Reseña de libros: de Sandro Veronesi al perfil biográfico de Matilde Pérez
Septiembre negro, la conmovedora novela del escritor italiano sobre el fin de la inocencia; Aún existo, el perfil de la artista cinética chilena, y una guía ilustrada sobre el reino fungi en Chile, en las lecturas de la semana.
Septiembre negro, de Sandro Veronesi (Anagrama)
Aquel verano “fue diferente desde el principio”, dice Gigio, el protagonista. Era el verano de 1972, tenía 12 años, y él y su comprensión del mundo estaban cambiando. Gigio crece, su pelo comienza a rizarse; aún lee cómics pero descubre El Eternauta y empieza a apasionarse por la música. Su espacio protegido lo integran sus padres, su hermana y su tío Giotti, que sigue por radio y reproduce en su tablero los juegos de ajedrez de Bobby Fischer. “Y por último estaba Astel”, recuerda. Un año mayor, aquel verano en la costa toscana Astel “apareció con trenzas, unas trenzas como las de su madre -bueno, más bonitas aún-. Y desear tocar las suyas ya era otra historia”. Gigio se enamora por primera vez, vive momentos llenos de ilusión: escuchan música juntos, cantan a David Bowie, traducen las letras. Y en paralelo comienza a distinguir las sombras y grietas de su entorno familiar: por primera vez, “mis padres fueron incapaces de protegerme; es más, fueron una de las causas de la conmoción que sufrí”, cuenta. El inicio de la adolescencia le revela también con crudeza la violencia del mundo: aquel verano ocurre el atentado terrorista en los Juegos Olímpicos de Munich. Sandro Veronesi, autor de El colibrí, escribe una bella y conmovedora novela sobre el despertar adolescente y el fin de la inocencia.
Todavía existo, de Sabine Drysdale (UDP)
La ilusión del movimiento la encandiló. Los cuadros de Víctor Vasarely, colgados en una galería de París, fueron una revelación para Matilde Pérez. Era la tercera que vivía. La primera fue a los cinco años, cuando supo que quería ser pintora. La segunda ocurrió cuando dejó la pintura figurativa y descubrió la geometría. Y en 1961, a los 44 años, luego de dejar a su marido y su hijo en un Santiago asfixiante, reconocía una nueva libertad en el arte cinético. Nacida en una familia tradicional, fue una artista audaz y visionaria que jugó con las líneas y la ilusión de movimiento para lograr una revolución perceptiva. Pero su obra recibió un frío portazo del medio local. Su reconocimiento provino de las generaciones más jóvenes cuando ella ya había cruzado los 80 años. Una muestra en el Museo Reina Sofìa de Madrid en 2007, que reunió a las estrellas del movimiento, la consagró internacionalmente. Aun así, en 2013, cuando era candidata al Premio Nacional de Arte, José Balmes dijo: “Todo lo que ha logrado es por su tesón, pero yo preferiría que el premio se lo quedara alguien que haya hecho escuela en Chile”. Con la apariencia de una señora conservadora, era dueña de una personalidad cautivante, ocurrente, divertida e insolente, como la describe Sabine Drysdale en este retrato ágil, fascinante y perspicaz.
Fungi chilenses, de Catalina Mekis y Dinelly Soto (Mis Raíces)
Crecen en los bosques pero no son plantas. Sobreviven al desierto y también al frío de la Antártica. El reino fungi, el universo de los hongos es único y misterioso: no hacen fotosíntesis, obtienen su propio alimento y pueden crecer tanto sobre madera, tierra o frutos en descomposición. También son capaces de germinar en papel, animales muertos o incluso plástico. Es por ello que se les considera los grandes recicladores del mundo natural. La ilustradora Catalina Mekis y la periodista Dinelly Soto ofrecen una excursión educativa, didáctica y colorida por las diferentes especies de hongos que habitan en nuestro territorio, desde el desierto de Atacama a la Antártica. Ciertamente, el libro desmitifica la ideas de que los hongos crecen exclusivamente en el sur lluvioso. Así, por ejemplo, en los salares nortinos, a tres mil metros de altura, es posible encontrar un hongo pequeño de intenso color naranja, cuyo nombre hace referencia a su ambiente (Lichenomphalia altoandina). En la zona central, en tanto, se puede observar el “hongo pollo”, cuya textura y sabor recuerda la carne de ave. Uno de los más impresionantes puede ser el “Loyo”, que suele crecer en el sur y cuyo sombrero alcanza hasta 25 centímetros de diámetro. Editado en tapas duras, el libro combina ciencia, entretención y detalladas ilustraciones.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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