Columna de Héctor Soto: La gran coalición

Parlamentarios celebran tras conseguir los votos que abren la puerta al retiro de fondos de las AFP.



Corren tiempos duros para la política. Es cosa de verlo en los daños, fracasos y heridos de esta semana. Hay que dar por descontado que fue una derrota humillante para el gobierno, especialmente para el Presidente y su equipo político. También lo fue para el oficialismo y, en particular, para Chile Vamos: a pesar de todo, no estábamos acostumbrados a estos niveles de desorden y deserción. En términos más generales, fue una pésima señal para el futuro, porque abre la puerta a desmantelamientos mayores. De partida, el sistema de pensiones entró en capilla y está claro que nuestro modelo será el Perú. Por sobre todo, sin embargo, la votación de la Cámara de Diputados fue una flagrante transgresión a la línea de la racionalidad que de una manera u otra el teatro político chileno había intentado mantener desde el restablecimiento democrático en adelante. Ahora ya no: con esta votación, la mayoría del Congreso dispuso que no hay límites. Dado que se trata de una materia donde los parlamentarios no tienen iniciativa, el ingenio leguleyo opositor discurrió que por la vía del resquicio de una reforma constitucional el Congreso sí puede hacer lo que quiere. Y en esas estamos. A comprar pintura de guerra, entonces, porque lo que viene es una confrontación total.

El sistema de pensiones podrá tener muchos problemas y requerir de muchos correctivos. Sin embargo, lo único que no necesita es que se nos ocurra debilitarlo todavía más para que los trabajadores capitalicen menos y terminen su vida laboral con pensiones aún más bajas de las que el actual sistema les daría. Pues bien, aun siendo así, eso es precisamente lo que plantea la reforma constitucional que la Cámara votó por amplia mayoría. La iniciativa juntó a una coalición grande, expandida, reforzada, entusiasta y que fue imparable. Incluyó desde gente con profundos principios antiestablishment (enemigos jurados del sistema privado de pensiones, que vieron aquí una ocasión inmejorable para golpearlo) hasta opositores que están dispuestos a cualquier cosa con tal de infligirle una derrota tras otra a La Moneda; desde políticos de corazón sangrante y genuinamente condolidos con las pellejerías de la clase media (como si no hubiera mecanismos más efectivos y sensatos para ayudarla) hasta diputados taimados o resentidos por agravios pasados y que tenían cuentas pendientes con La Moneda; desde parlamentarios sin mucha estructura interior que miraron las encuesta y decidieron unirse a la manada (encuestas pacotilleras, por lo demás, porque no se necesita un sondeo para saber que la gente, entre que le den y no le den, siempre preferirá la plata), hasta apocalípticos que, asqueados por el Nuevo Chile, lo único que buscan es que reviente todo y el país se vaya al carajo cuanto antes. Cada uno de esos grupos es cosa seria. Juntos fueron imbatibles. Contra semejante coalición no hubo poder alguno de contención, menos aún de parte del gobierno. ¿Por qué? Bueno, porque esta administración genera pocas lealtades; también porque no tiene épica ni tampoco un rumbo muy claro. Además, su equipo político es débil y el Presidente, si bien no es débil, sí es muy cambiante, lo que para efectos prácticos no es muy diferente. Cuando una suerte de déficit atencional lo lleva a saltar de un tema a otro con una facilidad que devalúa sus propios énfasis y prioridades, es difícil que pueda ordenar tanto el debate público como a su propia coalición.

El problema no está solo en el gobierno, por cierto. Si la derecha no es capaz de tomar conciencia ahora de este desastre, y sus partidos no reaccionan comprobando que hace rato sus bancadas huelen mal, mejor que reconozcan ya que el momento les quedó grande. No es la primera vez que la derecha está dando la hora. El problema no son solo los 13 votos díscolos. Como señal política, las 30 abstenciones gritan tanto o más que las defecciones. Es válida la pregunta de qué significa ser de derecha hoy. Y salta la curiosidad respecto de los 13 de la fama. ¿Celebraron como suya la victoria de la mayoría? Se supone que sí. Claro que en política no es fácil celebrar como propio un triunfo que en realidad tus adversarios, con razones bastante mejores que las tuyas, están celebrando mucho más.

Al margen de la inteligencia de la estrategia opositora y de la pequeñez o el candor con que parte del oficialismo la amparó, esta experiencia vuelve a mostrar la disfuncionalidad del régimen político chileno. Tenemos un presidencialismo que en principio es muy potente. El problema es que cuando la mayoría del Legislativo es de otro signo político, el sistema se desbanda, manda al diablo el bien común y hace que el único incentivo opositor consista en torpedear y en hacer fracasar al gobierno en todo lo que pueda. Al hacerlo, no asume ningún costo. Es extraño. En todas partes, en cualquier plano, en la vida afectiva, en el trabajo, en la vida, la gente es responsable por sus decisiones. Es raro que el Parlamento chileno sea uno de los pocos lugares donde la irresponsabilidad, incluso, puede tener premio.

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