Green Day en Chile: la patineta eterna
“¿Están contentos?”, preguntó Billie Joe, sabiendo la respuesta. Green Day es parte de la banda sonora de un par de generaciones. El trío es un viaje a un punto de adolescencia eterna con canciones que rara vez aflojan. En directo ofrecen todo lo que el fan espera: la energía, la conexión y la pieza ajustada, el cariño que se renueva.
Las palabras de John Lydon -”son unos farsantes”- resuenan a paradoja mientras se observa no a las 50 mil personas que arribaron la noche del sábado en medio del implacable frío capitalino al Parque del Estadio Nacional, sino a unos pocos que sin entrada, se aglutinaron a las afueras del recinto por Pedro de Valdivia, coreando hasta las últimas canciones del regreso de Green Day después de ocho años. Fue una hora y media de espectáculo con llamaradas y fuegos artificiales, iluminando el cielo rojizo de Ñuñoa, que contuvo amablemente la lluvia.
Esta “versión turgente de algo que en realidad no les pertenece”, como también ha dicho con desprecio el ex cantante de los Sex Pistols, puede oler a estafa entre los pioneros del punk, pero algo escapa en esa lectura. El trío californiano ha construido algo más profundo y duradero después de 30 años. Nadie desafía una noche de invierno a la intemperie por música que no le conmueve. Ahí estaban esos chicos y otro no tanto sin boleto, pegados a las rejas perimetrales del Nacional saltando, cabeceando y coreando, mientras por la avenida Guillermo Mann aparcaban decenas de buses y vans con público desde regiones.
Green Day monta una fantasía propia de un parque de diversiones. El escenario va engalanado con los iconográficos amplificadores Marshall, distribuidos espaciadamente hasta formar una pared en el fondo. Es solo un decorado, ninguno suena. Hace rato que la muralla de amplis en el escenario resulta innecesaria, por los avances en el sonido y los sistemas de retorno. Da lo mismo. El pop punk del recetario Green Day, necesita reforzar una imagen sugerente de energía y decibeles, que la banda redoblada con otros dos guitarristas y un tecladista que además suman voces, instaló desde el pitazo inicial con American Idiot.
La portada de aquel álbum que los elevó a la estratósfera del rock mundial en 2004, concentrada en ese brazo que alza una granada sangrante con forma de corazón, se erigió en una figura inflable. Ahí estaba Green Day cantando el hit homónimo sobre chovinismo y manipulación mediática en medio de una administración republicana en EEUU, sin perder contexto alguno.
El sonido fue resuelto y espectacular de inmediato. Con 53 años, Billie Joe Armstrong aparenta fácil una década menos, y canta como en los días de Dookie (1994). Esa es otra de las intenciones manifiestas de Green Day: detener el tiempo en un punto indefinido. Aunque el líder ya no vocifera hasta la exasperación como sucedió en la tercera visita en noviembre de 2017 en el estadio Bicentenario de La Florida -para ser precisos, el público de anoche tampoco tuvo las reacciones explosivas de aquella vez-, Green Day hace lo que esté a su alcance para transmitir energía ininterrumpida. Mike Dirnt pulsa el bajo con incansable solidez y salta para la foto como rockstar con las piernas recogidas, y Tré Cool sigue impertérrito en batería en una mezcla de velocidad y swing que lo identifica.
El punk de empaque power pop de Green Day funciona a base de eslóganes, un principio del género ciertamente. En Holiday, Billie Joe hizo una ligera alusión a Know your rights del Combat rock (1982) The Clash, seguida de Know your enemy.
En un cuarto de hora habían lanzado gran parte de la carne a la parrilla entre llamaradas y bolas de fuego, bombas de ruido y fuegos artificiales, más el viejo truco de subir a un fan al escenario, en este caso una chica que balbuceó una letra y se sacudió un poco, hasta despedirse en un largo abrazo con el líder.
A la altura de Boulevard of broken dreams, Billie Joe ya había ejecutado otros infaltables como corear el nombre de Chile y alentar las voces del público. En Longview se colgó la vieja guitarra Fender del video original, y Mike Dernt se cambió al mismo modelo de bajo Gibson, para replicar uno de sus mejores momentos melódicos en toda la discografía del trío.
Billie Joe dio muestra de su carácter de pendejo enrabiado, cuando el asistente se equivocó de guitarra en Welcome to paradise. Como prólogo de Hitchin’ ride, extendida con la dinámica qué-lado-canta-más, desenfundó brevemente el riff monolítico de Iron man de Black Sabbath, reconocida por el público con vítores. Desempolvaron Haushinka (no la tocaban desde 1997), empalmaron Brain stew con su cariz cortante, seguida de St. Jimmy que fue recibida con bengala en cancha general, y rematada con un “olé, olé olé” en honor a la banda. Reventaron más fuegos de artificio con Minority como parte de una seguidilla de clásicos, contando Basket case, When I come around y She.
“¿Están contentos?”, preguntó Billie Joe, sabiendo la respuesta. Green Day es parte de la banda sonora de un par de generaciones. No son precisamente la expresión nihilista y art rock que envolvía al punk original, sino una ramificación adaptada de líneas más directas y aerodinámicas. El trío de California es un viaje a un punto de adolescencia eterna con canciones que rara vez aflojan. En directo ofrecen todo lo que el fan espera: la energía, la conexión y la pieza ajustada, el cariño que se renueva.
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