Gabriela Alburquenque, escritora chilena: “Las mujeres estamos en un constante ejercicio de revisión de nuestras historias”

Gabriela Alburquenque

La joven escritora nacional acaba de presentar su última novela, Aviso de demolición. Ganadora del Premio Roberto Bolaño 2021, en sus páginas muestra la historia de una chica que explora un pasado que ya se fue, en medio de las ruinas de su casa. En charla con Culto, aborda las claves que sustentan la novela.



Una casa en ruinas. Esa imagen fue a la que Gabriela Alburquenque (27) le disparó una idea y que terminó convirtiéndose en novela. “Esa primera imagen, escena, dio pie a una serie de preguntas por la pertenencia, el cuerpo, las ruinas y construcciones sobre las que se cimentan nuestras vidas. Al mismo tiempo que empecé a pensar en esa frase, que era parte de mis trayectos en metro desde la universidad a la casa, desde la casa a la vida, empecé a pensar cómo acomodar el oído para que esa imagen existiera no solo como imagen, sino como una escena que saliera de la anécdota y diera paso a una historia”, recuerda con Culto.

Esos desvaríos, Alburquenque terminó por escribirlos en una novela titulada Aviso de demolición, y que ve la luz a través del sello editorial independiente Los libros de la mujer rota.

Ganadora del Premio Roberto Bolaño 2021 en la categoría novela, justamente por este libro, Alburquenque ha ido construyendo de a poco, pero de manera sólida, un espacio propio en la literatura nacional. En las páginas de Aviso de demolición, narra la historia de Laura, quien al ver cómo la casa de su infancia fue demolida, intenta reconstruir su pasado, el que a veces se le suele escapar.

“Lo más complejo fue encontrar un tono, un ritmo, aunque quizás fue así porque tenía clarísimo que quería aspirar a ello -señala Alburquenque-. Para mí, pensar en el lenguaje, en cómo funciona y se va articulando, hilvanando, cruzando de un lado a otro con sentidos, es primordial al momento de escribir. Como toda la novela partió de una primera frase, que era en sí una escena muy potente, su insistencia en la potencia de las palabras me parecía lo más importante; más incluso que la imagen o escena en sí. Es decir: el peso de leer que alguien llega y encuentra ruinas; cómo las palabras pueden producir un choque tan profundo, que al enunciar aquello algo se nos agrieta, entendemos algo de una grieta”.

“Así, el proceso de escritura fue de mucha lectura en voz alta, de muchas comas que se fueron poniendo, sacando o acomodando, de pocos puntos y muchas comas; de socialización, aunque en instancias más íntimas, con personas en cuyos oídos confío y voces en las que me gustaría anidar”.

¿Cuánto de ti tiene Laura?, ¿alcanza a ser autobiográfico?

Laura tiene de mí el lenguaje, eso está claro, y compartimos algunos espacios vitales: una vida junto a una madre, su madre y su padre (sus abuelos); un tener que levantarse más temprano siempre porque la periferia está lejos de la vida y nos han obligado a que todo ocurra en el centro; una edad más o menos similar. Rutinas de vida, experiencias, pero eso es lo mismo que me podría contar una amiga un día en un café y que coincide con algo propio, porque pienso que tiene más en común con una generación que solo conmigo, además nunca estamos solas, solos. Fuera de eso, el libro no fue pensado como un ejercicio de autobiografía o autoficción, sino como una ficción a secas, en la que existe una casa y una mujer, que en realidad son tres casas y tres mujeres, y en algún sentido, eso se podría relacionar con mi vida, pero también con otras.

Esta novela se instala en los recuerdos de una casa que fue y que ya no existe. ¿Te influyó el período de la pandemia en esta novela? Considerando que el encierro fue la norma.

