Columna de Ascanio Cavallo: Una dosis de falibilismo



¿Qué le pasa al gobierno de Sebastián Piñera? ¿Por qué en el curso de unos diez días erosionó tanto la confianza pública que estaba construyendo pulso a pulso? ¿Ha sido solamente el apresuramiento de hablar del “retorno seguro” ante una ciudadanía tan ávida de normalidad que de todas maneras lo malinterpretaría? ¿O también un cierto deseo de retomar la eminencia que perdió tras el 18-O?

Recapitulemos. Como ningún otro presidente desde la restauración democrática, Piñera fue blanco durante medio año, no ya de una oposición dura, sino de un sostenido esfuerzo por derrocarlo. Ese fue el imaginario que se instaló en la Plaza Italia, se mantuvo agazapado incluso tras el acuerdo constitucional de noviembre, se desató en el intento de destitución por el Congreso y llegó hasta la proposición de ceder el poder ejecutivo al mismo Parlamento. Se ha metido, como ha escrito Carlos Meléndez en este diario, “en las vísceras” de los que detestan al país de los últimos 30 años. Ese grupo se empeña en ignorar –o quisiera revertir- el hecho de que Piñera fue elegido y le propinó a su contrincante la mayor paliza electoral desde Frei Ruiz-Tagle; desearía que le hubiese ido tan mal como les fue en el Congreso a los partidos de Chile Vamos (que también suelen olvidarlo). De modo que si el presidente cree que tiene unos adversarios no del todo racionales, está en lo cierto.

Esos adversarios tuvieron que retroceder ante el mal peor del Covid-19. La mayoría abandonó el maximalismo; ya no hay quien apueste por su caída. Pero algunos todavía desearían conseguir como aliado también al Covid-19 y confirmar con él que sigue siendo el presidente exitista, pechugón, apostador, winner y arrogante de siempre.

Y entonces, ¿cómo sale el gobierno de esta encrucijada de desconfianzas encarnizadas? Mejor dicho: ¿cómo sale el país?

Todos los días algún actor público –no sólo políticos- trata de poner en duda la información que entrega el gobierno, justo cuando es más necesario que nunca confiar en la autoridad. Sólo porque es este gobierno. ¿Cómo sale de esto?

La oposición partidista, los parlamentarios, los alcaldes (muchos de Chile Vamos), los gremios y hasta unos cuantos empresarios piden aumentar y aumentar el gasto público, sin reparar que, como ha dicho con lucidez la directora del Observatorio del Gasto Fiscal, Jeannette von Wolfersdorff, se está generando el estado más grande e intrusivo desde los años de Pinochet. Ese estado gordo y endeudado se sentará sobre la siguiente generación, pero el gobierno no ha logrado que se hable de esto, que será el único tema de sus últimos meses, y el principal del que lo suceda.

La inaudita magnitud de la crisis del Covid-19 significa que la palabra pandemia se queda corta. En realidad, se trata de una sindemia (el término es del doctor Fernando Lolas), una superposición de varias crisis sanitarias y sociales. Quizás muchos lo ignoran. Pero el gobierno lo sabe. ¿Y entonces? ¿Por qué irritar a la oposición, provocar a los aliados, ignorar a los pesados y denigrar a los ignorantes? ¿Para qué?

Quizás convenga mirar lo que ocurre en otras latitudes. Con raras excepciones, todos los jefes de estado han subido en su apreciación durante la pandemia: un crecimiento inercial, como el del presidente chileno. Pero hay saltos cualitativos, como los de los primeros ministros de Australia y Canadá, Scott Morrison y Justin Trudeau, y desde luego la canciller alemana Angela Merkel. Lo que tienen en común es haber construido amplísimos consensos nacionales con las banderas de combatir el virus y el desastre que quedará después. En el polo contrario se encuentran los que no han podido controlar la división (el japonés Shinzo Abe) o la han exacerbado (el indio Narendra Modi, Netanyahu y, con su recochineo en la infatuación, Bolsonaro).

Y tal vez también haya que mirar hacia adentro. La medicina, la filosofía de las ciencias, hasta la semiótica, se fundan en el falibilismo, la doctrina según la cual el conocimiento humano nunca es absoluto. Creo firmemente en una hipótesis, pero admito que puede ser cierta la tuya; y también es posible que ambos estemos equivocados. Este humilde razonamiento de Charles Sanders Peirce revolucionó el pensamiento científico en el siglo XIX y en el XX Karl Popper le asignó un imperativo ético para las ciencias sociales… y la política. Nunca se habrá necesitado más sentido del falibilismo que hoy, nunca han estado más de sobra los razonamientos cerriles y los dueños de la verdad.

Piñera ha sido emplazado a lo menos tres veces a rendirse. Eso pudo ser injusto, pero ya nadie se lo pide. Una jugarreta de la historia le ha dado la oportunidad de ponerse de pie, pero no necesita derrotar a nadie más que al virus, no a la oposición ni a sus amigos levantiscos. De eso depende su lugar en el futuro. Y, por desgracia o por fortuna, nadie más que él puede dar la señal de que la ronca bronca de hace unos meses ha quedado atrás, que da por soñado todo lo vivido.

Cometerá más errores, como los están cometiendo muchos, porque hoy como nunca el conocimiento “flota en un continuum de incertidumbre e indeterminación” (Umberto Eco). Cuando un médico se enfrenta a ese problema, lo único que necesita es afirmarse en su autoridad falible y hacerles entender a sus pacientes que también lo sabe. Nunca es fácil, pero siempre es posible.

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