Cesantes a la fuerza

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La pandemia tuvo un efecto inesperado en la fuerza laboral femenina: la mayoría de las 899.016 mujeres que perdieron su trabajo no está buscando uno. Y no porque no quieran, sino porque no cuentan con apoyo para las labores domésticas o en la crianza y cuidado de sus hijos. ¿Qué otras cosas pierde una mujer cuando queda sin empleo? ¿Qué necesita para recuperarlo? La respuesta, a casi un año del inicio de la crisis sanitaria, sigue pendiente.




Fue en junio, recuerda Cecilia Ibarra (34). Terminó una audiencia en la que había estado trabajando para un cliente vía Zoom, en su casa -debido el confinamiento-, cuando revisó su agenda y vio que ya no tenía nada programado. “Nunca pensé que después de ese juicio no iba a tener nada más. Me había comprado mi agenda con tanto amor e ilusión, y la tengo rellena con puros datos personales”, reflexiona hoy tras meses sin trabajar.

Ibarra, sin ningún ingreso, pasó por primera vez a depender de su marido y a tener que asumir el cuidado de sus hijos y las tareas domésticas de su hogar en Curicó. “Las mujeres, en general, tuvimos que quedarnos full con las cosas de la casa. Yo amo a mis hijos, pero me gusta esto de trabajar y ser independiente”, asegura desilusionada.

Según cifras del INE, el 2020 terminó con un total de 1.060.916 personas que perdieron sus empleos: 460.522 hombres y 600.394 mujeres. Es decir, de este total de empleos perdidos, un 43,4% corresponde a empleos perdidos por hombres y un 56,6% corresponde a los de mujeres.

David Bravo, director del Centro UC de Encuestas y Estudios Longitudinales, comenta que la pérdida del empleo es algo que suele ocurrir en cualquier crisis grande como la actual. Sin embargo, a diferencia de otras, explica que en esta “el desempleo subió poco”. Para que una persona esté desempleada, según la medición del INE, tiene que haber perdido el empleo y debe estar buscando uno. “Ahora se produjo una enorme caída del empleo, pero la gente no salió a buscar trabajo”, afirma el experto.

La llegada del coronavirus hizo que muchas personas postergaran o ralentizaran su búsqueda de trabajo, principalmente por miedo a contraerlo y contagiar a un cercano. Desde el punto más álgido de la crisis, durante el trimestre mayo-julio 2020 se han recuperado 48% de esos empleos perdidos. Pero la recuperación ha sido mucho más fuerte en los empleos masculinos que en los femeninos. La economista Andrea Repetto explica que esto se debe a que “proporcionalmente las actividades donde trabajan las mujeres han sido las más afectadas. Como el turismo, servicios, educación, trabajo doméstico y donde el empleo demorará más en recuperarse”.

Según un análisis de ComunidadMujer hoy, con la última Encuesta Nacional de Empleo disponible, correspondiente al trimestre móvil octubre-diciembre, en Chile se han recuperado 950 mil empleos. De ellos, las mujeres representan solo el 37,1%. Es decir, 350 mil trabajos.

Para Hilda Monroy no fue así. Ella aún no puede recuperar el suyo.

Depender

Hace cinco años que Hilda Monroy se dedicaba a vender propiedades. Un rubro que, dice ella, si bien con el estallido social venía mal, con el coronavirus terminó de empeorar. En 2020 llegó al extremo que no logró vender ninguna propiedad. Urgida por obtener ingresos, intentó buscar nuevos empleos. Sin embargo, su madre de 72 años, con quien comparte su hogar en la comuna de El Bosque, y el miedo a traer el virus a casa, la frenaron.

Monroy dice que en su barrio vivió la muerte de cerca. Que vecinos de la edad de su madre han fallecido luego de que algún familiar los contagió. “No quiero ser yo la culpable de llegar con el virus a mi casa y que mi madre se infecte”, expresa con preocupación. En su casa también vive su hija universitaria de 24 años. Monroy es quien debe pagar sus estudios, además de llevar la gran mayoría de los gastos de la casa.

Luego de quedar sin trabajo, accedió al Bono Marzo, usó los ahorros que tenía, retiró su 10% y cuando ya no sabía qué más hacer, salió a vender sus cosas a las ferias locales: “Tuve que tener el coraje de vender lo que fuera, como mi propia ropa. Me dio mucha lata. Uno igual se siente menoscabada”, dice con angustia.

Paula Poblete, economista de ComunidadMujer, asegura que la pandemia expuso las debilidades de la organización social del cuidado, de la institucionalidad asociada y de las políticas de cuidado. Y, especialmente, cómo estas impactan en las personas de manera diferenciada en el funcionamiento de la economía y en el bienestar de la sociedad. “El que culturalmente se les asigne la responsabilidad del cuidado de las personas dependientes, como niños, personas mayores o con alguna enfermedad o discapacidad, es una demostración de las desigualdades de género que nos impiden alcanzar un desarrollo sostenible”, explica.

