Por Alfredo Jocelyn-HoltCuidado con acusar de iliberalismo

En especial, si quien reta se las da de liberal. No vaya a ser que la acusación se devuelva cual bumerán. ¿Cómo dice el famoso lema sobre quienes se mofan sin razón? “Honi soit qui mal y pense” (Que la vergüenza caiga sobre quien piense mal de esto).
Es que resulta que no hay nadie más iliberal que algunos liberales prominentes. Sobran ejemplos. En la Revolución Francesa, los jacobinos fueron liberales en sus inicios; luego se radicalizaron y sembraron el Terror. Al punto de que moderados (girondinos y otros) se espantaron y volvieron contrarrevolucionarios, capaces de generar Terror, aunque “blanco”, no menos brutal que su versión “roja”. Y vaya si no se ha demostrado desde entonces que los liberales suelen ser extremistas, contradictorios y zigzagueantes como para desconfiar de ellos cada vez que se hacen pasar por santos de altar.
El liberalismo se ha aliado con el autoritarismo y con dictaduras (Napoleón y sobrino). En nuestra América, con presidencialismos personalistas y caudillos (desde Bolívar). En el siglo XX, la historia es conocida: la de Keynes y Roosevelt que se sirvieron de la planificación soviética para salvar al capitalismo; la de la alianza entre el liberalismo y Hitler contra el comunismo; y, después, la del chaqueteo del liberalismo, pactando con el comunismo a fin de derrotar al fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
En Chile, Balmaceda fue dictador y “El León” Alessandri se superó a sí mismo: resucitó el militarismo castrense y el civilismo miliciano; se fascinó con Mussolini; ordenó matanzas y le debemos la enésima constitución liberal, cívico-militar, a partir de golpes de fuerza (todas las han sido). La actual ni decir, y, para colmo, la Transición. ¿Qué sería del neoliberalismo y de su proyección sin Pinochet y del concertacionismo consensuado con pinochetistas? Los mismos que se autopromueven mediante esa burda propaganda de “los 30 mejores años”, sin hacerse cargo del 18-O y apoyando a Matthei (12,46%) en una elección en que salió quinta. Igual, pretenden mandar; creen que son el establishment aunque empantanado, no hegemónico.
En suma, nuestros liberales son pragmáticos, casuísticos y, a menudo, cínicos. Útil les ha sido. A la fecha, el liberalismo es la única ideología política entre las principales todavía en pie. De ahí que la izquierda progresista chilena, ahora último, tras repetidas derrotas, se las dé también de “liberal” hasta con algún aval derechista. Admitamos, pues, que el liberalismo y su veta iliberal se manifiestan como ideología y prácticas (aun cuando finjan ser doctrinarias y teóricas), cuyo principal norte es el poder, y eso que pretenden limitarlo. Incapaces de explicarlo, no se entienden a sí mismos, convencen poco y enredan la perdiz. Cuidado con seguir adiestrando al chileno medio, errático y cobracuentas: muerde.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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