Columna de Ascanio Cavallo: Ningún vicio acaba donde comienza

Los dirigentes del bloque sindical de la Mesa Social el jueves llegaron a La Moneda para reunirse con el ministro de Interior, Gonzalo Blumel.

Tal como estaban haciendo los alcaldes antes del "Acuerdo por la paz y la nueva Constitución", la MUS propende a sustituir al Congreso: los proyectos no deben ser discutidos allí, sino en su casa.


El jueves 28, la Mesa de Unidad Social asistió a La Moneda a reunirse con el ministro del Interior. Puede ser un exceso considerarlo como una metáfora, un símbolo, o siquiera un síntoma, pero ese fue uno de los días de menor violencia que ha vivido Chile desde el 17-O. La MUS no controla la violencia, en el sentido de conducirla hacia su muy variopinto programa; bien por el contrario, no sería extraño que algunos componentes de la MUS terminen descubriendo que la violencia socava sus ideas, como socava todas las ideas. Otros no.

Lo que la MUS controla son sus llamados a paralizaciones nacionales, que coinciden con algunos de los momentos en que se han producido más y más intensos actos de violencia. La palabra precisa es "coinciden", porque incluso cuando las paralizaciones han sido parciales o poco exitosas, el vandalismo no ha perdido la oportunidad de ajustarse a esos momentos y ritmos, con esa plasticidad sanguínea, gástrica, que la ha caracterizado. Hay quienes dicen saber que el desborde flamígero estaba siendo preparado para la COP25.

Por los mentideros se sabe que en la MUS hubo bastante debate respecto de aceptar o no la invitación del ministro del Interior. Tuvo que ganar la opción de aceptar, porque era una completa aporía que hubiera solicitado audiencia y luego la rechazara. La polémica explica esa singular afirmación de que no iría a negociar nada, sino solo a entregar sus planteamientos. La intransigencia tiene su prestigio en ese ambiente.

La directiva de la MUS cumplió con su afirmación: expuso sus planteamientos, exigió que el gobierno retirase del Congreso sus proyectos de la agenda social y tomó el difuso compromiso de promover la paz.

En el gobierno también hubo una discusión simétrica respecto de la pertinencia y la conveniencia de recibir a la MUS: ¿No sería una manera de legitimarla, de aceptarla como interlocutora válida a pesar de las sospechas (del gobierno) sobre su connivencia con la violencia? ¿No sería mejor poner una condición previa, como deponer los paros?

Pero un gobierno con los problemas de este no tiene cabida para disquisiciones. Ya verá si le fue mejor o peor con la reunión.

Otra cosa -aparte de la disminución de la violencia- llama la atención de este encuentro. Tal como estaban haciendo los alcaldes antes del "Acuerdo por la paz y la nueva Constitución", la MUS propende a sustituir al Congreso: los proyectos no deben ser discutidos allí, sino en su casa. Agréguense los varios intentos por invadir la sede de Valparaíso… para quemarla, qué duda cabe. Pero no parece que los afectados se den cuenta de esto. Siguen negociando por ventajillas personales o de partidos, se han balcanizado más que el resto del país e insisten en cargar todas las responsabilidades sobre la calle o sobre el gobierno. Y algunos diputados admiten que usan capucha para no ser reconocidos: ¡Ni Danton perseguido por Robespierre! Han coincidido la crisis, la ausencia de líderes y la peor configuración parlamentaria de los últimos 30 años.

En realidad, las crisis suelen ser el producto de las convergencias negativas de este tipo, como ocurre también, por ejemplo, en Carabineros: corrupción, descabezamiento y mala calidad profesional. O en los partidos. O en colegios y universidades. O en el fútbol. Solo que, hoy por hoy, el Congreso tiene una función que cumplir para mantener la democracia andando. Y esa función no podría ser otra que reducir los desacuerdos a un mínimo que dé cabida a la deliberación democrática. La intransigencia en ese lugar es un oxímoron.

Pero parece que por allí no pasara la desolación del país. Los ataques contra los símbolos del capital y el Estado afectan más claramente a los pobres -ya se retiró la maldita clase media, como habría predicho Marcuse. El gobierno y la policía no dan a basto. Y la propia violencia, tan cansada como sus objetivos, agudiza su lado "salvaje": hospitales, hoteles, centros de estudio y el Metro, el codiciado Metro. También se puede decir al revés: cuanto más "salvaje", más desnuda.

El ataque no es solo contra el gobierno, sino contra el Estado. Si el Presidente decidiera dejar su cargo, persistiría. Tampoco busca derrotar al Estado para sustituirlo; solo demolerlo, eliminar sus jerarquías y sus órdenes (que son los de la élite), crear una nueva tabula rasa. Si existe una organización criminal, como cree el gobierno, su fin último no es suplantar al Estado, sino ponerlo de rodillas, reducirlo a un remedo de orden legal.

Y, por lo tanto, parece cada vez más claro que los diagnósticos iniciales sobre el 17-O han estado reflejando más los deseos de sus doctores que los síntomas de los pacientes. Así como las cosas que era urgente resolver -sueldos, medicamentos, pensiones- lo eran desde antes de ese día, otras discusiones tienden a moverse en un cierto vacío arremolinado, como el que se produce en el fuego cuando escasea el oxígeno. ¿Tendrá más o menos vigor el debate constitucional sobre un escenario de violencia? ¿Habrá más o menos incentivos para participar? ¿Se fortalecerán la legitimidad y la democracia?

Que las urgencias hayan sido asumidas es la parte virtuosa del 17-O. Pero si la misma lógica rodea los debates que se refieren al futuro del país, es más que probable que se haga ostensible su parte viciosa.

El gobierno -a solas, con sus bases también anarquizadas- trata de entender. Los intelectuales, los profesionales, los periodistas, todos, tratan de entender.

Y algunos, en silencio o en clave, en ciertos rincones sombríos, creen que ya entendieron. Lo mismo que entendió, de puro andar por la pampa, el gaucho Martín Fierro.

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