Columna de Ascanio Cavallo: El grado cero



Lo peor no ha llegado: este es, por desalentador que resulte, el nuevo consenso médico mundial. Puede resultar desconcertante ver a los europeos volviendo a las calles, los parques y los restaurantes; o a los estadounidenses que se niegan a usar mascarillas porque les parecen “demócratas”; o a los gobernantes que dicen que es mejor hacer menos exámenes para descubrir menos contagiados. Todo eso es ilusorio. El baile de máscaras en el palacio de la muerte roja.

Ya está claro que el virus no se ha ido, ni siquiera en los lugares que redujeron su incidencia. Sólo no está en la Antártica. La OMS, que se perdió la oportunidad de ser la arquiatra del mundo, cavila y advierte, registra y cavila. No está segura de nada, como todo el resto. Cada país está a solas.

Usando modelaciones propias, el MIT ha estimado que alrededor de un tercio de las muertes producidas por el Covid-19 han sido erróneamente atribuidas a otras causas; en otras palabras, que al medio millón de muertos reportados hasta ahora hay que sumar un cuarto de millón más. Su proyección es que hacia marzo de 2021 la pandemia habrá causado una media de 2,3 millones de muertes (entre 1,4 y 3,7) y se habrá contagiado una media de 400 millones de personas. El sida, que ya se acerca a los 40 años (oficiales), lleva 32 millones de víctimas y aún carece de vacuna.

Los epidemiólogos divergen en la mayoría de los tópicos calientes de las mediciones sobre el Covid-19: casi hay “partidos” de especialistas por cada posibilidad. Las cifras son otra danza de incertezas. El único acuerdo es que de momento sólo funcionan como contención los tests, la trazabilidad de los contagios, los comportamientos ciudadanos y los confinamientos masivos. Y que estos últimos son el recurso menos deseable, pero más imperioso cuando fallan los tres primeros.

El menos deseable: la gente se hastía, pierde la confianza, desobedece y se rebela con esta situación esencialmente inhumana. No es parte de la configuración sensible de los humanos congelar los lazos sociales, encerrarse, protegerse como perseguidos y esperar, esperar sin horizonte. No está en su equipamiento dejar de saludarse ni perfeccionar lo que el Presidente Macron ha llamado “gestos-barrera”. Pero hay dirigentes -y no pocos, aquí y allá, en todo el mundo- que han clamado por más y más encierro desde que comenzó la propagación del virus, con ese viejo instinto de saberlas todas, siempre listo para administrar la libertad de los demás.

La historiadora francesa Marilyn Nicoud ha recordado en estos días la trayectoria del confinamiento como medida sanitaria. La primera vez que se aplicó fue en Ragusa (hoy Dubrovnik) en 1377, para detener el ingreso de la peste negra. Más tarde se extendió a otros feudos con el fin de impedir la entrada de apestados o limpiarlas de enfermos, como hizo el conde Bernabò Visconti en Milán, que los echó a los campos. Ferrara y Módena prohibieron el ingreso a todos sus vecinos de Padua y Venecia.

La peste negra no duró unos meses, sino cuatro siglos, con colas largas que llegaron hasta el siglo XIX en el Imperio Otomano e incluso hasta unas inusitadas reapariciones recientes en Madagascar y esta semana en Mongolia. Nicoud recuerda que los confinamientos masivos fueron abandonados en Europa tras la epidemia de cólera de 1831, con el argumento de que se trataba de una “medida de terror”, inoperante, violenta y “digna de siglos de barbarie”. Esta descripción no la usó un liberal desenfrenado, sino el político y médico socialista Ange Guépin.

Dos corrientes prevalecientes en la discusión chilena, el parroquialismo y el infantilismo, la inclinan una y otra vez a buscar en el ombligo político-médico una liberación de la angustia. Las cifras son discutidas por quienes han promovido los cambios en las contabilidades, las medidas son controvertidas por los que las impulsaron y el reclamo por el hundimiento del empleo viene de los mismos que hace poco denunciaban la crueldad de preocuparse por la economía. Expresiones de la angustia, para confiar en la buena fe.

¿Es buena fe que un médico acuse a otro médico, que por ahora es ministro, por emplear una clásica expresión médica (“leve mejoría”) como si fuera un llamado a la desobediencia sanitaria? Debe ser buena fe, puesto que quien lo hizo fue la presidenta del Colegio Médico. Y ha de serlo, sobre todo, porque es otra parte de ese debate circular entre los que dicen que la laxitud sanitaria se debe al comportamiento de los ciudadanos y quienes afirman que es culpa de las ambivalentes señales del gobierno.

Esta semana, The Economist afirma que el cambio de los comportamientos “requiere de una clara comunicación de las figuras confiables, nacionales o locales”, la condición básica para que funcione la tercera de las medidas concordadas por el mundo epidemiológico. No es sólo la buena comunicación: antes está la confianza. ¿Quién es confiable en el Chile de hoy? El Presidente no lo es, y no ha terminado de aceptarlo. La mayoría de los dirigentes tampoco lo son.

Quizás sea necesario ir un poco más atrás: ¿Quiénes son los responsables de que el estado de la confianza institucional e interpersonal en Chile sea una de las peores del planeta? Fuera de los que acostumbran a responder del modo mecánico (“el sistema”), es probable que cada quien podría hacer una larga lista en la que figurarían, sobre todo, políticos y altos funcionarios. O, para ir hacia adelante, ¿quiénes podrían comenzar a remendar este tejido desgarrado en que se ha convertido la sociedad chilena?

Desde que a fines de la Edad Media los Estados comenzaron a intervenir en la salud y a adoptar medidas radicales sobre las personas, la burocracia médica y la policía tomaron su control; y cuando el humanismo decidió que la policía era inferior a la fe pública, la confianza asumió ese papel. Desde entonces, todas las ciencias, duras y blandas, asumen que la salida de las grandes crisis depende del capital de confianza.

Nadie ha dicho cómo se hace cuando la confianza está en su grado cero.

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