la cúspide de la Revolución Industrial y el imperio británico. Todos aquellos elementos son claves para Sinclair. Porque en sus libros de no ficción y ficción Londres es el centro absoluto: una ciudad que adquiere un relieve distinto, que se mueve entre lo místico y lo cotidiano.

Su conferencia será transmitida en el canal de YouTube del doctorado en Arquitectura (www.doctoradofadeuc.uc.cl).

-Usted no creció en Londres, pese a que su obra gira en torno a esta última ciudad. ¿Qué representaba esta cuando estaba creciendo?

Crecí en el sur de Gales, en un área industrial, por lo que para mí Londres era un misterio remoto sobre el que se leía o se veía en los noticiarios. Al principio no era un lugar en el que quería vivir. Luego, ya más de adolescente, Londres se convirtió en el centro magnético de la cultura, ese lugar al que había que acudir para ver películas, obras de teatro, exposiciones y eventos deportivos. Y, finalmente, se convirtió en una ciudad para explorar a pie. Y después para vivir. Escribir. Publicar. Y en la ciudad donde me casé y tuve hijos.

-¿Hubo libros que, mirando hacia atrás, moldearon su imagen de Londres? Porque sin duda es una de las ciudades industriales que se proyectó hacia el mundo justamente gracias a la ficción.

Claro que sí. O sea, Londres surgió de Charles Dickens, de Nuestro amigo en común, Casa lúgubre y La pequeña Dorrit. De Joseph Conrad y El agente secreto. De TS Eliot. Y de Murphy, de Samuel Beckett. De Arthur Machen y Thomas De Quincey. E incluso de la forma en que Borges veía a estos escritores y veía Londres como un laberinto. Pero también, y mucho, del cine: Hitchcock y tantos otros.

-Se mudó a Londres en los años 60. ¿Qué estaba pasando con la ciudad entonces? Eran años de recambio, del Swinging London o los Swinging Sixties. De toda una escena cultural que floreció en esa década.

Viví en Londres, primero, en 1962, cuando estudiaba en una escuela de cine en Electric Avenue, Brixton. Después, tras cuatro años de universidad en Dublín, volví y me quedé. Aunque ese Londres nunca fue el Londres tecnicolor de la mitología de los Swinging Sixties. Esos elementos estaban presentes, sin duda, pero gran parte de la ciudad seguía funcionando en monocromo. Todavía estaba presente la estética gris de los días de la Segunda Guerra Mundial.

-En un principio se dedicó a escribir poesía. O por lo menos hasta White Chappell, su primera novela en la que explora el periodo tardío de la era victoriana. ¿Qué le llevó en plena década de los 80 a escribir un libro sobre el legado de lo victoriano?

Esa novela fue en verdad una extensión de mis dos libros anteriores, que mezclaban prosa y poesía. Digamos que el lenguaje se agudizó. Lo que quise hacer fue entrelazar la colonización de la herencia victoriana junto con la cultura punk-callejera y lo que sucedía en la época del thatcherismo. Probablemente este libro es un poema disfrazado. O hasta un guión cinematográfico. A todo esto, fue mi única novela traducida al español y publicada en Buenos Aires.

-Muchos conocimos sus libros gracias a la novela gráfica Desde el infierno de Eddie Campbell y Alan Moore (Watchmen). Moore ha dicho que su novela le sirvió como inspiración para escribir aquel cómic que también explora el Londres victoriano, aunque a través de Jack el Destripador.

Fue todo gracias a Neil Gaiman. Gracias a él Alan tuvo acceso a mi entonces inhallable texto, Lud Heat, donde exploro los mapas místicos de Londres. A Alan le intrigaron algunas de las especulaciones sobre la geometría oculta y los patrones subterráneos de Londres. Nos pusimos en contacto, nos reunimos, intercambiamos cartas e ideas. Alan encontró aspectos que podía aprovechar de Lud Heat y White Chappell. Aunque por supuesto que añadió mucho más de su propia y extensa lectura e investigación para forjar su epopeya personal sobre Londres.

-Hace un par de años usted escribió un libro y varios artículos y ensayos sobre “el último Londres”. ¿A qué se refiere con este concepto?

El último Londres representa, por lo menos para mí, no la disolución de la ciudad en sí, sino el fin de mi imaginación sobre esta. La irrealidad digital ha desbordado las viejas e inciertas huellas de lo que es real en nuestras ciudades. Ahora los caminantes están constantemente mirando sus pantallas, con los oídos saturados de playlists. Son el ejército de la gente de los iPhones y iPads. Entonces con el último Londres me refiero a una forma de escribir sobre Londres que está seguramente acabada. Surgirán nuevas formas. Pero por lo menos en mi caso, sentí que había llegado al final de un proyecto iniciado en los años 60.

-¿Y cómo está afectando la tecnología a las ciudades? Supongo que se han convertido en algo parecido a ese cuento de Borges, Del rigor en la ciencia, en que el mapa termina siendo más importante que el territorio. Lo digo porque la gente pasa más tiempo mirando, en sus teléfonos, los mapas de las ciudades antes que las ciudades, ¿no?

Cuando hablas de los mapas de ciudades me viene a la cabeza algo que leí en La red oculta de la vida, un libro reciente de Merlin Sheldrake. En ese libro este escritor y biólogo cuenta cuando unos científicos construyeron un modelo a escala de Londres, con sus edificios y estaciones de tren. Pusieron hongos y moho para ver qué sucedía. Y estos, a medida que se reprodujeron, trazaron las rutas más rápidas e inteligentes para viajar, en muy poco tiempo. Los mapas de la memoria están grabados en nuestra conciencia. La ciudad nos lleva a donde tenemos que ir.

-¿Qué importancia tiene hoy el imaginario victoriano para Londres?

Hoy el imaginario victoriano es casi una marca de la ciudad. Y de alguna forma todavía vivimos sus consecuencias. En la literatura se ha convertido en una especie de recurso fácil, en un sentimiento sin forma que colorea nuestras catástrofes actuales.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.