Columna de Ascanio Cavallo: Amarillear y amenazar

La multitudinaria marcha del viernes 25 de octubre vista desde el aire.

La multitudinaria marcha del viernes 25 de octubre vista desde el aire. Foto: Patricio Fuentes



Fuentes policiales dicen que esta semana se han analizado ciertos indicios de sincronía entre el debate que se llevaba en el Congreso sobre el acuerdo constitucional y actos de violencia callejera más focalizados y episódicos registrados en algunas ciudades. Hay que descontar, para estos efectos, a Valparaíso y Concepción, cuyos barrios céntricos han sido devastados una vez sobre otra. Son casos de desgobierno con ribetes góticos.

En el resto, hay en efecto numerosas correspondencias que revelan la presencia de análisis más sofisticados que el de la "primera línea" callejera; igual que en todas las refriegas, los soldados no tienen que entender lo que quiere el mando. El 26 de noviembre, por ejemplo, se intentó una asonada sobre los puertos, en el momento crítico para las exportaciones de frutas. Fue frustrada, como se han desinflado otras decenas de convocatorias intimidantes, porque no siempre hay una soldadesca disponible. De cualquier modo, es obvio que tras este tipo de razonamiento no están los pobres, sino gentes mejor equipadas, con conocimientos de tercer grado. Gentes que, alentando la idea de un retorno de la agitación para marzo, probablemente intuyen que eso no se producirá si en esos días el daño a la economía ya es sensible y se traduce en más pobreza.

En las vísperas de la Navidad, las acciones destructivas parecen un despropósito. Pero es posible que eso resulte irrelevante. Hay un sector de los grupos movilizados desde el 18-O que desea derribar el acuerdo constitucional o, mejor, someter a sus actores a un estado de amenaza paralizante. Para ese sector, una nueva Constitución es solo un espantajo.

Es cierto que las convulsiones recientes de la derecha han mostrado que para una parte creciente de sus dirigentes el acuerdo constitucional fue una concesión precipitada, una rendición sin batalla ante una oposición débil que en menos de 24 horas lo presentaba como el salvavidas antes del naufragio. ¿Y no es así? Quizás no.

Dado que ya se había firmado un acuerdo, la manera de enredarlo fue meter a la misma oposición en un debate sobre la paridad de sexo, las reservas para pueblos originarios e independientes. Es un caso interesante, porque otra vez muestra a un Congreso alienado en su propia percepción de la inclusión, una élite de casi 200 personas que no logra ver que el gran eje de los excluidos son los jóvenes, es decir, exactamente el mismo sector que ha estado dos meses en las calles (¿nadie se ha preocupado de analizar las listas de detenidos?).

Tal como antes creyó que la abstención caería con el voto voluntario, una mayoría de los diputados cree ahora que caerá con el voto obligatorio. Los cientistas políticos creen que la vehemencia del 18-O será un estímulo para que los jóvenes se reinteresen por la política. Y el Servel ofrece unos magros indicios de que así podría ser, dado el volumen nuevo de cambios de domicilio. Todos pueden tener razón. Pero ¿será suficiente? ¿O más bien sería necesario que las materias en discusión muevan sus antenas hacia ellos?

No es nada irracional. El país futuro será pronto de propiedad de la generación "pingüina" (millennial, en el lenguaje publicitario) que produjo la ruptura tectónica del 18-O y la llevó hasta los más extraños rincones del país, lo que no habría podido hacer ningún otro grupo, de ningún otro tipo. A esa generación ensombrecida, ignorada y malamente educada le tocará hacerse cargo del siglo XXI.

Para ellos, las verdaderas amenazas están en el mediano plazo, no en las urgencias que se le ocurren a la élite parlamentaria.

Para el resto, el problema está en el clima actual. La ruptura tiene poco y nada que ver con el sentimiento extendido de chantaje y amenaza. Existe en sus márgenes, bien cubierto por la muchedumbre, pero exánime fuera de ella. Ciertas modalidades de patota -las funas, los memes, "el que baila pasa", la exposición de datos personales- se han propagado con un aire de juegos maliciosos, y si han llegado hasta el vientre de la Cámara de Diputados es porque, bueno, allí hay performances frecuentes, y el uso reiterado de pancartas, disfraces, gritos y otros toques carnavalescos. Y se grita desde las tribunas: por ejemplo, "amarillo".

No es un color. "Amarillo" significa traidor, chueco, desleal, y también cobardón, oportunista, sin principios. Es una acusación que se grita en grupo o a escondidas. Es una acusación que precede a la amenaza directa.

Las nuevas generaciones no parecen imaginar que todo esto es contrademocrático. Crecidos en torno a la web, viven lo que Alessandro Baricco ha llamado "individualismo de masas", un estado cognoscitivo en el cual la identidad se afirma, no por la diferencia, sino por adherirse a lo que hace el grupo. Conciencia personal y espíritu crítico son "amarilleos" ante la sacralidad de la masa. Y si la masa amenaza, solo cabe celebrar o callar.

Un hombre nada sospechoso de derechismo, Jürgen Habermas, se dio cuenta de este descenso moral cuando acuñó el concepto de "fascismo de izquierda". Pero en el Chile del 2019, sin importar si es de izquierda o de derecha, la abundancia de amenazas –ministros, parlamentarios, empresarios, periodistas- ha creado una atmósfera de fascismo que parecía erradicada desde hace más de 30 años.

Claro que para la amenaza, igual que para el tango, se necesitan dos: el que mete el miedo y el que lo acepta. "El miedo es algo interior", escribió una vez Isabel Allende.

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