Columna de Héctor Soto: La demolición



Si ya la situación del gobierno era muy delicada antes de la votación de la Cámara de Diputados del miércoles pasado, ahora simplemente es alarmante. Con un Legislativo decidido a doblarle la mano a La Moneda en todo cuanto pueda -favorezca o no los intereses del país o de los ciudadanos- y con una coalición oficialista en bancarrota, hay buenas razones para creer que lo que está en juego ya no es solo el desenlace de este gobierno, sino la proyección misma de la democracia chilena.

Vendrán tiempos aún más duros para la gobernabilidad del país. Si los últimos 10 meses fueron complicados por el estallido, la pandemia y el obstruccionismo opositor, cuesta imaginar que el gobierno en lo que resta de su mandato pueda inmunizar a la sociedad civil y a la economía del fuego desestabilizador del conflicto político. Lo que ha ocurrido es muy grave, porque, más allá del resquicio constitucional para desmantelar el sistema de pensiones y también más allá de la mala fe con que un día se alcanzan y al día siguiente se desconocen los acuerdos, lo que en realidad el país está viendo es una creciente deserción por parte de varios grupos políticos de su compromiso con supuestos esenciales de la democracia. Sabíamos del desprecio que les inspira la actual constitución y del propósito de instrumentalizar sus principios e instituciones incluso para traicionar aquéllos y degradar éstas. Ahora estamos tomando nota de que el desencuentro no es solo con la Carta Fundamental, sino también con la democracia liberal como matriz básica, y eso explica las ráfagas de intolerancia que se están haciendo sentir en distintos planos de la actividad nacional y la extendida complicidad del sistema político con la violencia. En este punto las cosas no se han movido ni un centímetro de donde las dejaron las revueltas de octubre pasado. De hecho, nunca se disipó la ambigüedad con que gran parte del arco político opositor amparó el matonaje, el vandalismo, las barricadas y los saqueos. Las mismas confusiones y evasivas y el mismo doble estándar reaparecieron esta semana con ocasión de los violentos desórdenes ocurridos en Santiago y otras ciudades en vísperas de la votación de la Cámara. Para una generación que finalmente logró reconstruir la convivencia democrática con gran generosidad e inmensos sacrificios colectivos -muchas veces con no pocas renuncias a expectativas a lo mejor muy legítimas- no puede ser sino motivo de gran decepción la forma en que la política, poco a poco, ha venido cediendo espacios a estrategias que son de guerra y que no tienen nada que ver con la negociación ni menos con los acuerdos, que es lo propio de la política. De la noche a la mañana importan mucho más los agravios que las propuestas, las derrotas incondicionales que los esfuerzos persuasivos, las odiosidades que los intentos por contener. Aparte de ser muy tóxicas, estas distorsiones están hundiendo fatalmente al país en un pantano de recriminaciones e incertidumbres que, tal como van las cosas, convertirán en polvo los espectaculares avances e hitos de bienestar que el país ha conseguido en las últimas décadas. Es raro que el grueso de la clase política, que nunca fue especialmente insensata, no lo vea así. Es raro que piense que nada muy serio está en riesgo. Y que crea que las cuerdas -de la racionalidad, de las arcas fiscales, de la paciencia ciudadana- pueden estirarse indefinidamente.

En una sola semana el gobierno acumuló un desgaste que parece de años. Se empequeñeció la figura del Presidente, se mostró irrelevante el equipo político y la coalición se hizo pedazos. Pero, con todo, es en La Moneda donde todavía queda iniciativa. Al otro lado solo hay una montonera de incautos, oportunistas, figuras radicalizadas y parlamentarios aterrados, aparte de políticos veteranos que quieren estar en onda y de diputados que no por el hecho de serlo cortaron con el mundo de la farándula. Todo muy patético. En esta corte de los milagros hay un déficit abismal de liderazgos y proyectos. Está claro lo que quieren destruir. No lo está en absoluto qué piensan poner en su reemplazo.

Como el libreto político parece haber escapado del control tanto del gobierno como de los sectores moderados de la oposición, lo que viene, más que un choque de fuerzas políticas, que hay que dar por descontado, será una prueba de fuego para las instituciones. Está el Senado. Está el Tribunal Constitucional. Está el mecanismo de los vetos presidenciales. Todo esto con una pandemia en curso, con un proceso legislativo riflero, pero todavía en desarrollo, con niveles demenciales de polarización en los medios y las redes sociales, con una crisis económica de proporciones y con un horizonte que sigue planteando serias amenazas al orden público. Lo único que cabe preguntarse es si Chile será capaz de soportar tanto asalto concertado. Edmund Burke decía que para que el mal triunfe solo se requería que las buenas personas no hagan nada.

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