A pesar de que la novela se empezó a escribir justo antes de la pandemia, por ahí por enero y febrero del 2020, con el sol en la nuca y los reflejos en la pantalla, pocas veces me pregunté por el encierro mientras escribía o por el revés que tomaron los espacios en ese periodo. En Aviso de demolición las puertas de la casa siempre están abiertas, los cuerpos se pierden en el trayecto del comedor a la cocina o abajo de la pata de una mesa. Me parece que ese modo de pensar en los espacios, de empezar a reflexionarlos no como instancias pasajeras del día a día, sino como hitos vitales, como la gran hazaña del día, sí pueden tener relación con reflexiones del encierro y el cómo acomodamos el cuerpo a espacios en los que no estábamos tanto en tales horas del día, y de pronto sí.

Sobre todo, la novela tiene que ver con lo que fue y ya no existe. En ese sentido, pienso que podría estar más relacionado con cómo se modifica siempre la vida y sus modos de habitarla; se está modificando justo ahora, la estamos modificando.

Laura va encontrándose con los pedazos de la casa para encontrarse a sí misma. ¿Tiene ese mismo rol la escritura para ti?

Más que un espacio de encuentro conmigo, me parece que la escritura es un espacio de encuentro con otras, que es lo que le ocurre a Laura también con esas ruinas. Me gusta pensar que la escritura no tiene rol marcado. Hay algo en llamar al oficio de la literatura “escritura” que lo ata a la producción, al hacer. Hacer con el lenguaje y no para el lenguaje, es lo que me interesa; no es algo que diga yo, sino Patricia de Souza, pero que decido tomar como máxima al momento de pensar en hacer en la escritura.

¿Es la memoria un tema que te interesa?, ¿lo consideras clave en este libro?

La memoria siempre se está haciendo, siempre se está rompiendo. La importancia de la memoria en Chile se ha leído muchísimo desde lo que no hemos podido recomponer desde la dictadura; esa memoria que se desarmó con el fin de que nadie la pudiera rearmar. ¿Me importa como tema? Claro, pero lo que me parece que es clave en este libro es la posibilidad de pensar en las heridas de esas memorias en relación a otras; otras heridas, otras memorias que tienen sus propias grietas y fisuras. Las memorias son algo que no se puede fijar, son múltiples y siempre están en disputa. En ese sentido, en este libro lo clave es la posibilidad de que haya un peso de la memoria en nuestro presente, que en lugar de inmovilizarlo, lo está interpelando una y otra vez; ya sea por esa herida de la dictadura que no hemos zanjado, o por esa herida de la memoria que no hemos abordado de todos los ángulos. La memoria se vuelve un problema para la protagonista en la medida en que tiene nulos recuerdos de su infancia, y eso es lo que está un poco buscando en esas ruinas frente a sus pies: su historia, los hilos que fueron trenzando el telar de su vida, de lo que ella es. Por eso, también hay una importancia fundamental en la re-visión de la memoria, en el volver a ver con ojos nuevos que es como lo propuso en 1971 Adrienne Rich. Muchas mujeres estamos en un constante ejercicio de revisión de nuestras historias, de las historias que se nos cruzan en la memoria y en el cuerpo, que nos componen. Me parece que al tratarse de un libro con tres personajes femeninos centrales, fue más necesario pensarla desde ahí. Pensar la memoria desde las personajes y no desde mí o cierta tradición literaria.

En la novela también tocas el tema de la salud mental, ¿cómo se escribe de eso sin caer en lo caricaturezco?

Fue importante incluir el relato de la salud mental en la medida en que era una exigencia para mi protagonista. Es interesante, porque ese tema está explorado desde su ausencia en la novela; desde sus malas gestiones para resolverla, como mujer que no se hace cargo de que tiene un problema de comunicación que está más allá de la posibilidad de enunciar palabras, del decir algo. Un problema de comunicación que se relaciona más con la imposibilidad de tener autonomía, de atravesar el lenguaje como dueña de casa y no invitada. ¿Cómo no caer en las caricaturas? Para mí lo radical es desarmar las caricaturas desde las posibilidades y no las ideas preconcebidas. Nada viene hecho, hay que hacerlo. Es decir: sería muy fácil contar la historia de una mujer con depresión hablando de cada hoyo de vida en el que se hunde su cuerpo, porque esa es la imagen que nos ha mostrado la vida. Recuerdo mucho esa frase “Todo es una tragedia aquí”, que pasa a ser fundamental en la película sobre María Luisa Bombal, y en lo tremenda que me parece esa declaración, en lo tremendo que es que para una película sobre la vida de alguien, sobre su figura, lo más importante sea leer lo que se hizo con su imagen y no se leyó en su producción, en su propio testimonio autobiográfico, qué sé yo.

