Columna de Héctor Soto: El Presidente caído

Foto: Agencia UNO

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No es habitual que en política se tire la toalla. Va en contra del ADN del oficio. Lo normal en los políticos que realmente contrajeron el virus del poder es resistir. Resistir a pesar de las incomprensiones, a pesar de las derrotas y a pesar también de los imposibles. En esto se necesita temple. Si caíste, bueno, ya llegará el momento en que te vuelvas a levantar. Si te mataron, bueno, hay vida después de la muerte y eso explica que en política se hayan visto muertos cargando adobes.

Lo que ya es un trabajo duro para cualquier político, se vuelve simplemente titánico cuando es un Presidente el que está en un callejón que aparentemente no tiene salida. Piñera, que ya estaba con problema serios de rechazo antes del 18-O, se ha descapitalizado a partir de entonces de manera muy dramática. Tratando de alcanzar acuerdos, que es lo que todo estadista medianamente razonable hubiera intentado para sortear la crisis, no logró ni deponer los vetos de la oposición ni tampoco retener a sus propios partidarios. Hoy, las tasas de aprobación a su persona y a su gestión rondan en torno al 10 y 15%. El Mandatario está solo, interpreta a muy poca gente y -ubicado en el peor de los mundos- recibe críticas porque sí y también porque no. No obstante eso, trabaja las 24 horas del día para recuperar su liderazgo.

Es obvio que el Presidente, por débil que sea su conexión emocional con las personas, resiente el rechazo ciudadano. Le duele, le importa y le gustaría ser querido y reconocido. Con todo, hay que reconocer que tiene una resistencia a la adversidad superior a la del promedio de los políticos. En su trayectoria pública Piñera ha estado caído varias veces y, nadie se explica muy bien cómo, se ha vuelto a levantar una y otra vez.

Si podrá o no hacerlo de nuevo es difícil saberlo. Hay muchas razones -un cerro, una montaña- para pensar que políticamente ya es un caso acabado. No tiene vuelta. Sin embargo, está claro que aceptar este desenlace no está en su libreto. Al revés, es algo reñido con su carácter, su genética, su historia, su manera de relacionarse con el mundo y también su conciencia cívica.

Mirado con desconfianza por los que marcarán “apruebo” y poco menos que como un traidor por los que marcarán “rechazo”, Piñera camina por el filo de una navaja tratando de sacar adelante -por una parte- una agenda social que la oposición le pirquinea, que a la derecha le convence poco y de la cual la izquierda extrema se burla y hace escarnio cada vez que puede. Por la otra, intenta contener el orden público, en contra del cual minorías exaltadas están dispuestas a dejar mucha sangre en las calles si ese es el precio para perturbarlo.

La cátedra dice que el Presidente de la República tiene todos los instrumentos legales y los recursos del Estado para mantener el orden, lo cual, claro, es una gran mentira, porque en realidad no los tiene. No es solo Carabineros como institución lo que quedó corto y quedó chico en esta emergencia. La verdad es que la complicidad con la violencia viene arrastrándose por años en Chile y es un fenómeno mucho más extendido y complejo de lo que parece. Jamás lo tomó en serio la actual oposición. Y tampoco lo han hecho los fiscales, los jueces, los medios y la propia opinión pública. Decir, por lo mismo, que la culpa es del Presidente o de Carabineros es una infamia.

La derecha más dura sigue sin entender por qué el Presidente no decreta estado de emergencia y vuelve a sacar a las FF.AA. a la calle. Y está claro por qué no lo hace. Primero, porque el orden público no es su función. Segundo, porque las FF.AA. están preparadas para la guerra, no para combatir desórdenes y desmanes internos. Y tercero, porque esa decisión no haría otra cosa que echarle más leña al fuego.

Mejor ni sumar a este cuadro las adversidades de la actual pandemia del coronavirus. Aunque no tenga ninguna culpa, en estas materias invariablemente el gobierno terminará pagando los platos rotos. La pregunta de cómo saldremos de todo esto no tiene respuesta fácil y, de momento, lo único que caben son conjeturas y apuestas. Son muchas las contingencias en juego. Hasta hace solo unos días, sin embargo, y respecto de la crisis de octubre, la mayoría ciudadana seguía pensando que saldremos fortalecidos como país. Y esa confianza, edificante, admirable si se quiere, porque está hecha de pura buena onda, no es muy distinta de la que tiene el Presidente en que logrará finalmente llevar el barco a puerto, pese a la tormenta que tuvimos y a las marejadas que tenemos.

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