Columna de Daniel Matamala: Carne de cañón

FOTO: CRISTIAN VIVERO BOORNES/AGENCIAUNO



En Enrique IV, William Shakespeare cuenta cómo el frívolo Falstaff maneja la economía de las guerras reales, cobrando a quienes quieren evadir el servicio militar, y reclutando en cambio a los “miserables bribones” que se pondrán en primera fila de combate.

“Carne de cañón, carne de cañón. Llenarán una fosa tan bien como los mejores”, es la célebre frase de Falstaff. Alguien tendrá que caer en la guerra, y la carne de cañón que llene esas fosas -la historia humana lo demuestra- será siempre la del pobre, el vulnerable, el desposeído.

Hoy, el mundo usa la terminología de la guerra. “Estamos en guerra sanitaria”, anuncia el francés Macron. Incluso mandatarios que hace poco le bajaban el perfil a la amenaza, ahora declaran hostilidades. “Soy un presidente en tiempo de guerra”, dice el estadounidense Trump. “Este es un gobierno en guerra”, proclama el británico, y ahora contagiado, Boris Johnson.

Es una guerra que no solo llena las morgues en Italia, España y Estados Unidos. Además tiene un efecto económico y social devastador. ¿Quiénes serán la carne de cañón y quiénes, en cambio, podrán instalarse en la retaguardia?

Desde este viernes, miles de chilenos tienen legalmente prohibido llegar a sus puestos de trabajo, dentro de siete comunas en cuarentena en la Región Metropolitana (luego se sumaron dos en La Araucanía). Un día antes, la Dirección del Trabajo (DT) autorizó a los empleadores a dejar de pagar sus sueldos.

Es razonable pensar que un pequeño café o restorán, que vive al día y debió cerrar sus puertas, no tendrá cómo seguir pagando. Pero el dictamen apunta de chincol a jote: es una carta blanca para que todas las empresas, desde la precaria pyme hasta la gran multinacional, dejen de pagar. Y eso es exactamente lo que empezó a suceder: empresas como Moller & Pérez Cotapos y Microplay, ya notificaron a sus empleados que, “tomando en consideración el dictamen de la DT”, suspenden el pago de sueldos.

Los representantes del empresariado llamaron a los empleadores a usar esta carta blanca con “autorregulación” y “responsabilidad”, y la vocera de gobierno destacó que “hay bastantes casos de relación simétrica entre empleador y trabajador, de cariño”. Los derechos de los trabajadores quedan así en manos del cariño de quienes a lo mejor sí deciden pagarles el sueldo. O a lo mejor no.

Según su sitio web, la Dirección del Trabajo tiene el fin de “promover relaciones laborales justas, disminuyendo las desigualdades y así contribuir a la justicia social”. El chiste -trágico para miles de trabajadores- se cuenta solo.

En paralelo, el gobierno impulsa un proyecto de ley que permitirá a quienes se queden sin sueldo cobrar su seguro de desempleo, manteniendo una parte menguante de su salario anterior (70% el primer mes, 55% el segundo, 45% el tercero…) Eso es mejor que nada, por supuesto. Pero es incomprensible que el gobierno al mismo tiempo invite a los empleadores que sí podrían pagar a dejar de hacerlo, con el gentil auspicio de la DT.

Eso, para los que hasta ahora tenían empleo. Peor es el panorama de quienes salían cada día a la calle a ganarse el pan como jardineros, transportistas escolares, gásfiters, vendedores en carritos fuera del metro, y un largo etcétera. En Chile hay cerca de 2 millones y medio de informales. Uno de cada tres trabajadores chilenos no tiene contrato, previsión, ni seguro de desempleo.

Ellos requieren ayuda directa, un “puente” de dinero que les permita sobrevivir durante la emergencia. Y este viernes, casi simultáneamente, los Congresos de dos países aprobaron la entrega de esos puentes para enfrentar la crisis.

En Chile, el bono es de 50 mil pesos por familia o por carga. En Estados Unidos, de 1 millón de pesos (1.200 dólares) por persona, más 400 mil pesos (500 dólares) adicionales por hijo.

Nuestras economías son muy diferentes, se dirá. Sí: el ingreso per cápita en Estados Unidos, por paridad de compra, es 2,47 veces mayor que el de Chile. El bono, para una familia de dos adultos y dos niños, es 19 veces mayor.

Mientras, las grandes empresas preparan el terreno para pedir el rescate del Estado, mediante la entrega de ese mismo “puente” de dinero, ya no sólo para las aerolíneas, sino también para industrias como “la hotelería, los restaurantes y la entretención”, según la Sofofa. “El Estado tiene que tomar un rol, porque debe tener compañías estratégicas”, dice el presidente de la CPC.

Ya lo sabía Falstaff. En la guerra no todos son iguales: algunos son carne de cañón y otros pueden refugiarse en la retaguardia. No es difícil pispar quiénes van quedando de cada lado.

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