Conejos estrellas del cine

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Desquiciados, traviesos, despistados. Casi no hay conejos normales en la animación, a excepción quizás de Judy en Zootopia. El más famoso dibujo de la Warner es el chiflado Bugs Bunny, y antes del ratón Mickey, Disney probó con el temerario conejo Osvaldo.


Los conejos son tan roedores como los ratones y les pisan los talones en popularidad. Por cada Mickey Mouse hay un Bugs Bunny, y ante cada locuaz Pinky y Cerebro siempre habrá un Conejo Blanco de Alicia o un Roger Rabbit que dispute el trono en verborrea.

El primer gran conejo del cine es uno que no fue. O, al menos, solo lo fue durante un tiempo y podría haber sido el símbolo de Disney si es que Universal no se hubiera quedado con los derechos en 1927. Walt Disney lo inventó ese año, le puso de nombre Oswald y era valeroso, independiente y algo pendenciero. Trece años después, el dibujante Ted Avery creó al conocido Bugs Bunny, que según muchos tenía algo de Osvaldo, pero también bastante de la personalidad desenfrenada de su creador.

Esto de ser desobediente e insumiso está en el ADN de los conejos. De lo contrario no se entendería por qué Peter Rabbit, el personaje creado por la inglesa Beatrix Potter en 1893, no le hace caso a su madre y salta al jardín del señor McGregor. Curiosamente, en el año 1910 apareció otro Peter Rabbit. Lo creó Thornton Burgess, pero en 1914 le cambió el apellido: desde ese momento se llamó Peter Cottontail, el más emblemático de los conejos de Pascua.

Pero el gran antepasado de todos es el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, la novela de 1865 donde el animalito no para de mirar su reloj, siempre atrasado a cualquier parte. En la misma narración de Lewis Carroll estaba la Liebre de Marzo: rematadamente loca, siempre creía que era la hora del té.

Hablando de chiflados, en 1988 Roger Rabbit tuvo su propia película. Según sus creadores, Roger era una mezcla de Bugs Bunny, Oswald y hasta Goofy. Vaya conejo. En este panorama de descontrol, la policía Judy Hopps de Zootopia luce como un modelo de mesura. Aunque quizás no tanto: hay que tener una pizca de locura para enfrentarse con los animales más temibles de la ciudad.

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