El exmarido de Hilda Monroy se fue hace dos años de su casa y del país. Desde entonces no recibe ayuda de él en términos económicos. En Chile, de acuerdo a cifras de diciembre de 2020 del Registro Social de Hogares, un 54,5% de los hogares son monoparentales, comandados por una mujer. Bajo esta línea, Paula Poblete declara que “el abandonar y el desentenderse de la familia también es parte del machismo”. María José Boch, directora del Centro Trabajo y Familia del ESE Business School de la Universidad de los Andes, agrega que el mayor problema es que son justamente los hogares más pobres del país los que, en general, están liderados por una jefa de hogar.

Cecilia Ibarra tiene esposo y asegura que él colabora con las tareas de la casa. Pero aún así las labores domésticas y el cuidado de los niños siguen recayendo principalmente en ella. Paula Poblete comenta que “el cierre de las salas cunas, jardines infantiles y colegios, el temor al contagio y la indicación de quedarnos en casa significaron una gran desventaja para las mujeres, porque ellas todavía, en una sociedad tan machista como la nuestra, son las que cargan con la responsabilidad del cuidado”.

De vestirse todos los días con ropa formal y usar maquillaje, Cecilia Ibarra pasó a ponerse lo primero que encontraba e incluso quedarse muchos días con pijama. Antes salía a trabajar desde temprano en la mañana y los días que no tenía tanta carga laboral intentaba pasar al gimnasio. Ahora dice que si sale, con suerte es para hacer las compras al supermercado. Por primera vez en su matrimonio, Ibarra, al no tener ingresos propios, tuvo que pedirle a su marido que le comprara cosas que antes ella podía costear. “Para mí es un tema que él me mantenga. No me siento empoderada, siento que estoy inhabilitada y no tengo identidad -confiesa Ibarra-. Todo lo construí en base al colegio, universidad, posgrado, diplomado. Y ahora quedé en nada”.

Perder plata trabajando

Marcia Cantero es una de las 107.510 trabajadoras del hogar que perdió su empleo durante la pandemia: el oficio que más cayó en el punto más álgido de la pandemia, con un 44%, dentro del empleo femenino. Sus jefes le adelantaron las vacaciones para el 18 de marzo por la pandemia. Pero salió y no volvió más. Luego de estar dos años trabajando para esta familia en Osorno, cuando le tocó regresar de sus vacaciones le suspendieron el contrato por un mes. Y después, una vez más, se lo postergaron hasta el 1 de septiembre. Pero cuando esa fecha llegó, no la llamaron de nuevo.

El experto en estudios longitudinales David Bravo explica que la gran caída se debe al miedo que ha existido desde el comienzo a contagiarse del virus y las distintas restricciones sanitarias implementadas, que hacen difícil tener a una persona externa trabajando en el hogar. Además, se trata de un tipo de trabajo 100% presencial, que no se puede hacer por teletrabajo.

Al igual que Hilda Monroy, Cantero también es jefa de hogar. Vive junto a su madre (75) e hija (24) en Trumao, localidad ubicada a 28 kilómetros de Osorno. Desde marzo que no tiene ingresos ni trabajo. Para lograr subsistir, cuenta que su hija la ha ayudado vendiendo ropa y han recurrido a los ahorros previsionales de su madre, que recibe 180 mil pesos mensuales.

Marcia Cantero ha buscado trabajo en Osorno. Pero no tiene auto y moverse en colectivo desde Trumao cuesta entre 15 mil y 18 mil pesos: un gasto que antes sus jefes le cubrían. Ahí se dio cuenta de que salir a trabajar no le salía a cuenta. “Me llamaron para hacer aseo, trabajar una vez a la semana o dos y me pagaban 20 mil pesos el día. Pero la persona que cuida a mi mamá en caso de que yo no esté me cuesta 10 mil”. Por eso, Cantero dejó de aceptar esos empleos.

Desde el Observatorio de Género e Interseccionalidades, aseguran que las mujeres de sectores socioeconómicos de menores ingresos han sido las más afectadas por la pandemia. Esto, debido a que son las que trabajan con mayor frecuencia en el comercio y servicio, la rama de actividad más afectada por la desocupación. Y a esto le suman una preocupación: “Muchos de estos puestos de trabajo posiblemente no se volverán a crear en el nuevo mercado de trabajo pospandémico, considerando la migración digital y automatización”.

Cecilia Ibarra recuerda agradecida el tiempo cuando podía contratar a una trabajadora de casa particular y poder volver a hacerlo para que ella pueda regresar al mercado laboral. Desde ComunidadMujer, Paula Poblete asegura que “para volver a las cifras de ocupación previas a la pandemia, el retorno a las clases presenciales podría significar que más de 600 mil mujeres estarían en condiciones de recuperar su empleo”.

Eso, cree Ibarra, es lo que ella necesita. Mientras prepara el almuerzo a sus dos hijos, dice: “Yo lo único que quiero es volver a trabajar. Siento que esa era mi vida y me la quitaron”.

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