Crítica de discos de Marcelo Contreras: brilla Bloc Party, Babasónicos necesita mejores canciones y a Arcade Fire no le alcanza

Lanzamientos dispares para esta semana, entre el retorno de tres grupos que siempre proponen y poseen una identidad clara, aunque esta vez llegando a resultados no siempre exitosos.



Arcade Fire - WE

Oficialmente los héroes indie canadienses vienen de un paso en falso -Everything now (2017)-, un álbum vapuleado con rigor innecesario, sancionados por prensa y fanaticada por salir de la zona de confort, y pensar más en el baile que en salvar al mundo con estribillos para estadios.

Ahora intentan remedar el paso con un disco pesimista, melancólico y grandilocuente sobre el presente y el futuro, abordados en tres capítulos subdivididos como un viejo álbum de rock progresivo. Las canciones se presentan con títulos en dos partes -Age of anxiety I y Age of anxiety II (Rabbit hole), por ejemplo-, en una especie de continuo cinematográfico logrado a medias. El cantante Win Butler aborda asuntos serios, como ocurre en los episodios de End of the empire sobre el declive del imperio estadounidense, totalizando cuatro secciones que abarcan casi diez minutos con ecos floydianos, sin concitar un clímax.

Algo parecido a un desquite sucede en las tibias The Lightning I y II, y Unconditional I y II (esta última con Peter Gabriel), envalentonadas con ligeros destellos épicos y aspiraciones bailables. Arcade fire habita un loop en un universo construido en torno a la sobrevaloración, señalados como salvadores del rock sin las espaldas necesarias.

Babasónicos - Trinchera

La labia babasónica envuelve a ratos intereses colindantes con el urbano -fiesta y placer de acceso ilimitado-, pero el verso insinuante y canchero donde el protagonista evita el romance -”hazme el amor hasta el amanecer y después bye bye”, resuelve Adrián Dargelós en Bye bye-, sigue cotizando al alza.

Trinchera no posee la inmediatez de clásicos populares como Jessico (2001) e Infame (2003), ni la osadía del catálogo noventero. Es un registro en pandemia y como tal, propone reflexión. El soporte instrumental corre minimalista y las melodías del cantante y líder rehuyen mayores estribillos. Sólo después de unas cuantas escuchas las piezas de Trinchera comienzan a encajar en una frecuencia distinta, con variadas frases para el bronce propias de la pluma concisa de Dargelós, cantadas como si se encogiera de hombros, consciente del peso de sus palabras. “Estos malos modales me abrieron el camino hasta acá”, sentencia en Paradoja. “La identidad no se negocia nunca y el que lo hace, vive preso”, proclama en la existencial Vacío. “Qué infame es fracasar sin intentarlo todo”, observa en Mentira nórdica. Trinchera merecía mejores composiciones para esas letras.

Bloc Party - Alpha games

Asociados tangencialmente al rock revivalista de la primera década de este siglo, los británicos Bloc Party miraban más hacia el presente y el futuro, con una dinámica repartida entre un singular juego de guitarras y una base rítmica proclive al vértigo, los cambios de cifra y la ejecución ajustada, post punk de alta factura.

Tras cambios en la alineación en 2015 -ingresaron la baterista Louise Bartle y el bajista multiinstrumentista Justin Harris-, este sexto álbum reconecta con la identidad original perdida en el anterior título Hymns (2016). Alpha games se concentra en lo que mejor sabe hacer Bloc Party, rock afilado y desafiante. Day drinker ofrece urgencia para quebrar el curso en un riff descendente, que luego empalma con la veta bailable. You should know the truth combina Talking Heads y Television. La tensión configura los primeros segundos de Callum is a snake, ejemplo de cómo Bloc Party es capaz de encajar numerosas alteraciones de tiempo en un continuo rítmico.

Aunque Silent alarm (2005) y A weekend in the city (2007) son insuperables como ejemplos de rock audaz, melódico y urgente inserto en pleno siglo XXI, Alpha games captura parte de ese espìritu, suficiente para convertirse en un gran regreso de Bloc Party.

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