Columna de Ascanio Cavallo: Un tanto peor

Lo que todas las encuestas muestran -y la del CEP confirma- es que la fuerza fundamental detrás del 18-O es una fenomenal fractura generacional. Las respuestas de los jóvenes (de 18 a 34) son brutalmente más radicales en la valoración de la violencia, la participación en protestas, la desconfianza en la democracia y las maneras tribales de informarse y tener opinión.



La encuesta del CEP ha registrado el momento de más baja evaluación de un Presidente en toda la transición. Esto coincide con lo que han mostrado todos los sondeos de opinión desde diciembre y con lo que se aprecia a simple vista. A los opositores que lo han fustigado por casi dos años se ha sumado el abandono de quienes votaron por él, sobre todo porque el prolongado descontrol del orden público ha roto la promesa mínima de su programa. Así que todos tienen motivos diferentes: porque boga o porque no boga.

Desde luego, esto ha de ser duro para un político que se esfuerza casi dramáticamente para que lo comprendan. Pero, visto en el conjunto, roza la anécdota. Peor: es frívolo quedarse allí, es una fruslería que no define algo sustantivo. Lo verdaderamente duro es lo que le está pasando al régimen político y al estatuto democrático. En todo el paisaje de la encuesta no hay una sola llanura para el oficialismo, y ni siquiera una suave loma para la oposición. Es tierra arrasada. La política vive la peor ruina que se recuerde.

La parte de comedia consiste en que los implicados no parecen darse cuenta. En el Congreso, la oposición se ha ocupado de presentar un enjambre de interpelaciones y acusaciones constitucionales contra ministros de Piñera, como si esa abundancia ansiosa expresara algo importante. Lo único significativo es que se parece a la estrategia que la derecha ensayó contra Salvador Allende en 1973. La izquierda (ilustrada) sabe cuánto influyó esa corrosión en lo que pasó después. La historia se repite como comedia.

Pero aun en el supuesto de que nadie aprenda nada del pasado (la gloriosa educación chilena ya ni siquiera tiene pruebas de historia), el solo resultado de las encuestas tendría que inducir a un cambio de rumbo. El prestigio del Parlamento y de los partidos está más bajo que el del presidente y de todas las instituciones, y el de las figuras políticas -de derecha a izquierda- no ha hecho más que desplomarse. Exceptuado Joaquín Lavín, todas las valoraciones de políticos andan por debajo del rechazo que suscitan. La confianza en la democracia no se ha hundido del todo, pero la apreciación mayoritaria es que la de Chile funciona entre regular, mal y muy mal. ¿Qué significa "funciona"? Muy simple: que tiene valor, que no es una payasada bien pagada. La chilena parece no tener valor.

A medida que se mueve el rasero desde el centro hacia la izquierda, crece la satisfacción con este estado de cosas. Desde octubre se ha producido en esa zona un excitado entusiasmo con la idea de que Sebastián Piñera no termine su segundo período. Detrás de estas ganas están, entre muchas otras cosas, la derrota que le infirió en el 2017, que sigue sin autocrítica, como sigue la del 2010. La ardua tarea de sabotear al gobierno ha impedido darse el tiempo. La autocrítica suele estar última en la lista de urgencias.

Por el otro costado, el oficialismo está íntima y emocionalmente quebrado, lo que se refleja en el caótico descrédito de sus líderes. La única de sus figuras que se acerca a la media aceptable de evaluación positiva es, de nuevo, Lavín, pero incluso su posición actual dista muchísimo de la que tuvo antes de octubre.

La policía, los militares, la Iglesia y los medios de comunicación se han ido al piso en materia de confianza. Otra encuesta reciente, esta vez de Cadem, ha mostrado que la gente cree que la mayor parte de las noticias falsas se origina ¡en la televisión abierta! Y otra de Feedback-UDP, con foco exclusivo en los jóvenes, señala que la confianza en la información se cambió a las redes sociales. El Índice de Percepción Económica (Ipec) de Adimark, la serie más larga de encuestas que se conoce, se ha acercado por primera vez al piso cero de 1983, en la peor crisis financiera del país. En la situación actual, el componente subjetivo de este pesimismo se refleja en el dato, aparentemente absurdo, de que la gente estima que su situación personal es buena mientras que la del país es una ruina.

Lo que todas las encuestas muestran -y la del CEP confirma- es que la fuerza fundamental detrás del 18-O es una fenomenal fractura generacional. Las respuestas de los jóvenes (de 18 a 34) son brutalmente más radicales en la valoración de la violencia, la participación en protestas, la desconfianza en la democracia y las maneras tribales de informarse y tener opinión. Cuando la encuesta intenta averiguar por el origen de los actos violentos, no consigue establecer cifras contundentes, posiblemente porque entre sus categorías no pone al megagrupo de "los jóvenes".

Una ruptura generacional es un objeto raro. No tiene en plenitud el componente de clase que satisface al marxismo, ni el de valores políticos que contenta al idealismo. Es una idea desapacible, ingrata, que mete el disenso a los hogares y zapatea sobre las familias.

Pero el hecho es que, junto con el Presidente y los políticos, toda una generación de padres está siendo refutada por sus hijos. Las instituciones de las que esos padres se enorgullecieron están de rodillas. La mecánica que las sustentaba ("las instituciones funcionan") parece a punto de descoyuntarse.

Estos jóvenes crean sus certezas y sus sospechas, sus héroes y sus demonios, en el roce con sus iguales en las redes. No les gustan las elecciones; prefieren las asambleas. No piensan en términos de representantes políticos, sino en la de la participación directa, a viva voz. No les interesa el orden público, que asocian a los pacos. No consumen medios de comunicación locales; sus profesores les enseñaron que tienen sesgo y ahora creen que están todos sobornados. Detestan a los partidos, amarillos por naturaleza. Y les da más o menos lo mismo que el Presidente tenga un 6%.

La válvula que se ha buscado para liberar esta energía es una elección, el plebiscito de abril. Se le propone a una generación que no vota y rechaza a todos. Se le propone, además, con un voto voluntario, insípido, frivolón. Y se le propone como el pistoletazo para un maratón de elecciones.

¿Votarán en el plebiscito? Una cosa se puede anticipar: si no lo hacen, si la abstención se mantiene en los rangos con que fueron elegidos los actuales Presidente y Congreso, la perturbación social no terminará y nadie puede anticipar qué giro tomará la energía desencadenada. Y en ese caso, el país deprimido, ahíto y enojado que muestra la encuesta del CEP podría ser un tanto peor.

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