También das cuenta de una realidad bastante precaria, con Laura apenas pudiendo costearse un arriendo o unas sesiones de terapia. ¿Te acomoda situar a tus personajes en lo marginal?

Es una situación muy precaria, sí, pero es una situación muy común también. La mayoría de las personas que conozco y que tienen menos de treinta años estamos en esa: apenas costeándonos la vida, cuando tenemos mucha suerte costeándonos una psicóloga, y sintiendo todo el tiempo que esa plata “invertida” en nuestra salud es una pérdida, como la plata que se va en arriendo. Haciendo presupuestos de acá pa allá, tirando la talla de casarnos pa arriba. Hace nada hablaban de una preferencia por vidas líquidas en mi generación, pero no se trata de eso, sino de aceptar las consecuencias de vivir al día a día porque a veces no da para que sea de otro modo, este sistema no está hecho para permitir que dejemos de pensar en lo que se ha expulsado al margen, que no es más que lo precarizado. En esa línea, me interesa contar personajes que se sitúan cerca del mundo que reconozco como propio, aunque no por eso sin la libertad de soltar mi biografía, mis propias precarizaciones que no son totalmente las mismas de Laura. Entonces, no sé si me acomoda situar a mis personajes en lo marginal o si es una consecuencia de mi propio lugar en el sistema, en la vida, de las cosas que he podido observar y de las cuales me es posible armar relato. No sé cómo podría imaginar la vida de una veinteañera que puede costearse la vida o las sesiones de terapia, cuando ni siquiera conozco a muchas treintañeras que lo hagan.

El lanzamiento del libro, el pasado 2 de diciembre en el Espacio Cultural de Ñuñoa.

¿Hay de cierta forma un tema con la añoranza de no poseer?, tanto la casa que ya no existe como la que arrienda Laura.

Me parece muy hermosa esta pregunta, porque la añoranza de no poseer es una fantasía de cara a ese neoliberalismo salvaje que se le contrapone, aunque una muy hermosa. Una fantasía porque la idea de posesión se ha impuesto desde el deseo. Al pensar en Laura, pienso en una mujer que es atormentada por las exigencias sobre sus deseos a diario, porque además trabaja en el call center de un banco y no puedo imaginar un lugar donde se muevan más añoranzas por la posesión que allí. Por otro lado, la protagonista ha desplazado todo su deseo por esas exigencias, por ello que no haya una polola, una amiga cercana, alguien en su vida. Me parece que el deseo es más honesto en relación a otras personas, que se comporta de manera más honesta. Si alguien tiene problemas con su deseo, con su modo de habitar el deseo, entonces es lógico para mí que tenga problemas para relacionarse a través de sus deseos con otras y otros. En un momento, me parece que empezamos a vincular posesión con el ser: soy lo que poseo, poseo lo que soy. En nuestras relaciones afectivas, con nuestras adquisiciones, incluso con los libros que acomodamos en nuestras bibliotecas, corremos el peligro de rendirnos a la posesión por mera posesión, ¿y después de eso qué? ¿Qué lugar ocupa la pertenencia, ese ser parte de, en el proceso de hacerse de algo?

Esta novela obtuvo el Premio Roberto Bolaño 2021 en la categoría novela. ¿Cómo se sigue escribiendo tras un reconocimiento así?

