Columna de Ascanio Cavallo: Pepito gana doble



Néstor García Canclini, un sociólogo tradicional, profesor de la Unam, con cerros de publicaciones en su currículo, a quien nadie podría ofender con el mote de derechista, acaba de publicar un libro titulado Ciudadanos reemplazados por algoritmos (Calas, 2019), que se centra en los efectos del “capitalismo global y electrónico” sobre la idea de ciudadanía en un mundo dominado por las redes digitales.

Quizás sea un despropósito hablar de esto en una semana tan empeñada en buscar la destitución del Presidente, como si tal cosa fuera indiferente para el plebiscito del 26 de abril. Pero ocurre que ese plebiscito ocurrirá en seis semanas y tras él -cualquiera sea la opción que triunfe- el país comenzará a discutir cosas complejas que no suelen entrar bien en el ambiente digital y donde solo pueden cumplir un papel decoroso los medios del periodismo profesional. En esas mismas redes abundan los gimnastas de peso mosca que dan por cierto que los periodistas mienten, pero ninguno ha logrado mostrar en qué unidad, de qué ramo, de qué curso, de qué escuela, se les pasa a los estudiantes de periodismo la materia “cómo mentir”. Sería tan fácil si existiera.

Pero no es así, y esta será la primera elección de gran calado donde el país estará entregado a las cascadas de desinformación que se han visto en acción después del 18-O y la masiva circulación de “contenidos de odio o abiertamente fascistas”, como dice García Canclini. De hecho, las redes ya están pobladas de propaganda, incluyendo sitios de ventas on line y servicios de mensajería.

Las redes son la maravilla del siglo XXI y habría que ser un mentecato para negar las enormes capacidades de comunicación, intercambio, coordinación y vinculación que proveen. Tampoco nadie podría culparlas de los malestares que de repente sacuden el rumbo de los países, en Kiev o en Santiago. Eso no está en discusión, no seamos majaderos. Nadie puede impedir que cuatro pimientos se pongan de acuerdo para quemar un café literario o para corear en un concierto de Mon Laferte. Las fabulosas posibilidades del trabajo a distancia y el protofascismo de Twitter no necesitan leyes.

Lo que está en el centro acuciante del problema son cuatro cosas muy diferentes: 1) la sustracción de datos personales y su venta posterior sin la información adecuada a los usuarios (la letra chica más larga de la historia es la de los programas de la red); 2) la distribución de información falsa e intencionada sin responsabilidad de ningún tipo; 3) el robo de contenidos de los medios periodísticos sin retribución alguna, y 4) la captura de ingresos publicitarios con los datos pescados de 1) y los contenidos saqueados de 3).

García Canclini menciona el problema de los impuestos que no pagan las corporaciones que manejan estas redes, deslocalizadas o cobijadas en paraísos fiscales. Es un tema grande. Pero hay otro, más directo: ¿Por qué los datos de las personas se pueden vender sin que nada se les pague a esas personas? El sociólogo brasileño Gustavo Lins Ribeiro lo llama economía de carnada: el servicio “gratuito” de las redes se paga entregando los datos personales, esto es, el precio más caro posible. Y solo lo cobran cuatro gigantes, Google, Amazon, Facebook y Apple, ahora dueños de casi todo. Las personas no reciben un centavo de los billones que por ellas recolectan estos conglomerados.

La economía de carnada afecta a los usuarios comunes, los que no juegan a nada importante con las redes. Pero también están los jugadores de verdad, los que se dedican a la industria de la información falsa gracias a los datos que no se les pagaron a las personas. Gran parte de esta información viene de entidades que también cobran. De las cuentas que distribuyeron falsedades en la elección de Donald Trump, casi todas están activas, y muchas serán cuentas no humanas, robóticas, como la mitad de lo que hoy circula por la red. Una mitad sin ética, conciencia ni culpa: pura ingeniería digital en acción.

Y enseguida está el problema de los medios de información profesionales, que han sido por décadas los blancos favoritos de algunas ciencias sociales y de unos profesores de enseñanza escolar que de información saben lo mismo que de Averroes. A estos detestados medios vuelve el ciudadano cada vez que quiere saber si algo es cierto. El tedioso discurso acerca de que los medios periodísticos son hegemónicos ignora la continua existencia de medios contrahegemónicos, etcétera y etcétera. Los periodistas (gente con desaforados sentimientos de importancia y culpa) no parecemos existir como individuos, sino como peones de estas megafuerzas sociohistóricas. OK, créanlo los que quieran.

Pero ninguna de estas discusiones, ya largas, se enfrentó nunca antes a la presencia de sistemas hiperhegemónicos, que se ocultan tras la aparente neutralidad de una no-hegemonía, aunque esta pertenece a las empresas más ricas de la historia, con los hipermillonarios más grandes de la historia. Y es el caso que a los periodistas, y a sus medios, se les roba la información, la única confiable, para ser usada en las redes, también sin retribución alguna. ¿Por qué la información veraz se puede vender sin que nada se les pague a quienes la originan? Y si solo se retransmite, ¿no hay ninguna complicidad de las redes con quienes cometen los robos?

Frente a todos los anteriores, el problema de la publicidad es el menor. Como siempre, los publicistas ofrecerán a sus clientes los costos más bajos y los alcances más precisos (los datos que se ha robado a los usuarios), hasta que un día descubran que ellos mismos han sido reemplazados por la lógica algorítmica. En algunos negocios ya es así.

El libro de García Canclini no quiere ser tecnopesimista, pero huye del tecnooptimismo. Lo que advierte es que, al menos parcialmente, las redes atentan contra la democracia porque “el primer procedimiento antidemocrático es la ausencia de conocimiento informado de los usuarios”. Alarmados por la presión del Brexit y las elecciones de Trump y Bolsonaro, Twitter y Facebook (de los mismos dueños) se han apurado en decir que controlarán la difusión de informaciones falsas, de las que se favorecieron (o perjudicaron, según el punto de vista) esos tres comicios. Facebook envió a unos ejecutivos a hablar con los dirigentes de algunos partidos chilenos. Dijeron que estaban preocupados por la campaña electoral y por la difusión de información falsa a través de sus sistemas. Harán lo que puedan. Otro sería el tono si tuvieran que pagar por lo que sustraen.

Ni analgésico ni promesa. Chile se enfrenta a un desafío más urgente: o entra en alguna forma civilizada de debate o más temprano que tarde convertirá sus pulsiones en un largo enfrentamiento faccionalista. Cuando se sepa que las redes sociales contribuyeron a esto poniendo cara de hicimos-lo-que-pudimos, podría ser muy tarde.

Sería triste que seis meses después la república del fin de mundo descubriera que su voluntad ha sido manipulada porque a sus votantes les llegó la información que convenía a quienes compraron sus datos, como lo hicieron Trump, Bolsonaro, Putin, Maduro y otros cuantos. Sería penoso. Pero esto es lo que le ocurrió al Reino Unido.


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