Por Tomás CasanegraPara qué hacerlo fácil si lo podemos hacer difícil

El mandato soñado para un administrador de inversiones es más o menos así: “Mi horizonte de inversión es de décadas. Durante todo ese período me comprometo a realizar aportes periódicos y a no realizar un solo retiro”. La respuesta del afortunado administrador debiera ser la siguiente: “Gracias por su confianza. Me comprometo por mi parte a entregarle al final del período un retorno real compuesto altamente satisfactorio y predecible”.
Si bien en inversiones no hay cosas predecibles, hay una que se acerca a ello: el retorno real de largo plazo de las acciones reinvertidos sus dividendos. En cualquier período de más de 30 años, comience en la gran depresión o en la burbuja Nifty Fifty, la renta variable con dividendos reinvertidos ha rentado un 7% real anual (entre 6,5% y 7,5% si quiere precisar). En el corto plazo las acciones hacen lo que quieren, pero en el largo plazo se ordenan para dar una rentabilidad real superior con un riesgo de que ello no ocurra prácticamente inexistente.
Los fondos generacionales, carteras de referencia, glide paths, benchmarks, límites de inversión, premios y castigos, complican y restan al único objetivo que existe, y que es perfectamente lograble por lo que ya expliqué: maximizar el poder adquisitivo del aportante una vez jubilado. Si a esto le suma la famosa licitación de stock cada dos años, usted ya comienza a ver el camello (expertos en inversiones que no invierten no lo ven). Por una parte, queremos que las AFP construyan el mejor portafolio para el más largo plazo, y por otra, que se lo puedan traspasar expedita y económicamente a una AFP nueva cada dos años. Con respecto al mecanismo de traspaso, a estas alturas se desconoce el mecanismo (compraventa de activos o traspaso en especies), para qué decir los problemas asociados a implementar cualquiera de ellos.
La licitación de stock es una mala solución para un mal diagnóstico, una supuesta falta de competencia en la industria. Para algunos, el que la gente no se cambia de AFP como se cambia de restaurant, y sí se cambie como se cambia de banco (es decir, nunca), sería sospechoso. Para mí, lo sospecho sería lo contrario, gente confiando sus ahorros a cualquiera que le diga que le podría cobrar un poquitín menos.
El otro argumento de falta de competencia sería la elevada rentabilidad sobre patrimonio y activos que tienen las AFP. Quien haya llegado a esta conclusión se olvidó revisar qué hay en el balance de las AFP versus otras industrias. El principal activo de cualquier AFP, por lejos, es un monto que define el regulador, el Encaje (capital propio exigido a la AFP para dar respaldo a su actividad). Con la reforma de pensiones y su licitación, prepárese, la supuesta rentabilidad anormal pasará a ser anormalísima, ya que para atraer nuevas AFP se van a reducir la exigencia de Encaje a una fracción. (Como accionista minoritario de una AFP, no debiera reclamar por esto).
Sea cual sea el nivel de competencia en la industria, lo que le puedo decir es que la licitación de stock, por diseño, no mejora en nada la competencia en lo que importa: la pensión futura. La comisión que cobra hoy su AFP, o la que vaya a cobrar la AFP que administre sus fondos más adelante, no tiene impacto alguno en su pensión. Las únicas personas que se podrán ver marginalmente beneficiadas por una rebaja de comisión, no por una mayor pensión, son aquellas que, primero que nada, cotizan (50% de los afiliados no lo hace) y segundo, perciban ingresos brutos, no líquidos como lo hace la mayoría de los empleados chilenos.
Dejando fuera el incremento sustancial en la cotización obligatoria, cosa que aplaudo con ganas, los otros aspectos de la reforma de pensiones me parecen un popurrí complejo que pinta más mal que bien. Los esfuerzos para dejarlos menos malos que está realizando la Superintendencia de Pensiones son imprescindibles.
Por Tomás Casanegra,
Ingeniero Civil PUC y MBA The Wharton School
(@tomcasanegra)
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