Con más respeto por el oficio, sobre todo por haber estado en una instancia de competencia con compañeras y compañeros cuyos trabajos respeto y me reclaman eso justamente. Me parece que lo más interesante de una instancia de competencia literaria es ver la riqueza de una literatura que se está explorando desde distintas voces que están dispuestas a estar pensándola, escribiéndola, postulándola a un concurso, quizás, porque los concursos también tienen una promesa de poder financiar nuestras escrituras. Desde ahí, escribir fue hacerse más cargo de la escritura que de nada.

¿Qué lecturas te ayudaron en la escritura de esta novela?

En general estoy buscando lecturas no que me ayuden a escribir, sino a pensar. Entre ellas, María Luisa Bombal siempre es una piedra angular: lo que hizo/hace Bombal con las palabras, cómo transitó el lenguaje, son cosas que me devuelven a su escritura una y otra vez. Más específicamente, para esta novela leí mucho a Guadalupe Santa Cruz, uno de los epígrafes que abren la novela es de Esta parcela. Me interesaba pensar en cosas que ella había pensado y sobre las que escribió tantísimo mejor que yo (la voz, el cuerpo, la pertenencia a los territorios y el desarraigo). También tuve una biblia de arquitectura moderna, una Historia de la arquitectura moderna; digo biblia porque como ocurre con algunas biblias en algunas casas: están ahí no para ser leídas, sino para dotar de cierta aura a las cosas, cierto haz divino al ambiente, a la vida. Entonces, no podría decir que fue precisamente una lectura que me ayudó, porque no la leí completa, no leí siquiera la mitad, pero me sirvió tenerla junto a mí casi como amuleto. También hubo una serie de lecturas que tuve entre ese periodo, que sin quererlo, fueron ayudándome también, tendiéndome la mano, y que vienen a ser todos esos libros que una lee al año: los que estudiamos, los que trabajamos, los que investigamos, los que necesitamos, los que queremos. Pienso que todo lo que leemos está siempre afectando la escritura. Incluso cuando he terminado ese libro, sigo leyendo cosas que me lo afectan directamente: como Tierra de mujeres de María Sánchez, que lo leí hace muy poco, o la novela inédita de una compañera de taller que me hizo seguir pensando cosas luego de su publicación.

Laura se pregunta ¿Dónde tienen el corazón las casas? ¿Cuál sería tu respuesta como Gabriela?

Muchas veces, he pensado que la literatura es un modo de hacernos preguntas que no necesariamente tienen una respuesta, sino varias. Esa pregunta que se hace Laura, entonces, me parece que puede ser respondida desde diversos diagnósticos de lo que sería un corazón y una casa. ¿Dónde tienen el corazón las casas? Primero en quiénes las habitan y hacen de ellas lugares y no espacios. Pero también en las voces que se quedaron atrapadas en las cañerías, en los ecos que resuenan entre ducha y ducha, en las manos, todas esas manos que se usaron para que fueran construidas, en sus materiales, sí, pero sobre todo en ellos porque han sido manipulados por un par o varios pares de manos; en sus cuidados, los maestreos que se le han hecho para arreglarle un detallito; en el piso, que pone al mismo nivel a todas las personas que las han habitado.

Enrique Lihn decía que la literatura es un proceso colectivo. ¿Pasó esta novela por los comentarios de otras personas?, ¿La trabajaste en algún taller literario?

No trabajé directamente esta novela en un taller literario, pero sí estuve en talleres cuando la escribía, y también la socialicé con algunas personas que la nutrieron de diversas maneras con sus voces, ojos, comentarios, aunque eso ya cuando estaba más o menos lista, cerrada para mí. Sin embargo, de todas maneras, muchas de mis opiniones, ideas, pensamientos sobre la literatura se han dado o formado en talleres, en instancias donde se piensa la literatura en colectivo, porque me parece que es sin duda un proceso que necesita de otras y otros, aunque eso no deba siempre darse de manera tan institucional: un taller también puede ser las juntas con amigas con las que se hacen cadáveres exquisitos, los almuerzos familiares, las conversaciones con personas que amamos, lo que se conversa mientras se camina a la casa después de comprar papas fritas para ver una serie.

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